Técnicas de
incentivación y motivación de los profesionales sanitarios
| Diseñar un buen sistema de incentivos
para profesionales sanitarios supone, según los autores de este trabajo, entre otras
cosas, ajustar lo más posible el riesgo trasladado, de las organizaciones a los
trabajadores, de forma que éstos perciban claramente la relación entre su esfuerzo y los
resultados obtenidos y sea menos costoso vencer la aversión al riesgo característico de
todo ser humano. Por su parte, los sistemas de incentivos eficientes son aquéllos que
equilibran los costes de trasladar el riesgo con las ganancias derivadas del aumento del
esfuerzo de los profesionales en obtener los resultados deseados. |

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José Martin Martín (*) , Mª del Puerto
López del Amo González (**) y Carmen Pérez Romero(***)
(*) Profesor del Dpto. de Economía Aplicada de
la Universidad de Granada y del Área de Gestión y Políticas de Salud de la Escuela
Andaluza de Salud Pública. (**) Profesora del Área de
Gestión y Políticas de Salud de la Escuela Andaluza de Salud Pública. (***) Técnico
del Área deGestión y Políticas de Salud de la Escuela Andaluza de Salud Pública.
La motivación y los esquemas de intentivos en las
organzaciones sanitarias son, sin duda, uno de los ejes de cualquier propuesta de
política sanitaria y el núcleo de la gestión de personal. Lamentablemente, nadie
dispone de una teoría o modelo que pueda aspirar a constituirse en un paradigma en el
sentido kuhniano. Es más, la multiplicidad de enfoques y teorías es abrumadora, siendo
claramente insuficiente la contrastación empírica de los mismos.
Así sucede, por ejemplo, con las aproximaciones clásicas
a la motivación en la literatura de organización. En efecto, tanto las teorías de
contenido (la jerarquía de necesidades de A.H. Maslow, la teoría de ERG de C.P. Aldefer,
la teoría de los dos tipos de factores de F. Herzberg y la teoría de las necesidades
adquiridas de D.C. McClelland), las de proceso del comportamiento (teoría de la equidad
de J.S. Adams, la teoría de las expectativas de V. Vroom y la teoría de la fijación de
objetivos) y las teorías basadas en la modificación del comportamiento, como las del
condicionamiento operante de B.F. Skinner o las leyes del aprendizaje de E.L. Thorndike,
presentan importantes problemas metodológicos, tienen poca evidencia empírica, son
contradictorias entre sí, y no están, explícitamente al menos vinculadas a una teoría
sólida del comportamiento humano en un marco institucional y organizativo determinado.
La teoría económica, en particular, la aproximación neoclásica
(paradigma de la elección racional), no ofrece necesariamente mejores perspectivas
(Martín y López del Amo, 2000) al concebir la conducta humana de forma excesivamente
mecanicista y rígida.
Sin embargo, durante los últimos años la teoría
económica del comportamiento humano ha experimentado importantes cambios derivados del
desarrollo de un conjunto de programas de investigación que se engloban en lo que ha
venido a denominarse Economía de la Organización y las Instituciones. Una de las
características de estos programas de investigación es la revisión a la que somete a la
teoría económica neoclásica del comportamiento humano. El origen de estas críticas ha
estado en las investigaciones de economistas y psicólogos experimentales que han aportado
una abundante evidencia empírica de la insuficiencia descriptiva y predictiva de la
teoría de la elección racional.
Desde esta perspectiva conceptual, y a riesgo de
simplificar, pueden considerarse cuatro grandes tipos de motivadores o incentivos:
1-Incentivos organizativos y jerárquicos tales como
sistemas de control y vigilancia, normas y reglas formales que restrinjan u orienten el
comportamiento de los agentes, órdenes e instrucciones, etc.
2-Valores, ideología, cultura, códigos de conducta, etc. Estos elementos
han tenido una notable influencia en la práctica profesional de los médicos. Dada la
enorme incertidumbre en que se desenvuelve el trabajo del médico, lo que se ha venido a
denominar gestión de las prácticas profesionales adquiere una importancia notable en una
adecuada política de incentivos.
Desde las Administraciones públicas puede resultar complejo influir y
modificar las prácticas profesionales hacia un comportamiento más coste-efectivo, dado
el escaso grado de pertenencia que la mayoría de los médicos muestran a las
organizaciones sanitarias a las que pertenecen.
3-Transferencia de activos o de la propiedad de la organización. La
experiencia en el Reino Unido con la creación de los GP (1) fundholders que gestionan un
presupuesto indicativo de gasto farmacéutico y actúan como compradores de servicios
sanitarios, o las experiencias de sociedades de profesionales en Cataluña serían
ejemplos característicos.
En principio, dar participación a los profesionales en la propiedad de
las organizaciones sanitarias es un incentivo muy poderososo hacia comportamientos
eficientes, dado que reciben la totalidad de los rendimientos residuales positivos o
negativos de su actividad. Sin embargo, los importantes fallos del mercado sanitario (2) y
la necesidad de regulación pública cuestionan esta afirmación.
En la medida en que el Estado siga asumiendo el papel de financiador
monopolístico como medio de garantizar el derecho a la asistencia sanitaria, son las
reglas de regulación y contratación entre la Administración pública sanitaria y los
profesionales agrupados en hipotéticas sociedades públicas los que determinarán en gran
medida la reacción de incentivos adecuados a un comportamiento eficiente.
4-Incentivos formales (3) tales como sistemas retributivos asociados a
rendimiento, carreras profesionales, etc. Son relevantes en este ámbito, asismismo, los
nuevos sistemas de regulación laboral y retributivos en las nuevas formas jurídicas
organizativas, entes públicos, fundaciones públicas, etc.
Este texto se va a concentrar en este último tipo de incentivos por
razones de economía expositiva, si bien resulta evidente la importancia de los demás y
su íntima interrelación entre todos.
Motivación, conducta e incentivos: una
perspectiva económica
El análisis económico estándar concibe el comportamiento humano, base
inexcusable para cualquier aproximación económica en una teoría de incentivos, en
términos del denominado paradigma de elección racional.
Expresar el comportamiento humano en términos de
elección racional implica suponer que cuando una persona (agente económico) se enfrenta
a varios cursos de acción alternativos elegirá el que con más probabilidad le conduzca
a un mejor resultado. La elección racional se ocupa, por tanto, de hallar el mejor medio
para fines dados.
La hipótesis de racionalidad en economía implica que el
agente dispone de un conjunto ordenado de preferencias expresadas en una función de
utilidad, un conjunto de creencias que pueden representarse como una distribución de
probabilidad de los posibles estados futuros, y varias estrategias o cursos de acción
alternativos.
En general, el análisis microeconómico presupone la
maximización de la función de utilidad del agente sujeto a un conjunto de restricciones
específicas derivadas de la situación (4). El agente realiza sus acciones de forma tal
que para todas ellas su utilidad marginal será igual a sus costes marginales, entendidos
como costes de oportunidad.
Dado que, en general, los individuos toman decisiones en
un entorno caracterizado por la existencia de riesgo e incertidumbre, la maximización de
la función de utilidad del agente es de hecho la maximización de la utilidad esperada,
ajustando a cada posible resultado su probabilidad estimada de rendir esa utilidad. La
teoría de la elección racional o teoría de la utilidad esperada diece, por tanto, que
se adoptará o se debe adoptar la estrategia a la que se asocie la más alta utilidad
esperada.
En general, los economistas caracterizan la función de
utilidad mediante construcciones ad-hoc. Existen dos formas fundamentales de hacerlo que
suponen dos definiciones diferentes de racionalidad, el criterio de objetivos inmediatos y
el de egoismo (Parfit, 1984). El primero concibe la racionalidad en función de los
objetivos que tenga el agente, sin evaluar la racionalidad de los propios objetivos,
siendo al menos teóricamente posible incorporar en los argumentos de la función de
utilidad el altruismo, los códigos de conducta, los principios éticos, etc. El segundo
criterio presupone que los motivos del agente son egoistas y que cuestiones morales o
éticas no afectan a su conducta.
La principal dificultad del criterio de objetivos inmediatos es su
carácter tautológico. Cualquier conducta por extraña y extravagante que parezca puede
explicarse a posteriori, suponiendo que es lo deseado por el agente. Por este motivo, el
análisis microeconómico utiliza mayoritariamente el criterio basado en el egoismo,
considerando, por ejemplo, opciones de consumo de bienes o niveles de renta y riqueza. De
esta forma, la función de utilidad característica de un trabajador suele depender
positivamente de la retribución y negativamente del esfuerzo.
Postular una función de utilidad explícitamente egoista
en los agentes puede tener un enorme poder descriptivo y predictivo de numerosas
conductas. Por ejemplo, si a los médicos se les paga por acto, reaccionarán a una
disminución de las tarifas establecidas mediante el incremento de los servicios (Delnoij,
1994). Aunque algunos profesionales no variarán su comportamiento, lo relevante en
función de la ley de los grandes números es que la mayoría respondería de acuerdo con
lo postulado por el criterio de comportamiento egoista del análisis económico. Sin
embargo, el criterio estricto de egoismo es un supuesto conductual excesivamente
restrictivo para explicar numerosas situaciones como la donación de órganos (Burgos y
Martín, 1994 o la influencia de la ética médica y los estándares de cuidados en los
comportamientos de los médicos para conseguir ingresos (Flierman, 1991).
Desde su inicio, los modelos de conducta del
comportamiento médico tienden a incluir variables orientadas a la ética y a la buena
práctica. Feldstein (1971) propuso una función de utilidad del médico que depende de su
renta, su ocio y las características de su trabajo. Zweifel (1981) intentó operativizar
el concepto de ética médica proponiendo que el médico trata de mejorar todas las
posibilidades de supervivencia de todos los individuos que pueda (aunque no los conozca) y
maximizar la salud de los pacientes que ha aceptado tratar. Evans (1984) ha propuesto que
el médico tiene una idea de cuál es la práctica correcta incorporando en su función de
utilidad el bienestar del paciente a través de una preocupación por no proporcionarle
servicios innecesarios. Dionne y Contandriopoulos (1985) suponen una función de utilidad
compuesta por cuatro argumentos: renta neta, ocio, prestigio y preocupación ética.
Woodward y Warren-Boulton (1984) proponen que el médico, considerado como profesional
autónomo, maximiza una utilidad que depende del ocio y la adecuación de su actividad a
lo considerado profesionalmente correcto, dadas unas restricciones de tiempo y renta.
Todos estos modelos suponen un rechazo de la racionalidad
concebida en términos egoistas y proponen un regateo o compromiso (trade-off) entre
objetivos éticos y objetivos egoistas (renta, ocio, etc.) de forma que los actos
altruistas aumentarán o disminuirán en función de las variaciones de su coste marginal.
Estos modelos, sin embargo, son acordes con el criterio de objetivos inmediatos y
coherentes con la teoría de la elección racional.
En los últimos 20 años, la teoría de la utilidad
esperada y de la elección racional ha sido fuertemente criticada, sometiendo a revisión
algunas de sus hipótesis centrales (5). Estas anomalías de la teoría neoclásica de la
conducta pueden agruparse en las referidas a la motivación humana y las limitaciones
cognitivas de los individuos para descifrar el entorno. La motivación humana es más
compleja que lo que sugiere la teoría conductista de la economía neoclásica, en
particular, aplicando el criterio del egoismo ya mencionado.
Los problemas cognitivos de las personas fueron puestos de
manifiesto por Herbert Simon (1957, 1959) que afirmó que los seres humanos no se
comportan según los modelos de la elección racional. Su teoría de la racionalidad
limitada supone rechazar el supuesto de maximización u optimización de los individuos y
sustituirlos por el de satisfacción como axioma de comportamiento. Esta teoría supone
que las capacidades cognitivas de los individuos son limitadas. La existencia de límites
neurofisiológicos en el proceso de toma de decisiones es esencial para entender el
comportamiento de los agentes en las organizaciones. La teoría de la racionalidad
limitada propugna la racionalidad procesal habitual en la psicología frente a la
racionalidad lógica característica de la teoría microeconómica neoclásica. La
racionalidad económica ortodoxa es una racionalidad de metas, estrictamente instrumental:
lo importante es el resultado de la acción. Las acciones son evaluadas en función de que
sean medios más o menos eficientes de obtener el fin buscado. En la racionalidad procesal
el comportamiento humano es calificado como racional cuando es el resultado de una
deliberación. Según Simon, somos "satisfacedores" y no maximizadores.
En el amplio marco que engloba el enfoque de la
racionalidad limitada existen algunos aspectos de especial preeminencia o relevancia a la
hora de articular un conjunto de principios de diseño de incentivos: aversión a las
perdidas, costes irrecuperables y fungibilidad de la riqueza.
La figura 1 muestra la función de valor propuesta por
estos autores. Esta función de valor tiene la propiedad de estar más inclinada en las
pérdidas que en las ganancias. Es decir, existe asimetría en la valoración que realizan
los individuos relativa a las ganancias y pérdidas esperadas. Las pérdidas cobran mucha
más importancia que las ganancias correspondientes. Esta aversión a las pérdidas está
reflejada en la figura 1 en la que la función tiene más pendiente en el área de las
pérdidas que en el de las ganancias" (6).
Esta función asimétrica de valor presenta dos
características relevantes. En primer lugar, los individuos conceden mayor valor a las
pérdidas que a las ganancias en sus elecciones, y en segundo lugar, evalúan los sucesos,
independientemente agregando posteriormente los valores. Esto implica que, con frecuencia,
los individuos rechazan combinaciones de elecciones que aumentarían su riqueza global,
pero que al estar formadas por posibles pérdidas y ganancias evaluadas
independientemente, las pérdidas pueden prevalecer (7).
En esta misma línea de investigación Thaler (1980) ha
planteado que las personas frecuentemente al hacer sus elecciones tienen en cuenta los
costes irrecuperables, cuestión que rechaza como axioma la teoría de la elección
racional. Supongamos que tenemos que decidir dónde asignar un plan de inversiones, si en
completar la instalación de un litotrictor en el que ya hemos invertido trescientos
millones de pesetas, o en comprar un ecógrafo vaginal. Desde el punto de vista de la
teoría de la elección racional la decisión debe efectuarse ignorando los trescientos
millones ya invertidos que son costes irrecuperables, comparando los beneficios marginales
derivados de cada opción. Sin embargo, es frecuente que tanto gerentes como responsables
de gestión tengan en cuenta los recursos invertidos con anterioridad en el litrotictor y
opten por ponerlo en funcionamiento aunque los beneficios de la compra del ecógrafo
vaginal sean superiores. Nuevamente, la consideración de los costes irrrecuperables puede
explicarse mediante la función de valor de la figura 1. No poner en funcionamiento el
litotrictor puede interpretarse como una pérdida y la compra del ecógrafo vaginal como
una ganancia perdida, valorando más la posible pérdida que la potencial ganancia.
En el marco de esta perspectiva, los psicólogos
cognitivos Tversky y Kahneman (1981,1991) demostraron que frente al supuesto del modelo de
elección racional de que la riqueza es fungible, las personas parecen tener cuentas
mentales separadas para los distintos gastos. Es decir, que no
consideramos nuestra riqueza total a la hora de decidir que compramos, como supone el
paradigma de elección racional, sino que valoramos los gastos incurridos en distintos
apartados, vivienda, sanidad, ocio, etc., que no agregamos a la hora de efectuar la
decisión.
En conclusión, puede afirmarse que en numerosas
ocasiones, las personas no parecen comportarse como prescribe el modelo de elección
racional. Sin duda, los supuestos conductuales de la microeconomía estándar son útiles
para resolver ciertos problemas pero inadecuados para otros. En particular, la teoría de
incentivos económicos formulada por la economía de la organización (Milgrom y Roberts,
1992) puede ser enriquecida incorporando algunos elementos discutidos aquí en la
formalización de un conjunto de principios para orientar el diseño y evaluación de
sistemas de incentivos.
Adicionalmente, es importante contextualizar el sistema de
incentivos en el marco organizativo e institucional en donde se pretende aplicar. Como se
ha enunciado en la introducción, los incentivos económicos son parte de un conjunto más
amplio de modificadores de conducta (jerarquías, valores, etc.). Las organizaciones
sanitarias de ámbito público deben, en este sentido, adaptar cualquier propuesta
retributiva o de incentivos económicos a las características idiosincráticas que tienen
las transacciones sanitarias y a las inevitables responsabilidades fiduciarias que tiene
el Estado y sus organizaciones en la prestación de este tipo de servicios (considerados
como bienes tutelares).
Teoría de incentivos e
instituciones sanitarias públicas
Las organizaciones sanitarias públicas presentan un conjunto de
características peculariares que condicionan los mecanismos y estructuras de incentivos
que se utilizan (análisis positivo) o debieran utilizarse (análisis normativo). Su
especificidad proviene de la combinación de las particularidades de sus transacciones con
el carácter político que inevitablemente tiene en los países desarrollados la
producción de servicios sanitarios.
Las organizaciones sanitarias están estructuradas para
una compleja red de relaciones de agencia. El profesional médico participa, al menos, en
dos relaciones de agencia potencialmente contradictorias. De una parte y siguiendo los
modelos clásicos de relación de agencia formulados por la economía de la salud, el
proveedor médico es el agente del enfermo quien delega en él la toma de decisiones sobre
el bienestar y salud dada la incapacidad de éste para tomar las decisiones por sí mismo.
Por otro lado, podemos definir otra relación de agencia entre la autoridad sanitaria
pública o los directivos sanitarios y el proveedor médico. Los intereses del
profesional, del paciente y de la autoridad no tienden a ser coicindentes. El proveedor
médico controla las variables claves de la transacción sanitaria gracias a su control
informacional. Selección adversa "ex.-ante", riesgo moral post-contractual y
aversión al riesgo son los conceptos relevantes.
La teoría de agencia establece que si suponemos que el
agente es adverso al riesgo y que su esfuerzo, en términos generales, no es observable
por el principal, un sistema de retribuciones que dependa en parte del resultado es
superior a una retribución de salario fijo. Si, al menos, parte del esfuerzo es
observable a través de variables "proxy" adecuadas, éstas pueden formar parte
del sistema de compesaciones junto con el resultado (Ocaña y Salas, 1983). Según este
análisis, tanto para directivos como para profesionales de centros sanitarios, los
sistemas retributivos asociados al rendimiento son una mejor opción para armonizar
intereses con los propietarios públicos o privados que estructuras retributivas
básicamente de salario fijo. Sin embargo, la medida del resultado o la evaluación del
esfuerzo es una dificultad importante. La producción sanitaria se caracteriza por la
multidimensionalidad de los aspectos relacionados con la calidad y la dificultad de
obtener medidas apropiadas.
Los derechos residuales de decisión y control (8) en las
organizaciones sanitarias están distribuidos de manera peculiar y diferente a otras
organizaciones, debido nuevamente a las asimetrías de información existentes, que
otorgan rasgos monopólicos al proveedor médico y dificultan la vinculación de los
rendimientos residuales con los amplios derechos de decisión y control que los
profesionales ostentan "per se" por su carácter de expertos.
Las transacciones sanitarias entre financiadores,
productores y pacientes, se caracterizan por importantes activos específicos (9) de
localización, de activos fijos y, sobre todo, de capital humano de los profesionales
(particularmente el proveedor médico). Los fuertes activos específicos presentes en las
transacciones sanitarias dificultan las opciones de mercado competitivo y favorecen, bien
estrategias de integración vertical de la producción, bien relaciones contractuales
bilaterales a largo plazo entre financiadores (públicos y privados) y organizaciones
sanitarias (modelos híbridos).
Los objetivos de las instituciones sanitarias
públicas son, asimismo, complejos, frecuentemente contradictorios y difíciles de medir
en relación a organizaciones similares del sector privado. La heterogeneidad de los
propietarios que tienen derechos residuales de control sobre la organización (Ministerio
y Consejerías de Hacienda, Ministerio y Consejerías de Salud, profesionales, pacientes,
etc.) generan, con frecuencia, metas y objetivos conflictivos entre sí. Por ejemplo, el
control del gasto sanitario público propugnado por Hacienda puede resultar contradictorio
con la necesidad de ofrecer más y mejores servicios por parte de los responsables
políticos sanitarios, manteniendo, a la vez, el conflicto laboral con sindicatos y
profesionales a un coste político soportable. Esta dificultad de concretar un conjunto
coherente de objetivos medibles ha tenido su reflejo en el desarrollo y aplicación de los
contratos de gestión y contratos programa tanto en el Insalud como en los Servicios
Regionales de Salud que los han desarrollado. Dos características deben ser resaltadas:
1-La existencia en los contratos-programa y contratos de gestión de
numerosos objetivos ambiguos y escasamente medibles.
2-La incoherencia entre los derechos residuales de decisión y control
asignados "teóricamente" en el contrato programa y los establecidos por las
normas presupuestarias y de regulación laboral: cambios súbitos en las asignaciones
presupuestarias de un centro, mecanismos centralizados de sustituciones, vacaciones,
sanciones, etc., que minimizan la capacidad de decidir del equipo directivo.
Estas características provocan incertidumbre al nivel de
directivos sanitarios aumentando el "ruido" y dificultando la utilización de
incentivos formales de cierta intensidad. Los riesgos de compromiso imperfecto derivados
de amenazas y promesas no creíbles para directivos y profesionales, son un problema para
el desarrollo y consolidación de la estrategia de descentralización de derechos
residuales de decisión y control en que parece inspirarse la estrategia de
contratos-programa y esquemas de incentivos formales asociados a ellos. Sin embargo, estos
problemas no acreditan el regreso acrítico al pasado y la utilización de mecanismos
exclusivamente jerárquicos para regular transacciones como las sanitarias, cuyas
características se adecúan difícilmente a la utilización casi en exclusiva de este
mecanismo de gestión.
Las instituciones sanitarias públicas presentan
importantes problemas a la hora de asignar los derechos residuales de control y en general
los derechos de propiedad de forma que posibiliten mecanismos de incentivos óptimos. En
primer lugar, las organizaciones sanitarias públicas tienen muy limitada la
transferebilidad y enajenación de los derechos de propiedad. La actual estructura
jurídica de las instituciones sanitarias públicas, organismos autónomos de carácter
administrativo o en los casos más innovadores entes públicos, fundaciones públicas u
otras formas de gestión pública (10), no permite esa posibilidad.
Similares limitaciones existen para desarrollar esquemas
de apropiación descentralizados de los rendimientos residuales para los directivos y
profesionales de los centros sanitarios públicos. Los sistemas de participación en
beneficios o configuración de hospitales y centros de Atención Primaria como centros de
beneficio o centros de costes operativos se enfrentan a la dificultad de disponer de
medidas de rentabilidad adecuadas y su complejo encaje en la legislación presupuestaria
española y en la cultura hacendista predominante.
Por otro lado, los fuertes derechos de propiedad que
detentan los empleados sanitarios públicos en España a través de una regulación de la
relación de empleo peculiar, diferente de la laboral y de la de los funcionarios (11),
dificultan los procesos de redefinición de los derechos residuales de control orientados
a reformar las actuales estructuras de incentivos y asignación de responsabilidades (por
ejemplo, la crea-ción de presupuestos clínicos o presupuestos per cápita para centros
de Atención Primaria).
Sin embargo, todas estas restricciones derivadas de la
naturaleza pública de las organizaciones sanitarias son contradictorias con los derechos
residuales que ostentan los profesionales sanitarios y particularmente el médico gracias
al control informacional que detenta. Nuestro marco jurídico-institucional vive la
contradicción entre la asignación formal de los derechos de decisión y control a la
burocracia directiva y administrativa y la detentación real y efectiva de esos derechos
residuales de decisión y control por los profesionales médicos, sin una vinculación
coherente con los rendimientos residuales positivos o negativos.
Alternativamente, las estrategias de gestión orientadas a
trasladar al médico riesgos financieros (incentivos, presupuestos clínicos,
participación en la propiedad, etc.) y normalizar y estandarizar su actividad
(protocolos, auditorías clínicas, revisión de utilización, garantía de calidad, etc.)
podrían ser diseños organizativos más eficientes dado que, por un lado, implican al
médico en los resultados financieros de su actividad clínica, y por otro disminuye las
asimetrías de información en poder del médico en relación a las otras partes que
intervienen en la transacción.
En el ámbito de
las organizaciones privadas la existencia de mercados competitivos y el derecho mercantil
imponen importantes restricciones al nivel de costes de interferencia e influencia (12).
La existencia de mercados competitivos que valoran la actuación de los directivos, de
mercados de capitales que exigen un nivel de rentabilidad, de mercados de productos que
exigen competitividad si la organización quiere sobrevivir, y finalmente de mercados
laborales más o menos flexibles pero que imponen cierto grado de control en las
reivindicaciones laborales y hacen posible el despido, supone fuertes barreras para el
crecimiento de los costes de interferencia y de influencia en una organización. Por
ejemplo, si en una clínica privada el propietario contrata como gerente a un familiar y
éste realiza una pésima gestión, la rentabilidad y la supervivencia del hospital
entrará en peligro y el propietario experimentará fuertes pérdidas.
En las instituciones sanitarias públicas del Estado
español, la no existencia de este conjunto de mercados ha obligado a que la respuesta
institucional haya sido el desarrollo de jerarquías, normas y procedimientos que intenten
limitar estas actividades de interferencia e influencia. Es importante señalar que los
costes de interferencia e influencia políticos pueden conducir a situaciones de
inestabilidad en el funcionamiento de toda la Administración pública. Los partidos
políticos en una democracia representativa ofrecen incentivos selectivos a sus miembros
con el fin de premiar sus esfuerzos y mantenerlos en la organización. Esto puede dar
lugar a cierta rotación en los puestos de trabajo del sector público dependiendo del
partido político en el poder y a una instrumentalización de los recursos del sector
público con fines privados. Tampoco es evidente que una desrregulación del sector
público con la actual legislación sobre empresas públicas posibilite mejorar la
eficiencia de nuestras organizaciones sanitarias públicas, a menos que importantes
cambios legislativos e institucionales permitieran controlar los fuertes costes de
interferencia y de influencia polítca (Martín, 1999).
Diseño de sistemas de incentivos económicos
Los contratos de incentivos se utilizan cuando se asume que los
trabajadores son potencialmente oportunistas (13) y pueden no actuar ni esforzarse tanto
como el propietario o directivo les ha exigido contractualmente, cuando los empleados son
sensibles a las recompensas financieras y, cuando los otros dos tipos de motivadores se
consideran insuficientes por sí solos.
Cualquier sistema o contrato de incentivos que vincule la
retribución o carrera profesional del empleado a una o varias variables de resultado,
supone inevitablemente un traslado de riesgos financieros, al convertir en aleatorias
parte de las rentas presentes y futuras de los empleados.
La aleatoriedad proviene de la dificultad de medir
exactamente el comportamiento o el esfuerzo del empleado, debiendo estimarlo a través de
otras variables proxy. Por ejemplo, el pago per cápita para los médicos de Atención
Primaria incorpora variables fuera de control del profesional: densidad demográfica,
características de morbimortalidad de la población donde reside, etc. Además, no mide
el esfuerzo y la calidad técnica de la actuación.
Dado que los contratos de incentivos necesariamente
vinculan las recompensas con los resultados o la actuación, y éstos no pueden ser
totalmente controlados por los empleados, resulta inevitable trasladar riesgos a los
trabajadores en cualquier contrato o sistema de incentivos.
Si suponemos que los empleados son adversos al riesgo
preferirán una renta cierta R, a una renta aleatoria con un idéntico valor R. Cualquier
contrato de incentivos implica, por tanto, una prima por el inevitable traslado de riesgos
financieros. La magnitud de esta prima de riesgo estará en función tanto del riesgo de
la renta como del grado de aversión al riesgo del empleado.
Una de las razones para optar por retribuciones fijas
independientes de cualquier medida de actuación o resultados es el menor coste que esto
le supone a la organización al ahorrarse las primas de riesgo, concentrando todos los
riesgos financieros en ella, y evitando que sus empleados soporten riesgos (14). El coste
de estas políticas de retribución fija es la pérdida de un poderoso instrumento para
armonizar los objetivos de los empleados con los de los directivos o propietarios, y
propiciar un mayor esfuerzo e interés de los trabajadores. La búsqueda de contratos de
incentivos óptimos consiste, por tanto, en encontrar soluciones de equilibrio, entre el
mayor coste que supone trasladar riesgos a los empleados y la necesidad de incentivarlos
para maximizar su esfuerzo y orientarlo en la dirección deseada.
Un contrato de incentivos de tipo lineal puede expresarse
(Milgrom y Roberts, 1992): R= Rf + b (e+x+cy)=Rf + b(z+cy), siendo R la
retribución total del empleado, Rf el conjunto de retribuciones fijas e el
esfuerzo del empleado. Este esfuerzo implica un coste personal C(e) que expresa
incomodidad, coste de oportunidad del tiempo empleado o, en general, cualquier cosa a la
que renuncie el trabajador para servir el interés del propietario. Las actividades
agradables pueden tener un coste personal nulo o negativo.
Aunque no se puede medir directamente el esfuerzo puede
estimarse indirectamente a través de variables proxy del tipo z= e+x, donde z
puede expresar intervenciones quirúrgicas realizadas, case-mix diagnosticados y tratados,
actividades preventivas llevadas a cabo o cualquier variable que nos permita inferir el
esfuerzo del empleado. X es una variable aleatoria que expresa las contigencias no
controladas por el empleado.
La variable y no depende del esfuerzo e, y puede ser o no
incorporada al sistema de incentivos, en la medida que permita reducir el ruido entre el
esfuerzo e y el indicador z observado. Por ejemplo, si suponemos que z es la
reducción de la tasa de crecimiento del gasto en farmacia extrahospitalaria de un médico
de Atención Primaria, la variable y puede expresar la media (o cualquier otra medida de
tendencia central que se considere adecuada) de las tasas de crecimiento del gasto en
farmacia extrahospitalaria del total de médicos de Atención Primaria considerados.
El parámetro b expresa la intensidad del incentivo de
forma que a un mayor grado de esfuerzo corresponda un mayor o menor nivel de recompensa
dependiendo del valor que se le haya asignado. El parámetro c expresa el peso relativo
otorgado a la variable y.
Utilizando este modelo de contratos de incentivos de tipo lineal como
referente, es posible definir un conjunto de principios orientativos para el diseño de
incentivos y sistemas de retribuciones asociadas al rendimiento, a partir de la
integración e incorporación de las aportaciones de varios autores (15).
-El principio de información:
Según este criterio deben seleccionarse como factores determinantes de la
remuneración toda medición del desempeño que permita reducir el error con que se estima
el esfuerzo del empleado. Por lo tanto, las medidas del desempeño que incrementen el
error de estimación del esfuerzo, deben excluirse como factores determinantes de la
remuneración, por ejemplo, las que reflejen factores aleatorios fuera del control del
agente. Este principio supone que debe remunerarse al empleado en función de variables
controladas al máximo por éste.
-El principio de intensidad del incentivo:
La intensidad óptima de los incentivos depende:
a) Del incremento del beneficio creado por el
esfuerzo adicional. No tendría sentido primar esfuerzos adicionales que no se tradujeran
en algún tipo de beneficio para la organización.
b) De la precisión con que se evalúan las actividades deseadas. En
situaciones de escasa precisión en las variables de actuación que medimos deben
utilizarse incentivos débiles. Esta escasa precisión corresponde con altos valores de la
varianza de la variable (x+cy). En las organizaciones sanitarias públicas dado el
carácter complejo de la definición de las medidas de resultados constituye uno de los
principales problemas para diseñar contratos de incentivos con alta intensidad.
c) Del grado de aversión al riesgo del agente. A mayor
grado de aversión al riesgo los incentivos utilizados deberían ser de menor intensidad.
Este criterio es también relevante en el diseño de contratos de incentivos en las
organizaciones sanitarias públicas. Si suponemos que los trabajadores y los profesionales
del sector sanitario público español han tenido, a la hora de incorporarse a la
organización sanitaria, una preferencia por la seguridad (empleo estable) frente a un
mayor nivel de ingresos (ser propietario o trabajar en una clínica privada), podemos
inferir que el grado de aversión al riesgo será superior a otros profesionales o
trabajadores del sector privado. En este caso, incentivos de alta intensidad podrían ser
conflictivos e, incluso, estériles. Sin embargo, esta argumentación debe ser matizada.
En primer lugar, la mayor parte de los profesionales sólo pueden incorporarse a su
actividad profesional en las organizaciones sanitarias públicas. En segundo lugar, es
posible compatibilizar la actividad pública con la actividad privada por parte de los
profesionales que puedan y lo deseen, sin que la organización disponga de penalizaciones
efectivas.
d) De la capacidad de respuesta del agente a los
incentivos. A mayor capacidad de decisión autónoma por parte del agente sobre las
actividades que tiene encomendadas, la intensidad de los incentivos debe ser mayor. Este
criterio es un factor claramente favorable al diseño de contratos de incentivos en las
organizaciones sanitarias. La enorme autonomía de que gozan los profesionales en Sanidad,
implica que si estos son sensibles a estímulos monetarios, incentivos de alta intensidad
serán adecuados, dado que su capacidad de respuesta es muy alta.
-El principio de la intensidad de la vigilancia:
Según este principio, cuando se planee que la remuneración del agente
sea muy sensible a su actuación, la intensidad de la vigilancia debe ser mayor. Un
sistema de incentivos de alta intensidad debe estar asociado a sistemas de información,
auditoría y control desarrollados, etc. En definitiva, los costes de la transacción
deben aumentar cuando aumenta la intensidad del incentivo. Es rentable medir
cuidadosamente únicamente cuando los sistemas de incentivos son intensos.
El diseño de contratos de incentivos de alta intensidad debe
complementarse con sistemas de intensidad de la vigilancia igualmente potentes, emprender
una de ellas tiende a hacer rentable a la otra.
-El principio de igualdad de las compensaciones (16)
Según este criterio si la asignación del tiempo o la atención de un
empleado a dos actividades diferentes no puede ser vigilada y controlada, entonces la
actividad con el menor rendimiento marginal no recibirá tiempo o atención alguna. Este
principio es una severa limitación a la utilización de contratos de incentivos en las
organizaciones sanitarias. Dada la multiplicidad de actividades que realizan la mayor
parte de los profesionales sanitarios, aquéllas que no sean primadas en el contrato
tenderán a no recibir tiempo o atención alguna. Este problema puede resultar
particularmente acuciante en aspectos relacionados con la calidad técnica asistencial o
programas de prevención y promoción de la salud difícilmente cuantificables. No
obstante, la opción de una retribución fija no supone en sí misma una solución. En
este caso, los profesionales distribuirán su tiempo laboral efectivo en las actividades
que mayor rendimiento marginal les produzcan, con absoluta independencia de los objetivos
del responsable de la organización.
-Incentivos intertemporales: el efecto Rachet
Este efecto se define como la tendencia a incrementar los objetivos a lo
largo del tiempo. Si un trabajador obtiene un resultado alto en un período, en el
período siguiente, basándose en el principio de información se le exigirá un resultado
alto, ya que la intensidad del incentivo es mayor si se incluye en el modelo de
retribución la información del ejercicio anterior (17). Por ejemplo, si un hospital
consigue ahorrar sobre el objetivo propuesto en Capítulo I (gastos de personal), al
ejercicio siguiente podría recibir un objetivo más ajustado, es decir, menos presupuesto
para Capítulo I. Así, los empleados son obligados a incrementar su esfuerzo cada vez
más con el tiempo. Esto no es óptimo en caso de que sea el mismo trabajador el que ocupa
el puesto cada período, los empleados anticipan la estrategia de los directivos y
disminuyen sus resultados para no tener que aumentar constantemente su esfuerzo.
La raíz del problema es la dificultad que los modelos de incentivos
tienen para determinar el estándar del desempeño (18), fijar el estándar demasiado alto
lleva a bajos niveles de remuneración y, quizá a una pérdida de moral y a renuncias. Si
se fija bajo, existen mayores remuneraciones con menos beneficios netos de los que serían
posibles.
Este problema es un ejemplo de compromiso imperfecto. Podría resolverse
si las partes pudieran comprometerse a mantener los incentivos sin utilizar los resultados
del primer período para ajustar los estándares de actuación del segundo. Debe
establecerse, por tanto, un contrato que exija el mismo nivel de esfuerzo cada período.
Otras soluciones parciales son la rotación de puestos, en el caso de que esto sea posible
sin altos costes, y la evaluación relativa del rendimiento (ERR) que se describe a
continuación.
-Fijación de objetivos y estándares:
Para la fijación de estándares de desempeño u objetivos de actuación
pueden usarse algunas técnicas, aunque presentan problemas de aplicación. Para tareas
rutinarias puede resultar efectiva la realización de estudios de tiempo y movimientos,
igualmente, pueden utilizarse valores históricos. En situaciones de escasa
interdependencia entre los empleados puede emplearse algún modelo de evaluación relativa
del rendimiento (ERR).
Los sistemas de ERR se caracterizan por repartir las primas en función de
una clasificación relativa de los diversos agentes, la remuneración de un empleado
dependerá así no sólo de su propia actuación sino también del grado en que ésta es
superior o inferior a la de un tercero (19). Existen diversas aplicaciones como la
competición explícita (Becker B; Huselid MA, 1992), la ubicación de una bolsa fija de
productividad, promoción de un empleado por el trabajo de un grupo de subordinados, etc.
La literatura ha identificado una serie de características que sugieren
su aplicación en las organizaciones sanitarias públicas en ciertos casos. Se usan cuando
la monitorización es poco fiable o costosa (Lazear y Rosen, 1981). Permiten dirigir los
esfuerzos de los trabajadores según las prioridades de la empresa, orientando según el
tipo desea-do de esfuerzo, (McMillan, 1992).
Una de las principales ventajas de utilizar indicadores relativos es la
protección de los agentes frente a los riesgos derivados de cambios comunes y exógenos
del estado de la naturaleza. Incorporar modelos de ERR en los sistemas de incentivos
disminuye la incertidumbre de los empleados cuando son evaluados por variables de
resultado que no dependen exclusivamente del esfuerzo de los mismos.
Otra aportación interesante de la teoría de ERR es la mejora potencial
en la información disponible, tanto para el principal como para los agentes,
contribuyendo a eliminar incertidumbres y fundamentar los resultados y las evaluaciones
(Holmstrom, 1982). Cuando el sistema de ERR es combinado con fijaciones iniciales de
resultados, disminuyen los problemas derivados de una fijación de objetivos demasiado
altos por parte de los directivos.
Sus principales inconvenientes son las posibilidades de sabotaje de los
resultados de los demás y la posibilidad de ponerse de acuerdo para obtener las mismas
ventajas por menor esfuerzo (colusión). Cuanto menor sea el número de trabajadores y
mayor el grado de interdependencia entre ellos, aumenta la probabilidad de que presenten
estos comportamientos oportunistas. Finalmente, existen dificultades de aplicación cuando
el resultado es difícil de medir. La dificultad de medir la aportación individual al
resultado característico de las tecnologías de equipo de las organizaciones sanitarias,
obstaculizan su aplicabilidad a nivel individual. Sin embargo, la ERR puede ser un
mecanismo de incentivos robusto en organizaciones sanitarias, utilizado a un mayor nivel
de agregación como puede ser el centro de responsabilidad o el propio centro sanitario en
su conjunto, donde es posibel obtener adecuadas medidas de resultados. En este caso,
estamos combinando la ERR con incentivos para grupos o equipos.
-Compromiso y reputación:
La capacidad que tenga la dirección de una organización para implicarse
y adquirir compromisos creíbles en relación al sistema de incentivos, es fundamental
para el éxito de cualquier modelo que se desarrolle. Con frecuencia surgen problemas de
compromiso derivados de la falta o pérdida de reputación de la dirección en relación a
la aplicación del modelo de incentivos. El desarrollo de cualquier modelo de incentivos
económicos con el correspondiente proceso de descentralización o delegación de derechos
residuales de decisión que implica, supone una limitación de la capacidad discrecional
de la dirección.
Esta limitación es doble, tanto referida a los derechos residuales de
decisión delegados (no inmiscuirse), como al respeto al conjunto de reglas que configuran
el sistema de incentivos establecido.
Los incentivos de la dirección para romper las limitaciones a su
discrecionalidad implícitas en cualquier modelo de incentivos son intensos y
multicausales. Por un lado, la dirección de la organización puede creer que los
resultados del sistema desarrollado no coinciden con la percepción que tiene de la bondad
o excelencia de la actuación de los profesionales que evalúa. Esta disonancia puede
inducir a comportamientos oportunistas contractuales, que hagan que la dirección altere o
manipule los resultados del sistema de incentivos para adecuarlos a su visión. Por otro
lado, actividades de influencia e interferencia pueden, asimismo, incidir en la dirección
para una alteración del contrato de incentivos establecido.
Si los empledados perciben una falta de reputación o credibilidad por
parte de la dirección en la aplicación del modelo de incentivos desarrollado, tenderán
a centrar su esfuerzo no en los objetivos y metas especificados en el contrato de
incentivos, sino en aquellos elementos que perciban valora realmente la dirección.
-Amenazas y sanciones creíbles:
Las primas económicas asociadas a un mayor esfuerzo pueden no motivar a
determinados individuos a mejorar su rendimiento. Si la organización no dispone de
mecanismos eficaces de identificar comportamientos oportunistas y aplicar sanciones
incluyendo el despido, el desarrollo óptimo de un sistema de incentivos explícito puede
verse seriamente afectado. La teoría del salario de eficiencia de Shapiro-Stiglitz (1984)
permite desarrollar esta cuestión.
Sea S la retribución del empleado en su organización actual. Sea S? la
retribución alternativa del empleado, en el caso de que fuera despedido de su actual
trabajo (20).
Sea R las rentas (monetarias y no monetarias) que gana el trabajador con
comportamientos oportunistas. Estas rentas pueden provenir de aumentos del tiempo libre,
al trabajar menos horas de las acordadas, de la utilización de recursos de la
organización en beneficio de familiares y amigos, y en general el no esforzarse según lo
pactado o convenido en la relación contractual de empleo.
Sea p la probabilidad de que el comportamiento oportunista cualquiera que
sea su expresión. Sea N el factor que expresa el valor a largo plazo de la relación
laboral, considerando tanto el interés como el número de períodos que el empleado es
contratado por la organización.
El empleado adoptará un comportamiento oportunista si R> p* (S- S?)*N,
es decir, las ganancias derivadas del comportamiento oportunista son mayores que la
probabilidad de que sea descubierto y despedido, multiplicada por la pérdida de ingresos
consecuencia del despido.
El marco institucional tanto del Insalud como de los SRS, y especialmente
su regulación laboral, es eminentemente rígida, sin que apenas existan posibilidades
reales de sanción y despido. Si p en las organizaciones sanitarias públicas tiende a
cero, al empleado siempre le resultará beneficioso adoptar comportamientos oportunistas,
dada la renta obtenida (R) siempre serán estrictamente mayores que las potenciales
pérdidas (p* (S- S?)*N).
Este análisis considera el oportunismo como un dato invariable y fijo del
empleado. Pero, como se ha argumentado anteriormente, es una variable que puede ser
afectada por códigos de conducta, valores, ideología. En este sentido, el disponer de
una fuerte cultura organizativa y de empleados con códigos de conducta poco propicios a
favorecer actitudes y comportamientos oportunistas, puede reducir el oportunismo aunque
éste sea beneficioso para el empleado.
La dificultad de establecer amenazas y sanciones creíbles para sus
empleados que tiene el Insalud, el SAS y otros SRS, dificulta el desarrollo e
implantación de sistemas de incentivos explícitos para los empleados de hospitales y
centros de A.P.
Una de las razones del desarrollo de innovaciones organizativas
consistentes en el cambio de marco jurídico del centro sanitario creando empresas
públicas, fundaciones, etc, es la posibilidad de aumentar de forma significativa p. Esto
permite dotar de mayores grados de consistencia y robustez a los contratos de incentivos.
Por ejemplo, la creación de empresas públicas sanitarias o la concertación con centros
privados (por ejemplo, la experiecia del Hospital de Alcira o la S.L. de Vic) implica, en
principio, aumentar la probabilidad de sanción y despido y desarrollar una estructura
retributiva con incentivos económicos de alta intensidad.
-Descomponer las ganancias y combinar las pérdidas:
La función de valor asimétrica de Kahneman (1994) discutida
anteriormente permite efectuar algunas recomendaciones relativas al diseño de sistemas de
incentivos explícitos. En particular, descomponer las ganancias, combinar las pérdidas,
compensar una pequeña pérdida con una ganancia mayor y separar las pequeñas ganancias
de las grandes pérdidas.
En primer lugar, puede ser interesante descomponer las ganancias que
reciben los empleados por el sistema de incentivos, o parafraseando a Thaler "no
pongas todos los regalos de Navidad en la misma caja". El utilizar diversas bolsas de
incentivos separadas entregándolas en momentos temporales diferentes y convenientemente
especificadas generará según la función asimétrica de Kahneman más satisfacción y
valor para los empleados que agregar las distintas ganancias y repartirlas en un solo
importe (21).
Por otro lado, si combinamos pérdias o sanciones a los trabajadores, la
pérdida de valor experimentada por el empleado será mayor que si separamos en el tiempo
las pérdidas o las sanciones. Si la función asimétrica de valor de Tversky y Kahneman
es correcta en términos positivos, es posible agregar o desagregar las pérdidas o
sanciones, según la dirección de la organización quiera aumentar o disminuir las
pérdidas percibidas por el empleado. Supongamos que a un facultativo de un centro
sanitario público se le notifica al mismo tiempo su despido y una demanda judicial por
negligencia. La pérdida de valor percibida por el empleado será menor que realizando
cada notificación en días diferentes.
Finalmente, cabe articular estrategias de incentivos mixtas en función
del mayor o menor impacto que se desee obtener en los empleados. Es posible evitar la
mayor inclinación de la función de valor en la zona de pérdidas siempre que sea posible
combinar una pérdida con una ganancia mayor. Por ejemplo, si a un técnico administrativo
se le comunicara simultáneamente la no concesión del disfrute unos días libres durante
unas fiestas señaladas y su ascenso a un puesto de responsabilidad, el efecto de la suma
de ambas noticias sería claramente positivo.
Otra estrategia mixta que puede coadyuvar al diseño de contratos de
incentivos es separar las pequeñas ganancias de las grandes pérdidas creando lo que
Thaler (1985) denomina "efecto de consolación". Supongamos que a un director
médico de un centro hospitalario se le comunica su próxima destitución y, unos días
después, el inicio de su nueva tarea junto a un profesional de su afinidad. Si registra
la primera noticia como una gran pérdida y la segunda como una pequeña ganancia, se
sentirá en parte "consolado".
Relacionar la renta de un profesional con un comportamiento eficiente
implica inevitablemente un traslado de riesgos de la organización al profesional, dada la
imposibilidad de aislarlo totalmente de variables no controlables por él. Diseñar un
buen sistema de incentivos para profesionales supone, entre otras cosas, ajustar lo más
posible el riesgo trasladado, de forma que los profesionales perciban claramente la
relación entre su esfuerzo y los resultados obtenidos y resulte menos costoso vencer la
aversión al riesgo característico de todo ser humano. Los sitemas de incentivos
eficientes son aquéllos que equilibran los costes de trasladar el riesgo, con las
ganancias derivadas del aumento del esfuerzo de los profesionales en obtener los
resultados deseados.
El conjunto de reglas de diseño de incentivos que se han planteado en
este trabajo sólo pretenden servir de orientación y brújula para no perderse en una
cuestión tan compleja y conflictiva como las políticas laborales, retributivas y de
incentivos en las instituciones sanitarias. Sin duda, el enfoque utilizado puede ser
tachado de reduccionista en la medida en que se centra incentivos económicos.
Parafraseando al Hamlet de Schakespeare "hay más cosas en este mundo que las que
sueña tu filosofía". Como se mencionó al principio, los valores, la ideología o
el altruismo pueden jugar un papel relevante en las motivación de los profesionales y
gestores sanitarios. Pero como dice un célebre dicho entre los economistas, "aunque
todos los recursos son escasos el amor al prójimo es, sin duda, el más escaso de
todos".
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Ponencia presentada en las V Jornadas de Gestión y
Evaluación de Costes Sanitarios, organizadas por Osakidetza/Servicio Vasco de Salud.
NOTAS
1-General Practitioners.
2-Los principales fallos del mercado sanitario son: externalidades,
asimetrías de información médico paciente, complejidad e incertidumbre, rendimientos
crecientes de escala, altos costes de transacción asociados a la verificación de la
calidad y alto coste potencial para el paciente de una elección equivocada.
3-Pueden considerarse experiencias de este tipo el sistema de incentivos
para directivos del Servicio Andaluz de Salud (SAS) (Martín y López del Amo, 1999) y el
modelo de incentivos para profesionales de áreas de atención primaria del INSALUD
(Cabasés y Martín, 1997), basado en el cumplimiento de la cartera de servicios y la
obtención de ahorros sobre el presupuesto asignado, sobre todo del presupuesto de
farmacia.
4-Una aplicación experimental de las medidas cardinales de la función de
utilidad se ha desarrollado en el modelo de incentivos para directivos sanitarios
públicos de Andalucía (Martín JJ, López del Amo, 1998).
5-Las principales críticas a la hipótesis de elección racional se basan
en la insuficiencia del criterio del egoísmo, en la inestabilidad de las preferencias de
los agentes, en la no aplicación del principio de transitividad en sus elecciones y en
que los individuos tienen capacidades cognitivas limitadas.
6-Algunos experimentos citados por Kahneman que incluían tanto opciones
con riesgo como sin riesgo, han estimado el ratio de las pendientes en las dos áreas
denominado coeficiente de aversión a la pérdida en una relación 2:1.
7-Supongamos que una empresa sanitaria oferta a sus trabajadores un nuevo
plan de seguro médico complementario dentro de la negociación del convenio colectivo. El
antiguo pagaba el 100% de todos los gastos médicos cubiertos, con una prima de 80.000pts
anuales por familia. En el nuevo plan, los trabajadores deben pagar las primeras 30.000pts
de gastos médicos anuales, pero una vez traspasado el límite el seguro paga, al igual
que en el plan anterior, el 100%. La prima del nuevo plan es de 40.000pts, la mitad que la
del antiguo. Los trabajadores tienen la posibilidad de seguir con el antiguo plan o
pasarse al nuevo. Desde el punto de vista de la elección racional, el nuevo plan es mejor
que el segundo. El ahorro en primas compensa sobradamente el pago de las primeras
30.000pts de gastos médicos. No obstante, muchos trabajadores desearían obstinadamente
seguir con el antiguo plan. Si unas personas consideran el ahorro de 40.000pts en primas y
las 30.000pts adicionales de gastos médicos como acontecimientos independientes, la
función asimétrica de valor predice exactamente esa conducta. Como indica la figura 1,
la pérdida de 30.000pts tiene más peso la ganancia de 40.000pts.
8-Los derechos residuales de decisión y control pueden definirse como el
derecho de tomar cualquier decisión concerniente al uso del recursos que no esté
explícitamente controlada por la ley o asignada a terceros por un contrato.
9-Por activos específicos se entiende aquellos cuyo valor es mucho mayor
en un uso o relación particular que en cualquier otra alternativa.
10-Véase para un análisis de las nuevas fórmulas de gestión Martín
(1999), Martín y López del Amo (2000).
11-Estatuto jurídico del personal médico de la seguridad social
(R.D.3160 de 23-12-1966), Estatuto de personal auxiliar sanitario titulado y auxiliar de
clínica de la seguridad social (Orden de 26-4-1973) y Estatuto de personal no
sanitario al servicio de las instituciones sanitarias de la seguridad social (Orden de
5-7-1971).
12-Los costes de interferencia e influencia políticos se pueden definir
como aquellos que se producen como consecuencia de la realización de actividades de
influencia e interferencia en las instituciones y organizaciones públicas.
13-El comportamiento oportunista se define por Williamson (1985) como la
búsqueda del interés propio con dolo, es decir, la revelación incompleta o
distorsionada de la información y la realización de esfuerzos premeditados para
equivocar, distorsionar, ocultar, ofuscar y confundir.
14-Desde la perspectiva de una distribución eficiente de los riesgos
exclusivamente y obviando los problemas de incentivos, si suponemos que la organización
es neutral al riesgo, la solución óptima es transferir la totalidad de los riesgos a la
organización, ya que ésta no soporta ningún coste por asumirlos.
15-Véase Milgrom y Roberts (1992) para una perspectiva de la
organización en general. Un análisis específico de principios de diseño de sistemas de
incentivos puede encontrarse en Martín y López del Amo (1994), y en Roberts (1995). Para
una posible ampliación de estas perspectivas incorporando las limitaciones cognitivas de
los agentes véase Thaler (1985) y Frank (1994), aunque estos autores no adoptan una
perspectiva de diseño de incentivos.
16-Véase Holmstrom (1982) para un modelo principal agente multi-tarea.
17-Notamos, x1 como el resultado en un período, el resultado que se le exige en el
período siguiente y x2 el
que efectivamente consigue; se define a partir de x1 como z2= s +d(e1+x1) y la estimación del comportamiento del empleado z2= e2+x2-z2', la
compensación total del empleado en los dos períodos será [Rf1+b1(e1+ x1)]+[Rf2+b2(e2+ x2 -s-d (e1+x1)], el
coeficiente de e1
no es entonces b1 sino b1-d b2 que es una cantidad menor. Este es el efecto Rachet.
18-Si x es la medida del resultado, y como estándar consideramos
la media que es desconocida por ser el desempeño medio medido correspondiente a cualquier
grado de esfuerzo y en cualquier período de medición, si se estima por x ,
el nivel medio del desempeño esperado es e+x y la remuneración esperada
correspondiente es E= Rf+b(e+x ). Si fuera E la compensación esperada buscada, el valor
de Rf que se fijará se determina despejando Rf= E-b(e+ x). De modo que incrementar el valor estimado de x conduce
a modificar los componentes fijos de la fórmula de incentivación. La magnitud del efecto
es proporcional a la intensidad del incentivo b.
19-Para una revisión de la literatura y evidencia empírica de estos
sistemas puede encontrarse en Gibbons y Murphy, 1990; véase también Lazear y Rosen,
1981; Green y Stokey, 1983. En el ámbito sanitario español, los sistemas de incentivos
empleados incorporan variantes de éste tipo de mecanismos.
20- S incluye los costes de la búsqueda de un nuevo trabajo, incluyendo
el período de desempleo.
21-Según la teoría de la elección racional esta cuestión sería
irrelevante y no aumentaría la utilidad del empleado.
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