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La controvertida herencia de las listas de espera  

 EL PLAN DE CHOQUE CONTRA LAS LISTAS DE ESPERA ANUNCIADO POR EL GOBIERNO HA PUESTO EN CUESTIÓN TODA LA POLÍTICA DESARROLLADA POR JOSÉ M. ROMAY AL FRENTE DEL MINISTERIO DE SANIDAD PUES, DESDE QUE SE HIZO CARGO DEL MISMO, NO DUDÓ EN AFIRMAR CONTINUAMENTE QUE LAS LISTAS DE ESPERA CONSTITUÍAN UN PROBLEMA RESUELTO. PARA LOS CRÍTICOS, LOS LOGROS ANUNCIADOS POR EXMINISTRO SE FUNDAMENTAN EN DETERMINADOS ASPECTOS: EN EL MAQUILLAJE DE LA REALIDAD, BIEN MEDIANTE LA DEPURACIÓN DE LAS LISTAS PENDIENTES BIEN A TRAVÉS DE LA INTRODUCCIÓN DE NUEVAS TERMINOLOGÍAS O CRITERIOS PARA LA INCLUSIÓN EN ELLAS. TODO ELLO HA PROVOCADO UN INCREMENTO DE LAS ESPERAS PARA DIAGNÓSTICOS, ASPECTO DEL QUE APENAS SE HABLA EN LOS DEBATES SUSCITADOS POR ESTE PROBLEMA DE NUESTRO SNS  

 Oscar Niort 


De la nueva terminología introducida por el ex ministro Romay no se libró ni el presidente Aznar pues, en el Pleno del Congreso del pasado 31 de mayo, informó de que, entre junio de 1996 y marzo de 2000, la lista de espera se había reducido en un 20 por ciento; de que el número de pacientes con espera superior a seis meses se había recortado en un 96 por ciento; y de que la demora media había pasado de 210 días a 61, con una reducción del 70 por ciento. Últimamente, los técnicos oficiales se han tenido que esforzar en explicar la diferencia entre demora media y espera media, lo que muestra la confusión generada sobre el problema.  (La demora media es el tiempo que, en un momento dado, los pacientes llevan esperando para ser intervenidos, sin contar el tiempo que les queda; mientras que la espera media es el tiempo total, desde que los pacientes entran en lista de espera hasta que salen de ella, bien por haber sido operados o por otra razón. De ahí que, como el tiempo es menor cuando se hable de demora, sea éste el término más empleado).

A su paso por el Ministerio de Sanidad y ante determinadas acusaciones, José M. Romay solía defenderse atribuyendo los problemas a la herencia recibida de los socialistas. Ahora, parece que son sus sucesores al frente del Departamento los que comienzan a sufrir las consecuencias de su gestión, por más que, en los dos últimos años de su mandato, Romay no dejó de repetir el gran logro alcanzado en la reducción de las listas de espera, como dando a entender que se trataba de un problema resuelto. Por lo que transciende, ni se ha resuelto ni se conoce realmente su alcance, lo que constituye un problema más, pues Romay se dedicó a ser el ministro del Insalud y no a coordinar el sistema sanitario.

En noviembre de 1999, en una conferencia en el Club Siglo XXI, el ministro Romay volvió a ofrecer los mil y un datos reiterados sobre la reducción de las listas de espera (de 190.000 a 130.000 personas), con un acortamiento espectacular de los tiempos de espera (de 210 días a 60) y con unas demoras máximas de seis meses. Según señaló, las listas de espera existentes cuando llegó al Ministerio suponían un atentado a la equidad del sistema y su solución era una muestra palpable de la apuesta por la Sanidad pública. Pese a haber reducido todo a estadísticas, el paso de Romay por Sanidad pone de relieve el problema de fondo de las listas de espera: su muy difícil solución, pues no se entiende cómo, en los dos últimos años de su mandato, la reducción no siguió el mismo ritmo conseguido en los dos primeros, en los que los datos ofrecidos son prácticamente iguales a los existentes en este momento. Y eso que, según las notas oficiales, se registraba un descenso continuo en las listas.

Como las cosas no parece que estuvieran muy claras, las explicaciones tenían que ser continuas. En marzo último, en plena campaña electoral, el Insalud comentó en una nota que, desde 1993, se viene manejando el concepto de "demora media", que dispone de documentos en tal sentido desde la fecha indicada y que se trata, por tanto, del único valor comparable que tiene para conocer la evolución histórica de las listas. De acuerdo con tal parámetro, la lista de espera quirúrgica registraba, en junio de 1996, una demora media de 210 días, mientras que en 1999 era de 62 días. Pese a tratarse del único indicador homogéneo, el equipo del Insalud decidió, a finales de 1996, diseñar un nuevo sistema de medición complementario: es el indicador de espera media que, lógicamente, es mayor que el de la demora media. De ahí que, al ser ésta menor, sea la cifra que se esté utilizando preferentemente por los políticos.

La polémica sobre las listas de espera no es nueva, por más que ahora se presente con caracteres novedosos, entre otras razones por el triunfalismo de que, a lo largo de los últimos cuatro años, hizo gala el ministro Romay, dando a entender que el problema estaba resuelto. El problema comienza a adquirir carta de naturaleza después de la aprobación de la Ley General de Sanidad, por la que se crea el Sistema Nacional de Salud y se establece la universalización de la asistencia sin que, de entrada y hasta ahora, existan límites para las prestaciones. De todos modos, resulta curioso que, una vez aprobada la ley (1986), el Insalud dejó de publicar el dato correspondiente al número de pacientes en lista de espera, que venía dando hasta el año 1985.

Coincidiendo con esta etapa y siendo Julián García Vargas ministro de Sanidad, asistimos a un hecho curiosos cuando, en el año 1990, se presentó la publicación "Indicadores de Salud", editado por el Ministerio de Sanidad en su serie Información Sanitaria y Epidemiológica. Y es que, en el libro, había desaparecido una página (literalmente, había sido arrancada la 359), en la que se recogía el dato del número de camas hospitalarias por habitantes.

Ya en la época de Ángeles Amador al frente del Ministerio, las listas esperas generaron alguna polémica, incluso entre los responsables del propio Departamento. Después de haberse llegado a afirmar que se trataba de algo inevitable, en febrero de 1994 y después de que la ministra Amador hubiera asegurado que 120.000 personas se encontraban en lista de espera, el entonces director general del Insalud, José Luis Temes, ofreció nuevos datos y recortó la cifra a la mitad, sin que se explicaran claramente los criterios seguidos para reducirla.

Fenómeno con rasgos propios
Estamos ante un fenómeno que, en la etapa de Romay, adquiere rasgos propios, ya que, en sus continuas notas informativas, van descendiendo todos los datos negativos (listas de espera, estancia media…) y aumentando los positivos (Cirugía Mayor Ambulatoria, ocupación hospitalaria…).  Sin ir más lejos, en enero de 1998, el Ministerio informa de que "los objetivos del Insalud para 1997, de acabar con las demoras quirúrgicas de más de nueve meses y de reducir la demora media a 100 días, se han cumplido. La lista de espera de más de nueve meses que, a mediados de 1996, era de 34.992 personas y a finales de ese mismo año de 21.123, es (a 31 de diciembre de 1997) de sólo 876 personas, es decir, se ha reducido en un 97,5 por ciento. Asimismo, la demora media quirúrgica que, al iniciarse el Plan de Choque en junio del 96, era de 210 días y, al final del mismo año, era de 135, ha descendido hasta situarse en 98 días, es decir, se ha reducido a menos de la mitad, exactamente en un 53,3 por ciento, superando el objetivo que era en 100 días".

Según Sanidad, "este fuerte descenso" era el  resultado de múltiples acciones, como el incremento en un cien por ciento de la Cirugía Mayor Ambulatoria en los dos últimos años, así como "la mejora en la gestión hospitalaria", gracias a la cual se redujo en 0,77 días el tiempo medio de estancia hospitalaria, lo que se tradujo en un ahorro global de más de 800.000 estancias. Además, y así se dice oficialmente, "por primera vez se han realizado 5.000 procesos quirúrgicos menores en 120 centros de Atención Primaria, lo que ha contribuido a descongestionar los hospitales". Para Sanidad, estas intervenciones en Primaria pueden aligerar las listas de espera. El mayor número de este tipo de  intervenciones fueron heridas cutáneas (22,6%), la verruga vulgar (16,6%), el fibroma blando (11,2%) y los accesos cutáneos (8,1%).

En cuanto a la Cirugía Mayor Ambulatoria, durante 1997, en plena euforia del Plan de Choque contra las listas de espera, se realizaron 72.600 procedimientos que, de haberse llevado a cabo por cirugía convencional, habrían originado casi 200.000 estancias hospitalarias. La mayor repercusión de esta actividad quirúrgica fueron las cataratas (66,6%). En 1998, se incrementó en un 32 por ciento estas intervenciones, hasta alcanzar las 96.000. En un momento, y al hablar de estas intervenciones quirúrgicas, Sanidad anuncia que, en relación con 12 procesos, se va a establecer un Programa de Garantía de la Demora, "seguro sueco", para evitar que la espera se demore más de un tiempo fijado de antemano. De esto nunca más se supo.

En la avalancha de notas sobre mejora de la actividad, no faltan las que tratan de desviar la atención. Así, en abril del 98, se asegura que "la gran actividad tansplantadora origina un incremento en el número de pacientes, ya que cada vez se indica más el transplante en un mayor número de personas y esto se traduce en listas de espera…"

Pese a este incremento de la actividad y de los logros anunciados por Sanidad, las quejas de los pacientes siempre vuelven sobre el problema, aunque se les trata de poner un poco de sordina a la hora de dar cuenta de ellas. En abril de 1998, desde el Ministerio se reconoce que, en relación con la atención hospitalaria, se interpusieron 25.699 reclamaciones, de las que  5.699 fueron por demoras en la asistencia. Eso sí, bajaron con respecto a las registradas en 1996. Y de tal cantidad, la mitad respondía a demoras quirúrgicas. Se advierte un cierto conformismo en Sanidad cuando, días después, al informar sobre las quejas recibidas en la Unidad de Atención al ciudadano ("línea caliente" del Ministerio), se dice que "las demoras en asistencias o ingresos solamente alcanzaron el seis por ciento…".

Más adelante, se comentaba que "hay que destacar la notoria disminución o demandas de lista de espera para operaciones, aunque todavía existen llamadas por consultas de algunas especialidades y pruebas diagnósticas". 
Lo que llama la atención es que, un año después (marzo de 1999), el Ministerio de Sanidad, al dar cuenta de un estudio oficial sobre servicios públicos, señala que "las demoras asistenciales constituyen todavía el principal motivo aducido para interponer reclamación, seguido de la disconformidad con la actuación asistencial y el tratamiento equivocado".

Comienzan las sorpresas
Aparte de estos escarceos sobre los datos, las sorpresas comienzan realmente a partir de mediados de 1998 cuando el ministro Romay, acompañado por quienes entonces integraban la plana mayor del Insalud, presentó los resultados del Plan Integral de Gestión de Listas de Espera, pues se asegura haber alcanzado "objetivos fundamentales que parecían inalcanzables" dos años antes. Es cuando aparece la demora media, la espera media y la nueva terminología, para concluir que, en ese momento, había en lista de espera del Insalud 138.264 personas. 

La información ofrecida muestra claramente cómo, hasta ese momento, la publicidad había dominado el quehacer de Sanidad pues, y se dice textualmente, "hace dos años no existía un sistema de información fiable que permitiera conocer el número total real de pacientes en lista de espera y, una vez analizada de manera exhaustiva, fue superior a 190.000 enfermos, de los cuales al menos 21.000 pacientes esperaban más de uno, dos y tres años para ser operados… La situación ha dado un vuelco porque existe un sistema de información rápido y fiable que demuestra que hay 52.000 enfermos menos en lista de espera…" Al cabo del tiempo, se ha puesto en duda tan alta fiabilidad. Y, en cuanto a los 190.000 pacientes en lista de espera, se trata de una cifra que coincide con la que, años antes, había dado a conocer la Confederación Estatal de Sindicatos Médicos (CESM), cuando elaboró un estudio sobre deficiencias estructurales en el sistema asistencial.

Ya se ha señalado anteriormente que, en 1997, se produce un cambio en los criterios para la inclusión de los pacientes en lista de espera, como se recoge en la Memoria 1997 del Insalud ("Plan de Calidad. Atención Especializada"). Allí, y después de diversas consideraciones, a la hora de las conclusiones generales, se afirma que, "como dato menos positivo, los objetivos de implantación de un protocolo para procesos asistenciales, relacionados con la lista de espera, han resultado los que en menor número han sido evaluados, a pesar de que los hospitales podían definir, en función de sus necesidades, en qué proceso implantarlos. Es posible que haya sido debido a que fueron aspectos nuevos en 1997". En otras palabras, las instrucciones no estaban muy claras y, por tanto, conviene poner en duda los resultados obtenidos.

En agosto del 98, el Insalud presenta un plan de mejora de la calidad de la prestación asistencial en el ámbito de la Atención Especializada para el período 1998/2000 y se advierte que las listas de espera constituyen un problema de difícil solución, por lo que, de nuevo, se quieren "mejorar" los criterios de inclusión en ellas. Oficialmente se dice que "se deberá incluir en las listas a los pacientes cuyos procesos admiten demora. Esto significa que a cada enfermo debe prestársele la asistencia en el momento adecuado, de acuerdo con las características clínicas de su afección. Para ello es preciso mejorar los sistemas de información sobre listas de espera mediante la fijación de criterios homogéneos para gestionarla. Por lo tanto, se deben establecer criterios uniformes de inclusión, en colaboración con los servicios y Sociedades científicas, junto con el estudio de los tiempos de espera razonables para las técnicas diagnósticas y terapéuticas, garantizando que, en caso de sobrepasar estos tiempos, el paciente puede acudir a otro centro". El tiempo ha confirmado que no se cambiaron los criterios ni se dio opción a los pacientes para resolver sus problemas en caso de demora excesiva.

Tampoco parece que hayan tenido éxito las nuevas formas de gestión (fundaciones sanitarias) propugnadas por Romay, pese a estar orientadas a mejorar la gestión y la eficiencia del sistema sanitario público. Y eso que, hace apenas un año, Sanidad aseguraba que, "una vez conseguidos los objetivos de reducción de las listas de espera quirúrgica, el Insalud va a combatir la demora en las consultas externas y pruebas diagnósticas…".

De nuevo se barajan cifras y salen a la luz datos sobre las listas de espera. Unos datos que son puestos en cuestión hasta por los propios médicos del sistema. Y es que, se quiera o no, son múltiples las causas que actúan para incrementar las esperas. Sin ir más lejos, cuando a principios del año 2000 el Insalud da conocer la lista acumulada durante 1999, se reconoce que el número de enfermos en espera aumentó en casi 10.000. De todos modos, para quitar hierro al asunto, se comenta que una de las causas del incremento debe buscarse en que, dicho año, se registraron cerca de medio millón de consultas más.

Al analizar todo este proceso, se advierte un aspecto significativo: que, en ningún caso, se han ofrecido datos sobre el coste de las actuaciones extraordinarias puestas en marcha como consecuencia del Plan de Choque. En las notas de prensa, ni una sola cifra al respecto. O no hubo incentivaciones o, al igual que el resto de la actividad desplegada en los centros propios, no fueron suficientes para acabar con las listas de espera.
 

Nota editorial: un problema de límites

La realidad ha venido a confirmar lo que los técnicos no han dejado de repetir a lo largo del tiempo, que no existen fórmulas mágicas para acabar con las listas de espera, por más que, a lo largo de los últimos cuatro años, José M. Romay intentara transmitir la impresión de que, prácticamente, el problema se había resuelto a su paso por el Ministerio de Sanidad. No hubo ocasión en que, al hablar de la gestión asistencial en el ámbito del Insalud, el exministro no citara la reducción extraordinaria en las listas de espera. De ahí que, en este momento, la sorpresa de los políticos sea mayor, por tener que enfrentarse a una situación que se creía del pasado. Nos imaginamos que no habrá sido un plato de gusto el haber tenido que salir el propio presidente del Gobierno a enfrentar una situación que creía solventada.

No vamos a entrar en si, durante la pasada legislatura, mejoró o no la gestión y eficiencia de los centros hospitalarios, una de las causas a las que se ha venido atribuyendo el aumento del número de pacientes en espera, pues se puso excesivo énfasis en subrayar la repercusión que, en la reducción de las listas, estaban teniendo las medidas complementarias puestas en marcha, como la Cirugía Mayor Ambulatoria o las intervenciones realizadas por los Equipos de Primaria. De todos modos, cabe señalar que, completado su ciclo inicial, contribuyeron a estabilizar el número de pacientes en espera, pero no a acabar con las listas. Es más, en algún momento se señaló que esa mayor actividad asistencial había provocado un aumento de las esperas. 

Ahora, cuando desde el Gobierno se habla de que no va a haber partidas extraordinarias para solucionar el problema, mucho nos tememos que la solución va a quedar pendiente, pues da la impresión de que resulta difícil mejorar la eficiencia de los centros y, para un aumento de la actividad, se requeriría un incremento de los recursos. Además, resultaría extraño que, ante el revuelo social existente, sólo se tratara de paliar el problema de las listas de Cirugía cardiovascular y se olvidaran las demás patologías para las que también existen demoras.

La solución no es fácil, por lo que conviene huir de la demagogia de creer que, de un plumazo, se va a acabar con el problema. Y el actual es fruto de quienes, como el ministro Romay, a fuerza de utilizar las estadísticas han contribuido a transmitir la idea de que nuestro sistema público carece de límites.

 

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