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AULA ACREDITADA
  
ACTIVIDAD ACREDITADA
POR LA COMISIÓN DE FORMACIÓN CONTINUADA
Sistema Nacional de Salud
Ministerio de Sanidad y Consumo
PROGRAMA ANUAL 2003
DE FORMACIÓN CONTINUADA ACREDITADA
PARA MÉDICOS DE ATENCIÓN PRIMARIA
  
Los médicos inscritos podrán alcanzar la acreditación del Programa.
La cumplimentación de los cuestionarios de evaluación para cada tema del Programa se hará por soporte electrónico. La evaluación de los cuestionarios-respuestas se llevará a cabo por una agencia independiente especializada.

Teléfono de atención a los médicos participantes: 91.749.95.13 (Srta. Emma Fernández).

 

ENTREVISTA E HISTORIA CLÍNICA

Fases de la entrevista clínica

En relación a los condicionantes referidos anteriormente, la entrevista clínica podrá desarrollarse de una u otra forma. No obstante, a efectos didácticos y entendiendo que la entrevista debe adaptarse a cada situación particular, normalmente se distinguen dos fases en la entrevista clínica:

- Fase exploratoria
- Fase resolutiva

En la primera lo que se pretende es explorar y descubrir los problemas del paciente como un todo y en la segunda analizarlos y proponer/decidir las posibles soluciones.



Dentro de estas fases podemos señalar varios pasos como son (Tabla II):

- Recepción del paciente
- Escucha de su motivo de consulta
- Identificación de la demanda, del problema o problemas de salud por los que se solicita nuestro servicio.
- Enunciación del problema/s detectado/s
- Propuesta de posibles soluciones/ recomendaciones.
- Valorar las opiniones del paciente.
- Toma de decisiones y compromiso por ambas partes
- Plan de seguimiento

Teniendo en cuenta la continuidad de la relación en Atención Primaria, las distintas fases de una entrevista clínica en profundidad, cuando se necesiten, pueden desarrollarse a lo largo de varias consultas, no en una sola.

Estas fases de la entrevista, como es lógico, no se dan, ni son necesarias, en todos los encuentros entre médico y paciente. Muchas de nuestras consultas se deben a trámites más o menos administrativos, problemas de salud menores que el paciente identifica perfectamente y en los que sólo busca alivio o tranquilización (catarros, infecciones bucodentales, pequeñas lesiones dérmicas, traumatismos leves, molestias digestivas, etc), consultas de seguimiento de diversos problemas simples, consultas de contenido preventivo, etc.

Actualmente, en la mayoría de consultas de Atención Primaria no suele darse la carga de ansiedad y preocupación que se ha referido tradicionalmente para el encuentro entre paciente y médico (preocupación excesiva respecto a qué es lo que tendré, que me encontraran, como afectará a mi vida futura, etc), aunque evidentemente sí se da en otras situaciones. Pero en la mayoría de nuestras consultas la persona acude tranquilamente al médico, con frecuencia en busca sólo de algún documento, de algún remedio para algún problema puntual, a revisión de patología crónica con la que en la mayoría de las ocasiones se ha acostumbrado a vivir, a realizar alguna práctica preventiva (un reconocimiento, vacunación, consejos, etc) o simplemente en busca de tranquilización ante pequeños malestares.

FASE EXPLORATORIA

Recepción del paciente
Cuando un paciente entra en la consulta, debería poder sentir que es el centro de nuestra atención. Y de no ser así, porque aún estemos ocupados con cosas del paciente anterior o de otro tipo, deberíamos establecer contacto con él y señalarle que espere un momento, en la consulta o fuera, de forma atenta ("disculpe un momento que estoy terminando de anotar unas cosas en la historia clínica del paciente que acabe de salir", "espere un momento que ahora mismo le atiendo"). Si hay algo que irrita a las personas es sentirse invisibles y desatendidas. La forma de recibir a los pacientes está influida por las características organizativas de la consulta. En los casos en que se dispone de listado de personas citadas convendría que fueran siendo llamados por su nombre y recibidos con un saludo en la misma puerta. En caso de que sean los propios pacientes los que de una u otra forma saben cuando tienen que entrar, es importante que cuando aparezcan por la puerta para entrar se les mire y salude correctamente. Y si en ese momento por el motivo que sea no les podemos recibir adecuadamente, les deberíamos decir cortésmente que se esperen. A todos deberíamos recibirles cordialmente estableciendo contacto visual con ellos y con un saludo verbal, si es posible diciendo su nombre (siempre que le sepamos correctamente; cuantas veces por intentar ser más agradables y cercanos no habremos dicho "Hola Lorenzo, buenos días. ¿Qué tal se encuentra?" y que nos respondan "mm... Bueno... mi nombre es Leandro, no Lorenzo"). Un gesto amable y sonriente y un "¡Hola, Buenos Días!" (o Buenas Tardes), cuesta muy poco y es la mejor forma de iniciar una buena relación. A veces si que cuesta, por el carácter del médico, su estado de ánimo, su malestar o cansancio por uno u otro motivo, pero aún así, recibir bien al paciente debería se el primer signo de nuestra profesionalidad.

Lo normal después del saludo, en la mayoría de las ocasiones, debería ser invitar al paciente a sentarse, invitación que ellos pueden aceptar o no dependiendo del motivo de consulta. Es frecuente que si prevén que van a tardar poco, rechacen el ofrecimiento ("No gracias, sólo venía a por esta receta" o "Ya he estado bastante sentado ahí fuera"), al igual que si sólo quieren enseñarnos alguna lesión cutánea bien visible ("Venía a que me vea este grano", mientras se acercan a nuestro lado para enseñarnos una lesión en el dorso de la mano), o que les exploremos algo muy concreto ("Quería que me mirara este oído porque parece que me duele"). En pacientes conocidos, que sabemos más o menos a qué vienen y que suelen rechazar el sentarse puede no hacerse este ofrecimiento. A veces, el paciente viene a que le realicemos alguna exploración, o por lo que nos dice, nada más entrar sabemos que debe ser explorado de una u otra forma; en estos casos, dependiendo de la disponibilidad de tiempo y de nuestra forma de actuar, puede estar indicado que el paciente pase a prepararse directamente para su reconocimiento, mientras vamos hablando con él.
La primera impresión que nos llevamos de las personas cuando las conocemos, nos influyen mucho en la posterior relación con ellas. La forma de recibir y tratar a un paciente en caso de que sea nuestro primer encuentro con él, suele condicionar la posterior relación médico-paciente. Hay situaciones de desencuentro e incluso enfrentamiento en la primera consulta con una persona concreta, que no siempre es fácil reconducir. Dichos desencuentros se deben habitualmente a discrepancias entre lo esperado y lo obtenido, bien por no haber sido capaces de explicar o comprender lo que se espera del otro o por no haber obtenido una respuesta previamente esperada.
Escucha del motivo/s de consulta

Una vez que se ha recibido al paciente, la labor del médico es preguntar y escuchar el motivo de consulta. A veces, tras el saludo inicial el paciente refiere directamente por lo que viene, de una forma definida y clara: "venía a que me haga esta receta", "a ver si me manda algo para este catarro", "llevo unos días con un dolor aquí...", "quería que me haga un volante para que me vea el de los huesos", "mire lo que me ha salido aquí", etc. Otras veces refieren motivos de consulta más o menos incomprensibles e indefinidos: "ya ve, que estoy más mala que mala", "ayer creía que teníamos que ir a urgencias, porque se me puso una cosa así, pensé que me iba a dar algo", "que vamos a hacer con estas piernas, es que estoy que no me tengo", "se me ha puesto una cosa así en la cabeza", "ya ve, con el andancio", etc. En otras ocasiones, para que el paciente empiece a contarnos lo que le pasa debemos hacer preguntas abiertas: "¿que le ocurre?", "¿qué le trae por aquí", "usted me dirá".

Tanto al recibir al paciente como en el desarrollo de la entrevista clínica es conveniente mantener una actitud cordial, de respeto e interés por el paciente y lo que le rodea, manteniendo el contacto visual con él, acompañando gestualmente la comunicación y manteniendo una adecuada distancia interpersonal. Los pacientes tienen distinta capacidad y habilidad para "narrarse", para contar lo que les pasa. Existen una serie de técnicas, de apoyo narrativo que pueden ayudarnos a esclarecer lo que le ocurre al paciente y como lo vive, así como cosas que debemos evitar.

Técnicas de apoyo narrativo (Tabla III)
Son técnicas que ayudan al paciente a describir y aclarar sus vivencias (y a sentirse objeto de interés y comprendido) y al médico a identificar y entender lo que le ocurre al paciente. Entre ellas debemos señalar:

- Escucha activa: mostrando interés y facilitando la explicación de los aspectos que el paciente considere oportunos, invitándole a seguir, a profundizar en los aspectos que sean importantes para él.

- Peticiones de aclaraciones: a veces no nos estamos enterando muy bien de lo que quiere el paciente o de lo que nos está contando, de la relación que establece entre unos y otros síntomas, del tiempo de evolución de sus molestias, etc. Lo mejor en esta situación es pedir que nos aclare lo que consideremos oportuno. Las interrupciones deben ser de forma educada, disculpándonos de interrumpirle y haciéndolo con baja reactividad (de forma pausada). El extremo de estas situaciones puede ser por ejemplo las consultas sucesivas por un determinado problema en que el paciente inicia el encuentro diciendo "Pues ya ve, que sigo igual" y nosotros, en vez de pedir aclaraciones concretas explícitas ("¿Qué es exactamente lo que le ocurría?"), pensando que el paciente puede sentirse minusvalorado o no reconocido en cuanto a su problema por el que nos consultó hace sólo unos días decimos "¿Y eso?"; y contesta -"Pues que no se me quita". Este diálogo de sordos sigue hasta que caemos en la cuenta de qué es lo que le pasaba, por recordarlo espontáneamente, verlo escrito en la historia clínica o porque el paciente acaba dándonos las pistas sin que nosotros se las solicitemos explícitamente (o en algunos casos nos quedamos sin saber lo que ocurría, finalizando la consulta diciendo que siga unos días igual y ya veremos...). En la mayoría de consultas por un problema de salud que aún no está bien definido, es conveniente dejar hablar libremente al paciente un rato (según la disponibilidad de tiempo y la forma de narración del paciente) y después solicitar las aclaraciones que consideremos oportunas. Asimismo, en el transcurso de la entrevista deberemos pedir que nos aclaren todo aquellos que nos parezca confuso "¿qué quiere decir con que así no puede seguir?", "¿desde cuándo le empezaron estas molestias?", "¿por qué dice que le sientan mal estas pastillas?", "¿a qué se refiere cuando dice que se le va la cabeza?", etc).

- Menú de sugerencias: es una forma de petición de aclaraciones, de forma restringida. Si el paciente no se expresa bien libremente o para pedir aclaraciones sin preguntas abiertas del todo (en general son desaconsejables las preguntas cerradas), debemos hacer preguntas en las que puedan ser varias las respuestas y se las enunciamos en la pregunta: "¿la tos es seca o con flemas?", "¿tiene más dolor por la noche o por el día, en reposo o cuando está moviéndose?", "¿cuándo tiene más dificultad para conciliar el sueño, a primera hora cuando se acuesta o cuando ya ha dormido unas horas?".

- Manifestaciones de sintonía (respuestas en espejo): referidas a las manifestaciones del médico que indican una sintonía con las expresiones y sentimientos del paciente, como por ejemplo sonreír cuando sonríe, manifestar preocupación cuando él la expresa, mostrar alegría y optimismo cuando el paciente se muestra animado, etc.

- Resúmenes de lo que el paciente nos ha expresado, intentando estructurar bien la información destacando los aspectos más importantes, solicitando posteriormente la ratificación por parte del paciente de lo que nosotros hemos interpretado. En una consulta por presumible lipotimia que el paciente puede narrar de forma prolija y preocupada, podríamos resumirla más o menos así "O sea que desde hace una semana ha presentado tres episodios de mareo en distintas situaciones sin llegar a caerse al suelo ni perder el conocimiento, que se nota cuando le van a dar porque tiene sensación de debilidad, de que se le nubla la vista, suda y le falta el aire, y se le han pasado después de unos minutos tras sentarse o tumbarse. No le había pasado antes y no se ha acompañado de otros síntomas. Y está muy preocupado por ello ¿de acuerdo? o ¿no es así?". En caso de desacuerdo, es el momento de pedir aclaraciones o que el paciente nos amplíe la información.

- Poner palabras a las expresiones emocionales. Si un paciente interrumpe su narración al llegar a determinados momentos o situaciones, por esbozar un sollozo, de forma pausada y poco reactiva, podemos expresar verbalmente el que entendemos que eso la genera un gran sufrimiento; o cuando en la movilización o exploración de una zona se produce un gesto o expresión de dolor, verbalizar nosotros ("Así que aquí es donde más le duele", "este movimiento es el que más le cuesta hacer ¿no?)". Otras veces manifestaremos lo que percibimos respecto a las emociones del paciente ("últimamente le veo más decaído...").

- Utilizar el lenguaje del paciente, adaptándonos a sus formas de expresión y evitando la utilización de la jerga médica. Una peculiaridad relacionada con esta habilidad es la del uso y comprensión de algunas de las expresiones que están muy arraigadas en algunas poblaciones para manifestar diversos síntomas, molestias o padecimientos ("rilera" para referirse a los escalofríos y temblor relacionados con la fiebre, "ajigorao" para manifestar cierto nerviosismo relacionado con el estrés y el agobio, "me duele el cuerpo" para referirse a la lumbalgia, etc).

- Respetar los silencios. Aunque pueda parecer que no es propiamente una técnica de apoyo narrativo, respetar los silencios y los tiempos que marca el paciente en su comunicación es fundamental para facilitar la expresión de las distintas vivencias y sentimientos. Y a veces un silencio expresa más que mil palabras, por parte del paciente y también del médico.

Cosas que debemos evitar durante la entrevista (Tabla IV)

- No tener contacto visual con el paciente, no llegar a mirarle a los ojos. A través de la mirada podemos decirnos tantas cosas... Mirarse, a veces es quizá la mejor forma de comunicación humana.

- Estar ocupados en otras cosas, hecho que produce en el paciente la sensación de que no merece nuestra atención, de que consideramos que tenemos otras tareas más importantes que hacer.

- Escribir, leer informes mientras nos hablan, sin prestar atención a lo que nos están diciendo. Al cumplimentar algunos volantes o papeles que no requieren de forma especial nuestra atención, dependiendo de nuestra habilidad, del paciente y de lo que nos esté diciendo, si podríamos mantener una relativa comunicación verbal con él, siempre que no sea de aspectos importantes o relevantes.

- Interrumpir el desarrollo de la consulta por motivos que no sean importantes, como ocurre en algunas ocasiones con relativa frecuencia para hablar por teléfono innecesariamente, admitir interrupciones de la consulta por motivos no justificados, etc. En algunos casos es frecuente recibir llamadas telefónicas de todo tipo, la entrada en la consulta de otros compañeros, enfermeras o personal auxiliar que interrumpen innecesariamente y de forma contraproducente el desarrollo de la consulta. Todas estas situaciones reflejan un desorden en la organización de la consulta y deberían ser evitadas en la medida de lo posible.

- Realizar muestras de hostilidad hacia el paciente, por alguna situación concreta de la consulta actual, o por una mala relación previa e incluso por rechazo del paciente. Lo que nos parezca mal, de forma razonable respecto a un paciente, deberíamos de ser capaces de expresárselo de forma correcta, sin hostilidad ni agresividad y con baja reactividad. Una de las circunstancias que más malestar y hostilidad nos genera es la utilización abusiva de los servicios sanitarios, especialmente la solicitud de avisos domiciliarios presumiblemente injustificados, sobre todo en horario de urgencia; en estos casos, máxime si no conocemos previamente a la persona que reclama nuestra atención, hay que ser especialmente cautos en la relación con el paciente. La falta de límites en nuestro sistema conlleva frecuentes desencuentros médico-paciente por exceso de expectativas y consideración de derechos por parte del segundo (y también por falta de aceptación y adaptación del primero a las nuevas "reglas de juego").

- Ser impersonal y distante, actitud que a veces utilizamos como forma de refugiarnos de una excesiva involucración con los problemas del paciente. Otras veces refleja una forma de ser, una dificultad en la relación cercana con los demás.

- Emplear jerga técnica que puede dificultar la comprensión del paciente y que a veces utilizamos para intentar marcar nuestro conocimiento o superioridad. Es necesario explicar a los pacientes las cosas de tal forma que las entiendan. Esto dependerá mucho de su nivel cultural (no sólo educativo) y de sus peculiaridades. A veces a nosotros nos es difícil explicar las cosas sin utilizar nuestra propia jerga y no siempre es fácil reproducir lo que querríamos decir con las palabras que puedan entender algunos pacientes. El uso por nuestra parte de la jerga técnica a veces es la forma de acabar con una petición de aclaraciones que consideramos excesiva. Al margen de las explicaciones que nosotros damos, es frecuente que el paciente haga una "traducción" de lo que le ocurre, a menudo bastante libre, a su propio lenguaje.

- Ignorar sus preguntas, por desinterés, desconocimiento de las respuestas, cansancio o percibirlas superfluas e intrascendentes. Aunque a veces también es porque hemos dado respuesta en repetidas ocasiones a las mismas preguntas o porque en determinadas situaciones preferimos no darnos por enterados de algunas preguntas o comentarios del paciente.

- No dar explicaciones. Hoy día muchos pacientes quieren que les expliquemos todo y con la mayor claridad posible, no sólo de nuestra impresión diagnóstica sino del motivo de sus problemas, su pronóstico, tratamiento, las actuaciones que van a tener que realizar, etc. Pero esto no siempre es así. Hay pacientes que no desean muchas explicaciones y en éste caso no deberíamos forzarles a recibirlas.

- Hacer la mayoría de preguntas cerradas, lo que limita la expresión del paciente, induciendo un tipo de respuestas que aunque a veces a nosotros nos es útil, puede hacer sentirse al paciente como si estuviera rellenando un cuestionario (y lo peor es que a veces es así, que tenemos que cumplimentar una "planilla" con sus respuestas) Son ejemplo de preguntas cerradas: "¿arranca al toser?", ¿le duele de forma continua?", "¿le molesta más al bajar las escaleras?", en vez de "¿cómo es la tos, se acompaña de algo más?", "¿cómo es el dolor?", "¿en qué situaciones tiene más molestias?").

- No prestar atención a lo que nos narra. Aparte del desinterés que refleja, puede ponernos en situaciones incómodas como estar preguntando posteriormente por cosas que ya nos han dicho (por ejemplo, cuando un paciente inicia su narración del motivo de consulta diciéndonos que le duele la cabeza, ha tenido fiebre y mucha tos y al rato le preguntamos si tiene tos o le ha subido la temperatura, situaciones que suelen motivar expresiones de desagrado del paciente "Si ya le he dicho que lo que más me molestaba es la tos y que ayer tuve treinta y nueve") y puede dificultar la correcta identificación del problema, paso imprescindible para poder abordar adecuadamente las soluciones.

- Restarle importancia a sus problemas de forma despectiva, situación distinta a cuando les restamos importancia para tranquilizar al paciente, pero reconociendo sus problemas y sufrimiento.

- Forzar al paciente a abordar temas que no quiere. Las personas no siempre estamos en disposición de hablar de cosas que nos afectan. En ocasiones podemos saber o sospechar que determinadas situaciones están afectando la salud de nuestros pacientes, pero observamos en ellos un rechazo a abordarlos e incluso una actitud de negación respecto a información que nos han facilitado o hemos obtenido de una u otra forma previamente. En estas circunstancias debemos saber respetar la actitud del paciente, salvo que veamos que puede ser muy contraproducente para él. En una relación de continuidad, casi seguro que habrá un momento en que la hija quiera abordar el tema, por decisión propia.

Identificación del problema/s
A partir de lo que el paciente nos cuenta, habiendo utilizado en mayor o menor medida las técnicas de apoyo narrativo, de las respuestas a nuestras preguntas, de la observación y exploración, nos hacemos una idea del problema por el que se consulta, que no siempre coincide con el motivo de consulta expresado por el paciente. En ocasiones se nos consulta por motivos más o menos banales y habituales y tras una entrevista clínica detectamos que en realidad el principal problema es otro, identificado por el paciente previamente o no. En las últimas semanas, un hombre de 50 años acudió varias veces a la consulta con problemas de garganta, dispepsia, alteraciones del sueño, todo muy inespecífico, hasta que vi que el motivo era establecer una cierta relación de confianza conmigo para plantearme el problema que realmente le preocupaba desde el principio, una disfunción eréctil con importante repercusión personal y conyugal.


En relación al problema/s por el que se nos consulta el médico debe contar con unas habilidades para identificar y abordar (Tabla V):
- El núcleo del problema
- La relación del paciente con su problema
- La relación e influencia con el contexto social

Identificación del núcleo del problema
Después de que el paciente nos halla expresado el motivo de consulta, narrado de una u otro forma su situación y que nosotros hallamos hecho las aclaraciones necesarias, debemos tener respuesta para las preguntas referidas a:

- ¿Qué le ocurre? (y ¿cómo?, ¿dónde?, ¿cuándo?)
- ¿Desde cuándo?
- ¿A qué lo atribuye?
- Factores con los que se asocia
- Factores con los que se alivia o empeora

Dependiendo del problema estas preguntas van a tener una u otra respuesta y en función de ellas nosotros vamos a hacernos una composición de lugar y poder iniciar las actuaciones que consideremos más oportunas (explicación al paciente, exploraciones, pruebas complementarias, derivaciones, pautas terapéuticas, seguimiento, aplicación de medidas preventivas, etc).

En muchas de las consultas actuales no podemos hablar de "identificación del problema" como tal, dado que nuestra actividad no sólo está encaminada a identificar los problemas de salud propiamente dichos (síntomas, signos, enfermedades, discapacidades, disfunciones, etc) sino a realizar visitas de seguimiento, actividades preventivas, trámites administrativos, etc. En las visitas de seguimiento por problemas crónicos, el problema está identificado (ej. las revisiones de un paciente con diabetes, o HTA, o artrosis, etc); en el seguimiento de algunos padecimientos aún no "catalogados" las visitas suelen estar orientadas a su clarificación (ej. el paciente con astenia al que se le han solicitado unos análisis y acude a por su resultado). En las visitas de carácter preventivo, como pueden ser las de reconocimiento del niño sano, las vacunaciones, el estudio de factores de riesgo cardiovascular, el cribado de algunos tumores, el consejo para el abandono de hábitos tóxicos, la detección de problemas sensoriales en el anciano, etc la razón de consulta es clara y no hay en principio "problema" que identificar. Aún así, en toda consulta (en función de los aspectos organizativos de la misma) debemos estar predispuestos a identificar los problemas que puedan afectar al paciente, al igual que debemos estarlo para ofertar o realizar los cuidados anticipatorios que puedan ser aconsejables en cada individuo en particular.

Relación del paciente con su problema
Además de la identificación del "núcleo del problema", dependiendo de la importancia del mismo y su repercusión sobre el individuo, hemos de identificar algunos cuestiones relativas a la relación del paciente con el problema que le afecta, explorando los siguientes aspectos:

- Creencias del paciente respecto a lo que le ocurre (¿qué piensa usted de lo que le pasa, de sus molestias o síntomas?, ¿qué conocimientos, tiene respecto a su enfermedad?, ¿a que cree que se debe su problema?, ¿como piensa que puede solucionarse?).

- Preocupaciones sobre lo que le puede pasar (¿qué le preocupa respecto a su enfermedad, sintomatología o problema?, ¿qué temores o miedos tiene en relación al futuro?, ¿qué dificultades va a tener para realizar sus actividades?, ¿qué proyectos se van a ver interrumpidos?). En general serán expresión del temor al sufrimiento, al deterioro personal, a la pérdida de autonomía y de relaciones, a ser una carga para los demás, a la muerte. Este aspecto, que es necesario abordar frecuentemente, es uno de los que en algunos pacientes, con el tiempo, más puede desesperar al médico, especialmente en aquellas personas que a lo largo de los años no hacen más que manifestar temores, habitualmente infundados, de forma constante y repetida ("a ver sí..."), y que a pesar de aclararlos, dejar que se expresen e intentar canalizarlos se repiten periódicamente de forma constante casi sin cambios (Ej, el paciente con cefaleas estudiadas en varias ocasiones y que casi cada año o menos quiere que le hagan un escáner para descartar un tumor, el paciente con lumbalgias de repetición que pretende un día sí y otro también que le hagan una radiografía e incluso una resonancia, etc). En algunos casos, toda la preocupación es aliviada por la realización de una prueba complementaria (análisis, radiografía, ECG, etc) y no por nuestras explicaciones. En estos pacientes, no es infrecuente que la tranquilización sólo sea pasajera, reproduciéndose de forma recidivante la situación (tal podría ser el caso de la persona que se encuentra cansada y aunque no observemos nada relevante, sólo se queda tranquila con un hemograma que descarte la presencia de una anemia). Para aliviar o relativizar un poco estas preocupaciones infundadas, yo suelo decirles a mis pacientes que el riesgo de que les pase algo grave es superior en el trayecto que tienen que recorrer hasta realizarse una prueba o acudir al especialista, por sufrir un accidente, que lo que creo les podría pasar por la evolución de su padecimiento por el que tanto se preocupan. Pero con los comentarios respecto a la desdramatización de lo que les preocupa, siempre corremos el riesgo de que realmente tengan una mala evolución, por lo que hay que hacerlo con respeto y con el ánimo de quitar temores, no de ridiculizar sentimientos. A veces cuando a una persona le decimos que no se preocupe por su dispepsia, nos puede decir "si, eso es lo que le dijeron a una vecina de mi cuñada y al final lo que tenía era un cáncer". A algunos pacientes es realmente difícil tranquilizarles y tendremos que resignarnos a atenderles con sus preocupaciones sin límites.

- Expectativas que tiene en relación a su problema (¿cómo espera ser atendido?", ¿cuál piensa que va a ser su evolución?, ¿cómo va a repercutir en su vida?).

- Soluciones intentadas para resolverlo o aliviarlo (¿qué ha hecho para afrontar el problema, para solucionarlo o paliarlo?, ¿ha tomado ya alguna medicina?, ¿ha sido visto por este motivo previamente?)

Relación e influencia con el contexto social
Por último, en los casos en que pueda estar indicado, hay que valorar la relación entre el problema del paciente y su contexto social. Debemos identificar como influyen y cómo van a verse afectadas:

- Las relaciones sociales del paciente, cómo éstas influyen en la evolución de la enfermedad y cómo la enfermedad influye en las relaciones sociales.

- Los acontecimientos vitales. Con frecuencia la preocupación de los pacientes tienen que ver con la posible dificultad para asistir o atender diversos acontecimientos importantes en su vida como pueden ser celebraciones familiares, eventos más o menos importantes, etc.

- La vida cotidiana. Es importante preguntar a los pacientes como afecta su padecimiento a su vida cotidiana, en que medida influye en el desarrollo de sus actividades habituales.

En relación a la identificación del problema no es conveniente hacer diagnósticos de presunción prematuros (a veces nada más oír uno de los síntomas del paciente decimos "lo que tiene es un catarro", "sus molestias se deben a la artrosis", "eso es por las cervicales"), ni dar seguridades tempranas respecto a la evolución del problema, a menudo con la buena intención de no preocupar al paciente ("Ya verá como ese bulto en el pecho no es nada", "Seguro que en un par de días con este tratamiento se va a encontrar mucho mejor", "Ese dolor no puede ser del corazón, sería muy distinto", etc). En ocasiones es el propio paciente el que ya viene diciendo lo que le pasa, con el diagnóstico hecho, pero antes de confirmarlo o descartarlo normalmente debemos seguir unos pasos.

Para identificar el problema del paciente, además de la anamnesis a menudo es necesario realizar una exploración física.

Exploración física
Hasta ahora, nos hemos centrado principalmente en la anamnesis, en la comunicación verbal con el paciente. A través de ella normalmente realizamos una orientación diagnóstica que con frecuencia precisa de la realización de algunas actividades para su confirmación. Entre estas actividades, la más frecuente es la exploración física del paciente. Antes de pasar a ella es conveniente preguntar si existe algún otro problema que nos quiera contar, para evitar el tan molesto "ya que ..." ("ya que estoy aquí", "ya que me está mirando esto o aquello", "ahora que me acuerdo", "ah, de paso míreme o hágame tal o cual cosa", o lo que es peor aún o al menos a mi me sienta bastante mal, una vez que por ejemplo hemos mirado los ojos a un paciente porque le molestan y nos hemos sentado nos dice "y esta rodilla qué le parece" y nos volvemos a levantar a explorársela, y después de volvernos a sentar nos dice "ah¡, si no le importa, me puede mirar este pie, que no sé si tengo un callo o qué"). Cuando nos levantemos para explorar a un paciente deberíamos saber más o menos que es todo lo que le debemos explorar.


En muchos casos la exploración no conlleva ningún problema pero es conveniente seguir una serie de consejos (Tabla VI):

- Explicar lo que se va a hacer y por qué.
- Decir si le va a causar alguna molestia y de qué tipo.
- Indicarle cómo se debe preparar (qué ropa quitarse, cómo colocarse, dónde se le va a mirar, si tiene que tumbarse en la camilla o no, etc).
- Respetar el pudor del paciente, siendo cautos especialmente con su desnudez y con la exploración de las zonas genitales y anales. A veces debemos dejar para otra ocasión la exploración del paciente si percibimos que "no viene preparado" (psicológicamente o lo que es más frecuente, en el aspecto físico, sobre todo por falta de aseo, que puede llegar a incomodar mucho al paciente... y al médico).

Un tema que a veces es cuestionable es el de las exploraciones "de complacencia", refiriéndonos a aquella que realizamos, no por considerarlas necesarias sino porque creemos que el paciente espera que se le realicen o pensando que se sentirá más satisfecho. ¿Cuántas veces auscultamos a un paciente con infección respiratoria alta sabiendo que no vamos a encontrar nada anómalo, (e incluso sin prestar ninguna atención), o tomamos la tensión ante los motivos de consulta más anodinos, o palpamos el cuello por molestias inespecíficas de esa zona, no esperando encontrar nada? Posiblemente, además de pretender la mayor satisfacción del paciente y de la realización de un ritual que tenemos más o menos establecido ante los distintos motivos de consulta, seamos conscientes de que la observación y/o palpación del paciente supone una forma de aproximarnos a él, de tener un mayor contacto físico, que normalmente es bien valorado. Si hay algo que les siente mal a muchos de los que nos consultan es la sensación de que "ni se les ha mirado" (a pesar de que hayamos sido capaces de hacer un buen diagnóstico sólo por la anamnesis y hayamos adoptado correctamente las medidas oportunas).

Al final de esta fase, deben haberse explorado principalmente el núcleo del problema, los factores asociados, las ideas del paciente, sus preocupaciones, expectativas y repercusiones y si es posible aprovechar para atender otros problemas que precisen de seguimiento, atender a los factores de riesgo y favorecer la participación del paciente en todo el proceso. Asimismo, si se puede, es aconsejable interesarnos, en alguna medida, por otros problemas que le estén afectando al individuo o sus allegados (d esde "¿cómo van las obras de su nueva casa?" ó "¿qué tal está su nieto de la gastroenteritis"?) o por temas más o menos intrascendentes que muestran un interés por él y lo que le rodea. Muchos de nosotros tenemos la percepción positiva de que no sólo es bueno interesarse por otros aspectos de la vida de nuestros pacientes, sino que incluso en ocasiones es bueno desviar la atención hacia cuestiones no relacionadas con sus quejas y padecimientos (el otro día fui a ver a una mujer muy quejosa a su casa, por problemas osteoarticulares, y a partir de un comentario que hice sobre lo bonitos que tenía los tiestos, la visita se convirtió en un encuentro agradable en el que hablamos de cosas más interesantes que sus interminables quejas, ya valoradas en múltiples ocasiones).

Las fases relatadas anteriormente pueden desarrollarse en una sola visita o en varias, dependiendo principalmente del problema, las características del paciente, su posibilidad de que nos visitemos con más o menos facilidad y las características organizativas de la consulta. Frecuentemente se aborda el núcleo del problema en la primera consulta y según la importancia del mismo y su evolución se adentra uno en las vivencias, repercusiones, etc. en sucesivas encuentros. En muchas de las consultas difícilmente podría entenderse por parte de los profesionales ni de los pacientes que se abordaran en profundidad estos últimos aspectos (ej, en consultas menores por una conjuntivitis, un catarro de vías altas, una alteración digestiva pasajera, un dolor osteomuscular de corta duración, etc).

A nuestras consultas no sólo acude gente con problemas en busca de soluciones, sino que a veces supone un entretenimiento. Lo observamos, por ejemplo, cuando a un paciente que acude a por una receta le decimos que si le hacemos ya otra que está tomando también y nos dice que no, que así viene pasado mañana y se da un paseo y se distrae... Todos tenemos pacientes a los que parece que les gusta de forma especial acudir a la consulta o al centro de salud, actividad que se ha convertido en un hábito para ellos, siendo frecuentemente único lugar en el que establecen relaciones directas con otras personas.




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