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PROGRAMA ANUAL
2002-2003
DE FORMACIÓN CONTINUADA ACREDITADA
PARA MÉDICOS DE ATENCIÓN PRIMARIA

 

 

  

Atención al final de la vidad y a la muerte

Psicopatología de la muerte

Introducción
La práctica médica es la suma de todas las decisiones en el orden científico y técnico pero permanentemente condicionadas por el orden moral y ético incluso en ocasiones, económico. Aunque son condicionantes generales de todo ejercicio médico, en el sector profesional del médico general y de familia, donde tienen una relevancia especial ya no sólo por la cantidad e importancia de decisiones y consejos sobre los que cada día es preciso realizar, sino por la gran incertidumbre o falta de certeza que a menudo envuelve a las mismas, a pesar de lo cual no es posible esperar.

El objetivo fundamental es alcanzar el mayor beneficio y bienestar del paciente y en consecuencia a la evidencia científica de los hechos e información objetivable, es preciso combinarlos con los valores que el profesional otorga a la decisión y antes que él, los valores sobre los que decide el paciente, aunque éste a menudo lo hace en relación a los que le presenta el médico. Las decisiones en la practica médica, mecánicas, estandarizadas, tomadas en función exclusiva de lo objetivable de lo medible o reproducible, sin tener en cuenta sentimientos y valores, son escasas cuando se trabaja con el enfermo. Pero los valores como pena, aflicción, tristeza, sufrimiento, no se miden, se estiman, pero además es preciso considerar su importancia para cada paciente.
El mundo médico actual no puede estar basado solamente en la evidencia científica, para la cual la información que no pueda ser soportada en cifras no existe. El médico no puede olvidar que actúa sobre seres humanos con derechos y sentimientos que no tienen cifras de referencia o rango de normalidad y para los cuales debe tener presente que la Medicina además de técnica también es moral.

Ocurre que la Medicina y los avances sociales han logrado retrasar la muerte, se prolonga la vida, con el consiguiente incremento del número de personas con enfermedades crónicas e incurables, pero también y a la par, se alarga la fase final de la misma, se prolonga, incluso en ocasiones de forma interminable la agonía. Son muchas las enfermedades que pueden causar sufrimiento al final de la vida. Sólo el cáncer origina en España 90.000 muertes/año. La población mayor de 65 años constituye en la actualidad el 16 por ciento de la población, probablemente llegará en el 2020 a constituir el 20 por ciento de la población.
Las llamadas sanitarias de atención en este sentido no son de ahora, pero además la población anciana no está distribuida homogéneamente, siendo el envejecimiento del medio rural mucho mas llamativo, incluso duplica o triplica al de la ciudad. Esto tiene mucha importancia y debe considerarse a la hora de planificar y distribuir los recursos sanitarios puesto que además un 10 por ciento sufre trastornos del tipo demencia, también un 10 por ciento de esa población presenta enfermedades crónicas evolutivas asociadas, como degeneración osteoarticular y cardiopatías. Pero llama la atención por las consecuencias familiares y necesidades sociosanitarias que origina, que entre el 30-40 por ciento tiene algún tipo de dificultad o limitación, más acusadas en el grupo de más edad que es precisamente el que asume el medio rural. Fruto de lo cual, cada día es más frecuente que los ancianos vivan y mueran solos, o encontrar familias ahogadas al tener dentro de ellas mas miembros incapacitados que precisan apoyo o en estado terminal, que las personas con capacidad para atenderlos.

Ante este hecho hay dos tipos de reacciones opuestas. La primera de júbilo ante lo que se puede considerar parcelas ganadas a la muerte. La segunda de desesperación cuando un ser próximo o querido sufre inútilmente, o cuando los pacientes afirman "no tener miedo a morir, a estar muerto, sino a lo que le ocurra antes de morir". Todo lo cual además se añade al alejamiento de nuestra sociedad respecto a la idea de muerte. Su idea produce un miedo-pánico y el único consuelo es pensar que algún día pueda ser evitable.

Como consecuencia de lo anterior se producen respuestas sociales propias de la desesperación, que se añaden a los profundos cambios económicos, de relación y valores, que afectan a la familia y a aquella concepción tradicional de la misma que la convertía en colchón amortiguador de cualquier tensión o necesidad de sus miembros y especialmente en el cuidado de los ancianos.

Nuestra sociedad no considera a la muerte como parte de la vida misma. El problema no es la muerte, sino la actitud frente a ella, el rechazo de la misma y las consecuencias para la vida, que sólo es una y limitada. Las claves no están en lo inevitable, sino en su rechazo y las consecuencias del mismo para la vida, con las desviaciones que en ella genera. "Nuestra inteligencia, tan atrevida, tan activa, apenas se ha ocupado de la muerte" (Metchnicoff), probablemente porque reconocemos inmediatamente el fracaso tras el intento. Sin embargo, a pesar de haberla olvidado demasiado, ha querido, de vez en cuando, mirarla de frente, en lugar de intentar rodearla con astucia.

La mejor manera de afrontarla será desmantelar las pasiones y mitos creados ante ella, pues son condicionantes duros, no provocados por la propia muerte, sino por el hombre que la interpreta mal, que no la acepta a pesar de saber que es inevitable. Luego no deberíamos hablar de psicosociología de la muerte, porque no es tal, aunque todos entendamos lo que queremos decir, sino de psicosociología de la vida mediatizada por algo que es inevitable.
Es necesario relativizar la muerte si se quiere salir de todo lo patético que la envuelve y ayudar en lo posible al hombre que va a morir, en la vida que tiene que vivir, informando a la población de las soluciones metafísicas, que se crearon para darle salida momentánea. En cualquier caso, toda solución tiene que ser compatible con el respeto a las creencias.

La negación de Ayuda

El cuidado del individuo incluye una sola estrategia: mejorar su calidad de vida y prevenir, evitar y reducir el sufrimiento en general, tanto físico como psicológico cuando sobrevenga. Sin olvidar que la sociedad en su huída permanente de la muerte y ante su impotencia, busca culpables y con frecuencia creciente, asocia la muerte con el fracaso de la medicina, a la que demanda responsabilidades a menudo desproporcionadas.
Muchos ancianos mueren tras un largo tiempo de enfermedad crónica o incurable. Viven y mueren solos o sin el apoyo necesario. ¡No hay nada que hacer! ¡No tengo nada que hacerle! ¡Pero no pidieron el alta voluntaria! ¿Pero que quiere con lo bien que está para la edad que tiene? Son comentarios frecuentes en el entorno familiar y social e incluso médico, con los que se responde al dolor, desconsuelo o desesperanza del paciente terminal. Lejos de ofrecerle consuelo, multiplica sus sentimientos de inutilidad, incapacidad, dependencia y en consecuencia, empeora su estado. La esperanza es energía para vivir, por el contrario el desprecio, la falta de cariño, la marginalidad, la desesperanza constituyen una muerte anticipada.
El paciente puede creer y desear libremente lo que quiera. Los profesionales sanitarios estamos obligados a respetar las creencias y favorecer, tras la información oportuna y adecuada, la realización de sus deseos (Lourdes-Peregrino). Entrevista y comunicación son instrumentos fundamentales del médico general y de familia para el manejo del enfermo y de su familia, así como para paliar los efectos de una situación para la que la mayoría no esta preparada.

El horror a la muerte

El hombre quiere trascender a la muerte porque su inteligencia no le ha permitido superar la constatación de la levedad de su existencia, que no quiere aceptar como tal. El hombre en un momento de su evolución recibe las "credenciales" de científico, racional, evidente, creador y pasa una barrera, que él cree, le diferencia del resto de la naturaleza, cuando lo que realmente ocurre es que se convierte en el "útil de la misma". Según Deffontaines, en su "Géographie des relations", la geografía humana más específica es aquella que identifica las prácticas religiosas con los muertos a través de toda la historia de la humanidad, puesto que donde hay sepulturas hay pueblos. Hay un paralelismo íntimo entre el "útil de la humanidad", el hombre y la sepultura. El primer testimonio de la vida humana lo da su muerte con la sepultura.
Sin embargo, el hombre que tanto avanza sobre las leyes de la naturaleza y de la materia, no lo ha hecho contra la muerte ni ha variado sustancialmente su concepción sobre el mundo fantástico de los muertos y del más allá, que aún, de forma idéntica o similar, según culturas se representa con la "sepultura". No hay grupo humano, por arcaico que sea, que abandone a sus muertos. Todos de una manera u otra se los confían a alguien, a un ser superior a quien conceden el privilegio de la eternidad, de quien a su vez reciben el privilegio de la inmortalidad. Este privilegio no se concede a otros seres de la naturaleza de los que el hombre quiere distinguirse. Sólo a aquéllos que de alguna manera pudieran serle necesarios en su inmortalidad. Así el hombre se hace acompañar de útiles para su inmortalidad según su propia contemplación de la vida, cuando el útil de la humanidad es el mismo.
La necesidad de creer en la inmortalidad es universal, con una creencia en la prolongación de la vida, por un período indefinido, no precisamente eterno. La eternidad es indefinida por delante y por detrás de la propia constatación. Esta diferencia se crea para atribuirla a Dios, quien por otra parte otorga esa posibilidad al hombre.

Las actuaciones en torno a la muerte

Lo único que determina una conciencia realista de la muerte es que al muerto se le trata como un vivo especial: se le transporta, se le viste con las mejores galas, se le implora, se le entierra, se le quema, se le recuerda periódicamente en fecha señalada par evitar el olvido. Las manifestaciones de dolor en ciertos funerales están dedicadas a demostrar al muerto el dolor de los vivos, con el fin de asegurarse su ayuda desde el mas allá. Hoy día se realizan gestos de dolor simulado, responden a emociones dudosas, ante el debilitamiento de los rituales. Se habla de "en la intimidad", se despide el duelo en la puerta de la iglesia o del tanatorio, donde se traslada la última casa del muerto con todo tipo de detalles.

Se invierten cantidades importantes de dinero como si de una ofrenda se tratara, ante lo que la sociedad no se revela, y si lo haría con otros costes necesarios e insignificantes. Es una manera de evitar ceremonias poco sentidas, o con menor intensidad de lo que cabría esperar, a la vez que se realiza el esfuerzo económico proporcional que se puede realizar.

Las celebraciones en torno a la muerte son lo que aterroriza mas que la muerte misma y está provocada por el terror a la propia muerte. El ensañamiento terapéutico, el alargamiento de la contabilidad vital de los pacientes que no viven, alargándoles la muerte, la manipulación interesada de la defensa del "vivo muerto" para obtener pingües beneficios, cuando en vida quizás no tuviera recursos para sobrevivir. Es todo un engranaje cultural y en ocasiones patético.

Huida y negación
de la muerte en la medicina actual


La muerte siempre tiene algo de inesperada, de pesadilla, provoca en el entorno en el que se produce, respuestas de inadaptación, paraliza, desconcierta, "no sabe que decir", "que hacer", como comportarse ante la realidad de la muerte cuando es evidente. Algo similar dependiendo de situaciones, en mayor o menor grado, le ocurre al médico. Tiende a evitar al moribundo, la constatación de la muerte, el abordaje de los problemas que origina tanto al enfermo como a su familia, Se vive como un fracaso, incluso se retrasa hablar de la misma o se participa en su ocultación.



La esfera afectiva no es objeto de estudio ni de atención expresa en buena parte de la práctica médica actual. En el caso del duelo, el interés del profesional por los sentimientos y sensaciones que produce son escasos. La Medicina es una profesión cada vez mas intervenida por la tecnología, la burocracia y donde se relaciona la muerte, con al fracaso de la medicina, en consecuencia se huye de ella. No hay preocupación por las respuestas que provoca la muerte en el entorno donde se produce.

Es obvio justificar el papel primordial del primer nivel asistencial en el apoyo al doliente tanto por la información de que dispone, la accesibilidad, la continuidad, la proximidad de sistema de información de cada comunidad (rurales), el conocimiento de los resortes afectivos que lo condicionan, propios de cada subcultura comunitaria, y aquellos del paciente a quien el profesional con frecuencia conoce mejor.




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