Trastornos del humor: Las depresiones
Introducción
Los médicos que ejercemos diariamente como médicos generales
hemos asistido a una curiosa transformación de la mentalidad
social dentro de nuestras consultas. Así como no hace muchos
años, al efectuar un diagnóstico de patología psiquiátrica
percibíamos en el paciente y su familia la intranquilidad y preocupación
lógicas por el futuro desarrollo del proceso, actualmente ciertos
pacientes parecen "quedar contentos", casi "presumir",
cuando el médico efectúa un diagnóstico como el
de depresión.
No es infrecuente que el paciente, preferentemente joven, pero no en
exclusiva, acuda a nuestra consulta manifestando explícitamente
y de entrada "estoy depre", o frases similares, con la esperanza
además, de que se confirme su autodiagnóstico de depresión.
La gran mayoría de esos casos no son verdaderamente pacientes
afectos de una depresión real. La familiarización y excesiva
vulgarización de los temas psiquiátricos llevan a confundir
las oscilaciones "comprensibles" del humor, secundarias a
acontecimientos vitales, con la depresión, y a buscar, equivocadamente,
en la ayuda médica, soluciones a problemáticas sociales
y afectivas de la vida cotidiana que no deben ser medicalizadas.
La misma transformación hemos podido observar, sobre todo en
mujeres jóvenes, cuando decidida su derivación al Psiquiatra
hacen casi exhibición pública de que están siendo
tratadas por un psiquiatra, hecho que no hace muchos años, también
absurdamente, se ocultaba.
A veces, problemas sociales como la desmotivación del trabajador,
el paro, o la inseguridad laboral, parecen empujar al individuo a la
búsqueda de soluciones definitivas a su problemática,
a través de la certificación del padecimiento de patologías
psiquiátricas crónicas. A ello se une que la difícil
objetivación de estas patologías parece conllevar cierta
permisividad en bajas laborales prolongadas, etc.
Frecuentemente, los progresos terapéuticos, indudables, pero
aireados en exceso por la prensa cotidiana, inducen al deseo de la modificación
de las expectativas individuales, a través de "la pastilla
mágica". Vivimos en una sociedad con rasgos marcadamente
hedonistas, en la que la búsqueda de la felicidad es la norma.
Hay que recordar, que no se debe medicalizar lo que no es medicalizable,
y que sigue siendo dogma en Medicina que lo que no es necesario está
formalmente contraindicado.
Se impone la necesidad de distinguir entre "estar deprimido",
sensación subjetiva ante variaciones normales del humor, y enfermedad
depresiva, conjunto de síntomas susceptibles de tratamiento médico.
Hay que recordar el denominado efecto iceberg de la depresión.
Según éste, se calcula que más de la mitad de los
pacientes con depresión no acudirán al médico.
De los que acuden, sólo a la mitad se les diagnosticará
su depresión. De los que se le diagnóstica, a sólo
la mitad de ellos se les prescribirá un tratamiento. De ellos,
sólo la mitad lo cumplirán. Y de los que lo cumplen, solamente
en torno al 70 por ciento responderán adecuadamente. De ello
se deriva, que tan sólo entre un 10 y un 20 por ciento de los
pacientes con depresión recibirán el tratamiento adecuado.
Dicho de otro modo, son pocos los pacientes deprimidos que se diagnostican
y reciben el tratamiento necesario. Esto sucede con mayor frecuencia
en los ancianos, por la tendencia errónea a pensar que la vejez
es una época de tristeza y amargura, que no pueden ser ayudados
en esa situación y la dificultad, por embarazosa, de consultar
al médico por tristeza. La mayor prevalencia y tasa de suicidios
en este grupo de población les convierte en un grupo de alto
riesgo.
Dato a tener en cuenta es que la depresión afecta al funcionamiento
global de la persona, tanto o más que otras enfermedades médicas,
como la diabetes, las enfermedades cardiovasculares y otras.
Por otra parte, el médico debe ser consciente de que no todos
los pacientes que a él acuden lo hacen deseando su rápida
curación. La posible ganancia secundaria por la enfermedad debe
ser tenida en cuenta. Piénsese que el estar "oficialmente
enfermo" puede conllevar ventajas adicionales, como exención
de responsabilidades, comprensión y permisividad de pautas de
comportamiento no idóneas, elusión de deberes sociales
y familiares, obtención de bajas laborales, aumento de cuidados
y afectos, etc.
Lo fundamental de estos trastornos es una alteración del humor,
(afectividad), que suele acompañarse de la alteración
del nivel general de actividad (vitalidad). El resto de los síntomas
son secundarios a esas alteraciones o comprensibles en su contexto.
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