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PROGRAMA ANUAL
2002-2003
DE FORMACIÓN CONTINUADA ACREDITADA
PARA MÉDICOS DE ATENCIÓN PRIMARIA

 

 

  

Trastornos del humor: Las depresiones

Introducción


Los médicos que ejercemos diariamente como médicos generales hemos asistido a una curiosa transformación de la mentalidad social dentro de nuestras consultas. Así como no hace muchos años, al efectuar un diagnóstico de patología psiquiátrica percibíamos en el paciente y su familia la intranquilidad y preocupación lógicas por el futuro desarrollo del proceso, actualmente ciertos pacientes parecen "quedar contentos", casi "presumir", cuando el médico efectúa un diagnóstico como el de depresión.

No es infrecuente que el paciente, preferentemente joven, pero no en exclusiva, acuda a nuestra consulta manifestando explícitamente y de entrada "estoy depre", o frases similares, con la esperanza además, de que se confirme su autodiagnóstico de depresión. La gran mayoría de esos casos no son verdaderamente pacientes afectos de una depresión real. La familiarización y excesiva vulgarización de los temas psiquiátricos llevan a confundir las oscilaciones "comprensibles" del humor, secundarias a acontecimientos vitales, con la depresión, y a buscar, equivocadamente, en la ayuda médica, soluciones a problemáticas sociales y afectivas de la vida cotidiana que no deben ser medicalizadas.

La misma transformación hemos podido observar, sobre todo en mujeres jóvenes, cuando decidida su derivación al Psiquiatra hacen casi exhibición pública de que están siendo tratadas por un psiquiatra, hecho que no hace muchos años, también absurdamente, se ocultaba.

A veces, problemas sociales como la desmotivación del trabajador, el paro, o la inseguridad laboral, parecen empujar al individuo a la búsqueda de soluciones definitivas a su problemática, a través de la certificación del padecimiento de patologías psiquiátricas crónicas. A ello se une que la difícil objetivación de estas patologías parece conllevar cierta permisividad en bajas laborales prolongadas, etc.

Frecuentemente, los progresos terapéuticos, indudables, pero aireados en exceso por la prensa cotidiana, inducen al deseo de la modificación de las expectativas individuales, a través de "la pastilla mágica". Vivimos en una sociedad con rasgos marcadamente hedonistas, en la que la búsqueda de la felicidad es la norma. Hay que recordar, que no se debe medicalizar lo que no es medicalizable, y que sigue siendo dogma en Medicina que lo que no es necesario está formalmente contraindicado.

Se impone la necesidad de distinguir entre "estar deprimido", sensación subjetiva ante variaciones normales del humor, y enfermedad depresiva, conjunto de síntomas susceptibles de tratamiento médico.

Hay que recordar el denominado efecto iceberg de la depresión. Según éste, se calcula que más de la mitad de los pacientes con depresión no acudirán al médico. De los que acuden, sólo a la mitad se les diagnosticará su depresión. De los que se le diagnóstica, a sólo la mitad de ellos se les prescribirá un tratamiento. De ellos, sólo la mitad lo cumplirán. Y de los que lo cumplen, solamente en torno al 70 por ciento responderán adecuadamente. De ello se deriva, que tan sólo entre un 10 y un 20 por ciento de los pacientes con depresión recibirán el tratamiento adecuado.

Dicho de otro modo, son pocos los pacientes deprimidos que se diagnostican y reciben el tratamiento necesario. Esto sucede con mayor frecuencia en los ancianos, por la tendencia errónea a pensar que la vejez es una época de tristeza y amargura, que no pueden ser ayudados en esa situación y la dificultad, por embarazosa, de consultar al médico por tristeza. La mayor prevalencia y tasa de suicidios en este grupo de población les convierte en un grupo de alto riesgo.

Dato a tener en cuenta es que la depresión afecta al funcionamiento global de la persona, tanto o más que otras enfermedades médicas, como la diabetes, las enfermedades cardiovasculares y otras.

Por otra parte, el médico debe ser consciente de que no todos los pacientes que a él acuden lo hacen deseando su rápida curación. La posible ganancia secundaria por la enfermedad debe ser tenida en cuenta. Piénsese que el estar "oficialmente enfermo" puede conllevar ventajas adicionales, como exención de responsabilidades, comprensión y permisividad de pautas de comportamiento no idóneas, elusión de deberes sociales y familiares, obtención de bajas laborales, aumento de cuidados y afectos, etc.

Lo fundamental de estos trastornos es una alteración del humor, (afectividad), que suele acompañarse de la alteración del nivel general de actividad (vitalidad). El resto de los síntomas son secundarios a esas alteraciones o comprensibles en su contexto.



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