Ansiedad en Atención Primaria
Trastorno
por angustia
El trastorno de angustia
o de pánico es una entidad frecuente que precisa a menudo la
intervención del médico general. Aproximadamente el 1,5
por ciento de la población general satisface los criterios para
el diagnóstico de este trastorno; no obstante, la prevalencia
sería mayor (3-5 por ciento de la población general) si
incluyésemos a los pacientes que presentan crisis de angustia
repetidas con una frecuencia inferior a la exigida para el diagnóstico
de trastorno de angustia. Hay que tener en cuenta, además, que
quienes padecen este trastorno suelen consultar inicialmente al médico
general o a especialistas diferentes del psiquiatra (cardiólogo,
por ejemplo) por la alarma que generan los síntomas físicos
que aparecen durante las crisis de angustia. También por este
motivo estos pacientes generan una fuerte demanda sanitaria, siete veces
superior a la del resto de la población. Por todo ello, es preciso
que el médico general mejore sus habilidades en la detección
y tratamiento de este trastorno.
MODELO
DE LLEGADA
Las crisis de angustia aparecen bruscamente y se acompañan de
síntomas físicos abundantes que producen gran alarma en
el paciente. A menudo, la primera consulta se dirige a un servicio de
urgencias. Con frecuencia, los pacientes consultan al médico
general convencidos de la existencia de un trastorno físico.
La consulta suele ser espontánea, por iniciativa del propio paciente.
No es habitual que el paciente considere en la misma que sus síntomas
se deben a un trastorno psíquico.
DEFINICIÓN
DEL CUADRO
Su característica esencial es la presencia de crisis recurrentes
de ansiedad grave (angustia o pánico), que no se limitan a ninguna
situación ambiental en particular; por tanto, son impredecibles.
Los síntomas predominantes varían de un caso a otro pero
es frecuente un comienzo brusco con palpitaciones, sensación
de asfixia, molestias precordiales, parestesias, mareo o vértigo.
Con menor frecuencia pueden aparecer vivencias de despersonalización
o desrealización. El paciente puede experimentar temor a perder
el control, morir o enloquecer. Habitualmente, se presentan varios síntomas
en una misma crisis, aunque existen también crisis monosintomáticas.
Las crisis de angustia suelen durar 5-30 minutos, raramente más.
El trastorno es más frecuente en la mujer y suele iniciarse entre
los 20 y 30 años. Su curso es variable y es frecuente la tendencia
a la cronicidad. Algunos pacientes desarrollan como complicación
dependencia del alcohol o de ansiolíticos. Casi en la mitad de
los casos se desarrolla agorafobia (miedo a encontrarse en lugares o
situaciones en los que el individuo considera difícil escapar).
Muchos pacientes presentan, además, trastornos depresivos asociados.
Las crisis de angustia (pánico) pueden presentarse en cualquier
momento y situación. Por ello, los pacientes suelen desarrollar
un estado de temor a su aparición (ansiedad anticipatoria).
Se considera que algunos factores pueden predisponer al desarrollo del
trastorno de angustia, especialmente la existencia de ansiedad de separación
en la infancia, así como la pérdida brusca de apoyos sociales
o la ruptura de relaciones interpersonales importantes. Se ha descrito
una alta incidencia de abusos sexuales en la infancia en los pacientes
con trastorno de pánico.
DIAGNÓSTICO
El trastorno de angustia supone una repetición de crisis de ansiedad
grave (angustia o pánico) que se consideran primarias, es decir,
que no son consecuencia de otras patologías subyacentes, Por
ello, para hablar de trastorno de pánico se debe establecer primero
el diagnóstico de crisis de angustia.
Se caracterizan por la presentación brusca de un estado intenso
de ansiedad que se manifiesta por varios síntomas; los más
característicos se reflejan en la Tabla IV. En una crisis aparecen
varios de estos síntomas, en número variable, aunque se
suele estimar que deben estar presentes, al menos, tres de ellos para
realizar el diagnóstico con seguridad. El diagnóstico
de crisis de angustia debe basarse, además, en la certeza razonable
de que no son debidos a otras patologías (ver Diagnóstico
Diferencial). Si, por ejemplo, las crisis aparecen sólo tras
el consumo de cocaína, anfetaminas u otras sustancias tóxicas,
es obvio que sólo podremos hablar de crisis de angustia originadas
por el consumo de tales sustancias.

El diagnóstico de trastorno de angustia (pánico) se realiza
cuando estas crisis de angustia se repiten con frecuencia. La OMS recomienda
las siguientes pautas:
"Deben presentarse ataques graves de ansiedad vegetativa al menos
durante el periodo de un mes:
- En circunstancias en las que no hay peligro objetivo.
- No sólo en situaciones conocidas o previsibles.
- En el periodo entre crisis el individuo debe, además, estar
relativamente libre de ansiedad, aunque es frecuente la ansiedad anticipatoria
leve".
Diagnóstico
diferencial
El trastorno de angustia debe diferenciarse de otras muchas entidades
que pueden producir síntomas de ansiedad, en especial algunos
trastornos físicos o derivados del consumo de tóxicos.
Las patologías que pueden inducir estados de ansiedad son numerosas
y el diagnóstico debe centrarse inicialmente en las más
frecuentes, que hemos resumido en la Tabla V. Es especialmente importante
descartar la existencia de hipertiroidismo por ser el trastorno físico
que con mayor frecuencia conduce a diagnósticos erróneos.
Los episodios de hipoglucemia de cualquier etiología, la epilepsia
temporal y el feocromocitoma también deben incluirse en el diagnóstico
diferencial, que se basa, lógicamente, en la anamnesis, exploración
física y pruebas complementarias.

Existe una asociación frecuente entre prolapso de la válvula
mitral (PVM) y trastorno de pánico. El PVM está presente
en 30-50 por ciento de los pacientes con trastorno de angustia, frente
a una prevalencia en la población general del 5 por ciento. Sin
embargo, no está clara la implicación fisiopatológica
de este hallazgo, por lo que la presencia de PVM no invalida el diagnóstico
de trastorno de angustia.
También es importante tener en cuenta el diagnóstico diferencial
con los estados de ansiedad inducidos por el consumo agudo o crónico
de tóxicos. Cafeína, cocaína, anfetaminas y otros
psicoestimulantes pueden originar crisis de angustia. La abstinencia
de alcohol, benzodiacepinas de acción corta y otros ansiolíticos/
hipnóticos de eliminación rápida puede ser igualmente
responsable de episodios de ansiedad.
Es frecuente la coexistencia de trastorno de pánico y depresión
mayor. Si las crisis de ansiedad aparecen únicamente en el curso
de episodios depresivos, se debe realizar el diagnóstico de depresión
y considerar las crisis de angustia como un síntoma de dicho
trastorno. No obstante, en algunos pacientes las crisis de pánico
preceden a los episodios depresivos; entonces debe realizarse un diagnóstico
doble (trastorno de pánico que se complica posteriormente con
un trastorno depresivo).
Igualmente importante es el diagnóstico diferencial con los trastornos
fóbicos. En la fobia simple o específica la ansiedad aparece
en forma crítica, pero ocurre como consecuencia de la exposición
a un estímulo. En el trastorno de pánico las crisis no
se relacionan sistemáticamente con una situación concreta,
aunque tal relación puede darse en algún episodio. En
la fobia social pueden presentarse episodios intensos de angustia, que
ocurren por el miedo a hacer el ridículo o a ser enjuiciado en
situaciones sociales (por ejemplo, una fiesta). También en este
caso la relación entre la ansiedad y la situación social
que actúa como estímulo sirve como diferencia con el trastorno
de angustia.
Es especialmente frecuente la asociación entre trastorno de pánico
y agorafobia (un 30-50 por ciento de los pacientes con trastorno de
pánico la presenta). Se trata de un temor irracional a encontrarse
en lugares o situaciones de las que la persona cree que le resultará
difícil escapar o no podrá obtener ayuda si aparece un
episodio de ansiedad. En muchos casos, la agorafobia aparece como una
complicación evolutiva en pacientes con trastorno de pánico
que inicialmente no la presentan. Al realizar el diagnóstico
de trastorno de angustia conviene especificar si existe o no agorafobia.
Hay que considerar también que las crisis de ansiedad pueden
ser consecuencia de un trastorno de adaptación o de reacciones
de ansiedad ante situaciones externas.
CONDUCTA
DEL MÉDICO
GENERAL ANTE EL PACIENTE
CON ANGUSTIA
La primera e importante contribución del médico general
se refiere a la detección de los pacientes con trastorno de angustia,
que no suelen acudir inicialmente al psiquiatra; es mucho más
frecuente que soliciten ayuda en servicios de urgencia o en la consulta
del médico general. Para detectar la existencia de un trastorno
de angustia lo primero que hay que hacer es pensar en él ante
las múltiples consultas motivadas por los síntomas físicos
que lo acompañan.
Independientemente de que el médico general decida posteriormente
asumir el tratamiento o derivar al paciente al especialista, su papel
en la detección precoz del trastorno resulta clave.
El médico general también debe descartar la existencia
de patología física o secundaria al consumo de tóxicos.
Para ello indicará las pruebas complementarias que precise en
función del trastorno que sospeche; sin embargo, es importante
que, una vez realizadas las que considere oportunas, no continúe
con exploraciones innecesarias que sólo sirven para aumentar
la ansiedad e hipocondría de los pacientes o demorar injustificadamente
su tratamiento.
Los hallazgos "negativos" en las exploraciones realizadas
deben reconducirse positivamente. Por ejemplo, ante un ECG normal el
médico puede comentar al paciente: "Afortunadamente, las
pruebas indican que su corazón funciona bien". Por el contrario,
no es aconsejable decir: "Usted no tiene nada". Con ello despreciamos
el problema que nos plantea el paciente, quien puede sentirse rechazado.
Cuando el médico considera descartada la existencia de trastornos
físicos que puedan ser responsables de los síntomas de
ansiedad, debe explicar al paciente la naturaleza de su trastorno, teniendo
cuidado de no incurrir en descalificaciones. Los pacientes suelen manifestar
alivio cuando se les comunica que su problema no es un misterio para
el médico y que existe tratamiento para el mismo.
Diagnosticar que una persona padece un trastorno de angustia no equivale
a derivarle sistemáticamente al especialista. Los tratamientos
farmacológicos habituales, que exponemos a continuación,
son asumibles por el médico general en muchos casos. Si un tratamiento
no se muestra eficaz en 6 a 8 semanas, debe replantearse. Cuando se
obtenga la mejoría es importante evitar la suspensión
prematura del tratamiento, que sólo favorece que el trastorno
se haga crónico. El tratamiento farmacológico que se haya
mostrado eficaz debe mantenerse como mínimo seis meses desde
la remisión total de las crisis de angustia. La reducción
del tratamiento debe ser gradual y hay que vigilar la posibilidad de
recurrencia.
No obstante, si los tratamientos habituales no resultan eficaces, no
debemos dudar en derivar el paciente al especialista. La derivación
también es recomendable si hay comorbilidad importante. En particular,
cuando existe agorafobia, el tratamiento de elección es la combinación
de fármacos con terapia cognitiva y/o conductual; en estos casos
es preferible el manejo del cuadro por parte del psiquiatra.
TRATAMIENTO
FARMACOLÓGICO
En primer lugar hay que diferenciar entre el tratamiento sintomático
de las crisis de angustia y el tratamiento del trastorno de pánico
como tal.
Las crisis de angustia suelen ceder espontáneamente en 5-10 minutos.
A menudo se atribuye la mejoría a cualquier fármaco que
se haya administrado, cuando es posible que la remisión de las
crisis haya sido espontánea. No obstante, conviene administrar
benzodiacepinas tan pronto como se manifiesten los primeros síntomas
de una crisis (1-2 mg sublinguales de alprazolam o loracepam).
El tratamiento continuado pretende la supresión de las crisis
de pánico. En ello se han mostrado eficaces varios antidepresivos
(paroxetina, clomipramina, citalopram...) y algunas benzodiacepinas
(alprazolam y clonacepam). Los antidepresivos, como tratamiento de base,
presentan ventajas sobre las benzodiacepinas, ya que estas últimas
pueden producir dependencia con facilidad (especialmente en el caso
de alprazolam) e interfieren con actividades cotidianas, como la conducción
de automóviles. A menudo se combinan ambos tratamientos durante
las primeras semanas y se aprovecha así la rapidez de acción
de las benzodiacepinas que, si se retiran a las pocas semanas, no es
probable que hayan ocasionado dependencias. A largo plazo, se debe mantener
la administración de antidepresivos, que reducirán la
frecuencia de aparición de nuevas crisis de angustia y llegarán
a eliminarlas por completo en la mayoría de los pacientes.
Las benzodiacepinas, como grupo farmacológico, no tienen un efecto
"anti-pánico" como tal, es decir, que con su administración
continuada no se reduce la frecuencia de aparición de nuevas
crisis (excepto con clonacepam y alprazolam). Sin embargo, son útiles
sobre la ansiedad anticipatoria; cuando ésta es importante puede
ser recomendable asociar benzodiacepinas al tratamiento antidepresivo.
En tal caso, pueden emplearse benzodiacepinas de eliminación
prolongada (cloracepato, halacepam, ketazolam...) cuyo riesgo de generar
dependencia es bajo.



El empleo de alprazolam o clonacepam presenta como principal ventaja
frente a los antidepresivos una mayor rapidez en la supresión
de los síntomas, lo que hace que sean especialmente útiles
en el inicio del tratamiento (Tabla VI). Sin embargo, su riesgo de generar
dependencia es alto si se emplean durante el tiempo mínimo (seis
meses) que se considera necesario en este trastorno. Además,
a menudo se precisan dosis con las que suelen aparecer sedación
excesiva y miorrelajación. Ello interfiere significativamente
con actividades cotidianas, como la conducción de automóviles.
El tratamiento se inicia con dosis bajas, que deben incrementarse progresivamente.
Las dosis de mantenimiento habituales que se precisan para controlar
las crisis de angustia suelen ser de 3-4 mg diarios de alprazolam y
de 2-3 mg diarios de clonacepam. La supresión del tratamiento
debe realizarse gradualmente.
Los antidepresivos son el tratamiento más indicado a largo plazo
en el trastorno de angustia. A diferencia de las benzodiacepinas, no
suelen producir dependencia y la retirada del tratamiento es más
fácil (Tabla VII). Sin embargo, su efecto no es inmediato: existe
un periodo de latencia de 3-4 semanas. Por ello, durante las primeras
semanas de tratamiento conviene asociar alprazolam o clonacepam con
antidepresivos, lo que consigue un alivio rápido de los síntomas
(Tabla VIII). Transcurrido este periodo de latencia de los antidepresivos,
es preferible suspender gradualmente la administración de alprazolam
o clonacepam para evitar el desarrollo de dependencias.
Existen diferencias importantes entre los antidepresivos en cuanto a
su eficacia y tolerancia en el tratamiento del trastorno de pánico.
Muchos antidepresivos no han sido estudiados específicamente
en estos pacientes, otros no resultan eficaces y, entre los que sí
lo son, algunos (los IMAO) no resultan recomendables en Medicina General
por las dificultades que conlleva su empleo. Los antidepresivos que
han demostrado una eficacia clara en el tratamiento del trastorno de
angustia son los ISRS paroxetina, citalopram, fluvoxamina y sertralina,
y los tricíclicos imipramina y clomipramina. Los ISRS presentan
una tolerancia mejor que los tricíclicos, lo que se traduce en
un mejor cumplimiento y un menor porcentaje de abandonos.
Con el empleo de antidepresivos se consigue la supresión total
de las crisis de pánico en una proporción importante de
pacientes que varía según el antidepresivo utilizado.
Los mejores resultados se obtienen con el empleo de paroxetina, que
lleva a la eliminación total de las crisis de angustia en un
75-85 por ciento de los pacientes; con otros ISRS, como citalopram,
fluvoxamina y sertralina, los pacientes libres de crisis son el 50-60
por ciento. Clomipramina e imipramina consiguen la supresión
total de las crisis en un 50-75 por ciento de los pacientes.
Fluoxetina no resulta útil en este trastorno, ya que con ella
sólo se consigue la supresión de las crisis en un 20 por
ciento de los casos y, sin embargo, es frecuente que los pacientes manifiesten
un incremento de su ansiedad, especialmente durante las primeras semanas
de tratamiento. Esta exacerbación de la sintomatología
ansiosa también se observa con relativa frecuencia con sertralina,
algo menos probable cuando se emplea paroxetina o fluvoxamina. El aumento
de la ansiedad también es menos frecuente cuando el tratamiento
se inicia con dosis bajas de antidepresivos, que es la pauta recomendable
en estos pacientes (Tabla VIII).
Otra ventaja del empleo de antidepresivos en pacientes con trastorno
de angustia es que actúan sobre la depresión cuando el
paciente presenta ambos trastornos, lo que ocurre en un alto porcentaje
de casos. Sin embargo, las dosis eficaces en el trastorno de pánico
son a veces diferentes de las habituales en el tratamiento de la depresión.
Con cualquier antidepresivo conviene iniciar el tratamiento con dosis
bajas, pues se disminuye el riesgo de que se produzca una exacerbación
de la ansiedad.
Con paroxetina se recomienda inicialmente 10 mg diarios, dosis que ha
de mantenerse 7-10 días y aumentar posteriormente 10 mg/día
cada semana hasta alcanzar los 40 mg diarios. Aunque esta dosis suele
ser eficaz, pueden realizarse nuevos aumentos hasta los 60 mg diarios
si la respuesta no es satisfactoria.
La pauta con citalopram es muy similar: el tratamiento se inicia con
10 mg diarios, que pueden incrementarse gradualmente hasta 30 mg diarios.
Con este fármaco no suele haber mejores respuestas con dosis
superiores, por lo que se recomienda una dosis máxima de 30 mg
diarios en pacientes con trastorno de pánico.
Con imipramina y clomipramina conviene utilizar inicialmente dosis de
10-25 mg diarios y aumentar de forma progresiva. La dosis ideal está
menos definida con estos fármacos y varía entre 25 y 250
mg/día.
Con fluvoxamina se recomiendan dosis entre 100 y 250 mg/día.
Como resumen, conviene recordar que, para un abordaje ideal del trastorno
de angustia, es aconsejable combinar antidepresivos y benzodiacepinas
en las primeras semanas de tratamiento (Tabla VIII). Sin embargo, transcurridas
4-6 semanas, es conveniente reducir paulatinamente la dosis de alprazolam
o clonacepam para evitar el desarrollo de dependencias. Cuando exista
un nivel importante de ansiedad anticipatoria, se aconseja el empleo
de benzodiacepinas de eliminación prolongada, que presentan un
riesgo muy inferior de generar dependencia. El tratamiento con antidepresivos
debe mantenerse de 6 meses a 1 año y, si aparecen recaídas
al suspenderlo, hay que reinstaurar el tratamiento que se mostró
eficaz. Si no se consigue la eliminación de las crisis con los
tratamientos habituales que hemos expuesto (paroxetina, citalopram,
clomipramina...), se pueden probar otras opciones (clonidina, IMAO...),
pero en tales casos es preferible derivar el paciente al psiquiatra.
La derivación también es conveniente cuando exista comorbilidad
psiquiátrica importante o cuando sólo se aprecien mejorías
parciales con los tratamientos empleados.
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