Ansiedad en Atención
Primaria
Trastorno
de la ansiedad generalizada
La ansiedad es un
sentimiento vago y desagradable de temor que se acompaña de diversas
sensaciones corporales. Existe una ansiedad normal, ligada a las situaciones
que vivimos, que cumple una función adaptativa y prepara al individuo
para la ejecución de tareas o alerta frente a posibles amenazas.
Sin embargo, la ansiedad puede ser patológica cuando no se presenta
como respuesta proporcionada frente a un estímulo o si su intensidad
y duración exceden de los límites aceptables. En tales
condiciones pierde su función de adaptación y se convierte
en un problema para el individuo.
Precisamente, los pacientes con ansiedad generalizada presentan un estado
permanente de ansiedad, no relacionado con desencadenantes específicos,
y muestran una preocupación continuada por multitud de situaciones.
Este estado de "ansiedad libre flotante" es la característica
más llamativa del trastorno, a diferencia de la ansiedad crítica
del trastorno de angustia o de la ansiedad fóbica relacionada
con situaciones específicas. No obstante, hay que señalar
que la ansiedad generalizada no excluye la presencia de otras patologías:
es frecuente la coexistencia de otros estados de ansiedad o con trastornos
del estado de ánimo.
De hecho, es raro que el trastorno de ansiedad generalizada (TAG) se
presente aisladamente. Más del 80 por ciento de los pacientes
presenta en algún momento un estado depresivo y es también
habitual la presencia de fobias o crisis de angustia. Aunque los estudios
epidemiológicos han mostrado amplias variaciones en su prevalencia,
se acepta que la anual se encuentra en torno al 3 por ciento de la población
general y es más frecuente en la mujer. En comparación
con otros trastornos de ansiedad tiene una presentación relativamente
tardía: aparece a menudo a partir de los 35 años. Es más
frecuente en amas de casa, desempleados y personas con enfermedades
físicas crónicas.
MODELO
DE LLEGADA
Los pacientes con TAG suelen acudir al médico por voluntad propia.
A menudo, consultan por síntomas somáticos y creen tener
alguna patología física que los origina. Es frecuente
que manifiesten sus quejas de forma imprecisa.
DEFINICIÓN
DEL CUADRO
Su característica esencial es una ansiedad generalizada persistente,
que no se limita a ninguna circunstancia ambiental en particular. Aunque
puede aumentar en determinadas circunstancias, es típico que
permanezca en el tiempo en ausencia de situaciones conflictivas. Los
pacientes presentan un estado persistente de tensión motora,
hiperactividad neurovegetativa y aprensión.
El curso del trastorno es variable, pero tiende a ser crónico
y fluctuante. Las alteraciones del estado de ánimo son frecuentes.
A menudo se trata de oscilaciones que no llegan a cumplir los criterios
de episodio depresivo (labilidad afectiva). En otras ocasiones, el TAG
puede asociarse con trastornos depresivos bien definidos.
DIAGNÓSTICO
Se basa en la existencia de un estado mantenido de ansiedad, con síntomas
físicos asociados, que no se limita a situaciones específicas.
La OMS recomienda las siguientes pautas diagnósticas:
El afectado debe tener síntomas de ansiedad la mayor parte de
los días durante al menos varias semanas seguidas. Entre ellos
deben estar presentes rasgos de:
- Aprensión (preocupaciones acerca de calamidades venideras,
dificultades de concentración, "sentirse al límite").
- Tensión muscular (agitación o inquietud psicomotrices,
incapacidad de relajarse, cefaleas de tensión).
- Hiperactividad vegetativa (mareos, sudoración, taquicardia
o taquipnea, molestias epigástricas, vértigo, sequedad
de boca).
Aunque la OMS muestra cierta imprecisión en el tiempo necesario
de duración del trastorno ("al menos durante varias semanas
seguidas"), esto no llega a plantear problemas en la práctica
cotidiana, ya que los pacientes suelen manifestar que sus síntomas
están presentes de forma persistente durante meses o años.
La ausencia de crisis de angustia o ansiedad fóbica no es necesaria
para realizar el diagnóstico de TAG, ya que un mismo paciente
puede presentar al mismo tiempo varios trastornos de ansiedad. Del mismo
modo, es frecuente la asociación con estados depresivos.
Diagnóstico
diferencial
Debe hacerse sobre todo con:
- Trastornos de ansiedad secundarios a patologías físicas
(hipertiroidismo, cafeinismo, consumo de tóxicos...).
- Reacciones de adaptación con predominio de síntomas
de ansiedad. En este caso, resulta útil valorar la relación
existente entre la aparición de la sintomatología y las
circunstancias ambientales desencadenantes. Además, las reacciones
de adaptación suelen ser más recortadas en el tiempo y
es raro que la sintomatología perdure más de seis meses.
CONDUCTA
DEL MÉDICO GENERAL
El tratamiento del TAG incluye medidas farmacológicas y psicoterapéuticas.
La elección entre las distintas formas de abordaje psicoterapéutico
depende de las características del individuo. Para algunos pacientes
resulta recomendable limitarse a las medidas de apoyo o el empleo de
técnicas conductuales; otros, con mayor capacidad de introspección,
pueden beneficiarse de un abordaje cognitivo o psicodinámico.
La terapia cognitiva ha demostrado claramente su utilidad en este trastorno.
En cualquier caso, existen algunas medidas generales que el médico
debe adoptar. En primer lugar, hay que investigar la existencia de patología
física. Una vez descartada, el médico deberá explicar
al paciente la naturaleza de sus síntomas, con una actitud positiva.
Se debe decir al paciente que sabemos que sus síntomas son reales,
a pesar de que no existan trastornos físicos, y que tales síntomas
obedecen a la presencia de un trastorno de ansiedad, bien conocido por
la Medicina. Para una mejor comprensión por parte del paciente,
puede ser muy útil que el médico recurra al empleo de
ejemplos explicativos de cómo una emoción puede producir
síntomas físicos.
Del mismo modo, se pueden hacer recomendaciones sobre hábitos
generales de vida como, por ejemplo, reducir o eliminar el consumo de
sustancias con potencial ansiógeno, como el café. En muchos
casos resulta eficaz enseñar algún método sencillo
de relajación, especialmente en pacientes con gran tensión
motora.
La derivación al especialista es útil en muchos casos,
aunque no debe realizarse de forma sistemática. En general, se
benefician más de las psicoterapias especializadas los pacientes
que muestran una buena capacidad de introspección y manifiestan
una buena disposición ante la posibilidad de intentar reconocer
aspectos de su psiquismo en relación con el manejo de sus conflictos.
Como tratamiento farmacológico del TAG se han mostrado útiles
las benzodiacepinas, buspirona y antidepresivos. Aunque es un trastorno
crónico, existen variaciones temporales importantes en la intensidad
de los síntomas, lo que debe ser aprovechado para realizar interrupciones
ocasionales del tratamiento, especialmente si se emplean benzodiacepinas
cuyo riesgo de producir dependencias no puede ser despreciado.
Las benzodiacepinas se han mostrado eficaces en el 50 a 70 por ciento
de los pacientes con TAG; no existen diferencias entre ellas en relación
con su eficacia en este trastorno. Su acción es rápida
y la mejoría se aprecia desde los primeros días de tratamiento.
Entre sus inconvenientes hay que señalar la posibilidad de desarrollo
de dependencias, la sedación y la hipotonía. Especialmente
cuando son necesarias dosis elevadas, pueden afectar significativamente
la ejecución de determinadas actividades cotidianas, como la
conducción de automóviles o el manejo de maquinaria potencialmente
peligrosa. Para reducir al mínimo la posibilidad de dependencias
conviene emplear las menores dosis que se hayan mostrado eficaces y
elegir benzodiacepinas de eliminación lenta (cloracepato, ketazolam,
halacepam), al tiempo que evitar las que se asocian a una mayor probabilidad
de dependencia (alprazolam, loracepam).
La buspirona se ha mostrado eficaz en el 60-80 por ciento de los pacientes
con TAG. No presenta el efecto miorrelajante ni sedativo de las benzodiacepinas,
por lo que no interfiere en la realización de actividades cotidianas.
En cambio, su efecto ansiolítico no se aprecia hasta los 7-12
días de tratamiento, lo que resulta un inconveniente para muchos
pacientes. Es menos eficaz en quienes previamente han recibido benzodiacepinas.
La dosis habitual es de 15-30 mg diarios, divididos en tres tomas.
También se han mostrado eficaces varios antidepresivos (imipramina,
paroxetina, trazodona, venlafaxina). El inicio de acción es lento
(en torno a las dos semanas de administración), pero no presentan
el riesgo de dependencia asociado al empleo de benzodiacepinas. En algunos
estudios se han mostrado más eficaces que las benzodiacepinas
sobre los síntomas de ansiedad psíquica, sin diferencias
en los síntomas de ansiedad somática. Su eficacia se ha
demostrado en ausencia de depresión acompañante. Lógicamente,
cuando coexisten ambos trastornos, está especialmente indicada
la elección de antidepresivos como tratamiento. Habitualmente,
la mejoría se observa con dosis bajas (20 mg de paroxetina, 75
mg de imipramina o venlafaxina).
Actualmente se recomienda el empleo de antidepresivos como fármacos
de primera elección, ya que no presentan el riesgo de adicción
de las benzodiacepinas y varios de ellos son compatibles con la conducción
de automóviles. Además, son eficaces frente a los trastornos
depresivos que frecuentemente acompañan la evolución del
TAG, una característica que no poseen ni las benzodiacepinas
ni la buspirona.
Sea cual sea el tratamiento elegido, muchos pacientes presentan nuevos
síntomas meses después de la interrupción del mismo,
por lo que en muchos casos su duración es larga. No obstante,
es recomendable suspenderlo temporalmente en los periodos de remisión
o reducción importante de la sintomatología. En la actualidad,
no existe un consenso internacional sobre cuál debe ser la duración
recomendable del tratamiento farmacológico del TAG.
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