ENFERMEDAD VASCULAR CEREBRAL
Tratamiento de la fase aguda
Tratamiento de la fase aguda del ictus isquémico
Los datos y pautas recogidos a continuación se corresponden
en buena medida con los protocolos elaborados tanto por un grupo de expertos de la
sociedad valenciana de Neurología, disponibles en la web de la sociedad
(www.svneurologia.org), como con las recomendaciones realizadas por el grupo de estudio de
enfermedades vasculares cerebrales de la SEN.
Valoración inicial
En la valoración inicial de los pacientes con enfermedad
vascular cerebral es fundamental recordar la importante correlación entre la clínica y
el territorio lesionado. Por otra parte la siguiente clave es recordar que nuestra
actuación es vital que sea rápida. Este concepto que se consiguió introducir en el
campo de la cardiopatía isquémica con el desarrollo de las unidades coronarias y el
establecimiento de terapéuticas urgentes como la trombolisis, es todavía difícil de
extender tanto entre la población general como entre la medicina extrahospitalaria o los
servicios de Urgencia. Existen numerosos trabajos que demuestran que una atención rápida
y especializada de los pacientes con ictus reduce de forma significativa el grado de
discapacidad de los pacientes a los 3 meses. Por tanto el ictus es una urgencia y debería
ser atendido de la forma más rápida posible y por personal especializado en su manejo,
preferentemente por neurólogos especializados en el seno de Unidades de Ictus. Sería
importante, pues, que en el futuro se desarrollasen estas unidades y conceptos como el
código ictus para los servicios de Urgencia extrahospitalaria que permitieran la llegada
en el mínimo plazo de tiempo posible de estos pacientes a los servicios hospitalarios.
La valoración inicial del paciente con ictus debe incluir
una anamnesis detallada y una exploración neurológica y sistémica básicas.
Manejo diagnóstico mínimo inicial
En este apartado haremos referencia a aquellas exploraciones
mínimas que deben realizarse en todo paciente con ictus. El objetivo inicial ante un
paciente con ictus no debe ser en ningún caso el de simplemente decir que, efectivamente,
aquel paciente ha sufrido un ictus. Deberemos ya desde la anamnesis y la exploración
física inicial ir enfocados a establecer una hipótesis etiológica inicial, que permita
escoger rápidamente el mejor régimen terapéutico.
Aparte de las citadas anamnesis y exploración física
básica indicados anteriormente, la valoración mínima en Urgencias debe incluir la
realización de un estudio de laboratorio de rutina en Urgencias con hemograma,
bioquímica y orina, un estudio electrocardiográfico, una radiografía de tórax y un
estudio de tomografía computadorizada craneal. En un futuro, sería deseable incluir el
estudio neurosonológico (Doppler/dúplex de troncos supraaórticos y Doppler
transcraneal) dentro de esta batería.. Con estas pruebas es posible realizar desde el
servicio de urgencias una primera hipótesis etiológica que influirá tanto en el manejo
terapéutico como diagnóstico posterior.
La realización de tomografía computadorizada craneal
urgente constituye una de las piedras angulares del manejo diagnóstico-terapéutico al
ictus en Urgencias. Permite establecer el diagnóstico diferencial con otras patologías
como abscesos o tumores y diferenciar entre episodios isquémicos y hemorrágicos.
Asimismo puede apreciarse la presencia de signos precoces de infartos extensos, aspecto
muy importante de cara a la posible indicación en el futuro de tratamiento
fibrinolítico. Además de en el manejo inicial, también es clave su utilización ante
deterioros bruscos en la situación neurológica.
La aplicación de la neurosonología en el manejo en
urgencias de los pacientes con ictus permite sobre todo una mayor aproximación al
diagnóstico etiológico más probable mediante la identificación de estenosis tanto
extra como intracraneales, y la valoración del grado de compromiso hemodinámico que
producen, o la presencia de señales de alta intensidad sugestivas de la existencia de una
fuente embólica. Todo ello con la ventaja de poder realizarlo a la cabecera del paciente
y de forma no invasiva e incruenta. Sin duda, su aplicación general supondrá un avance
clave en el manejo de estos pacientes.
Tratamiento general
Cuidados respiratorios: Deberán recibir especial
atención los pacientes con disminución del nivel de conciencia. Deberá procurarse el
mantenimiento de una vía respiratoria permeable. En cuanto a la oxigenoterapia, solo
está indicada en los pacientes con hipoxemia, a diferencia de lo que sucede en la
cardiopatía de oxígeno debido a que la demanda cerebral de oxígeno es inferior a la
miocárdica.
Control cardiológico: Aunque recomendable, la
monitorización cardiaca continua no es imprescindible en el manejo del ictus. Estará
indicada en el caso de aparición de complicaciones cardíacas.
Equilibrio hidroelectrolítico: Debe asegurarse un
aporte diario de agua de 2000 cc ( administrando sueros salinos isotónicos), evitando
soluciones hipotónicas ( sueros glucosados), que deberá restringirse si existe
insuficiencia cardíaca o edema cerebral reduciéndose a 1.500 cc/día. La razón para no
utilizar sueros glucosados reside en la evitación de situaciones de hiperglucemia,
dañinas para el parénquima cerebral por la aparición de metabolismo aeróbico, con la
consiguiente acidosis tisular. Tan pronto como sea posible, la administración de
líquidos se hará por vía oral o enteral por sonda nasogástrica.
Balance nutricional: La disfagia es una
circunstancia que puede dificultar el manejo del paciente con ictus, especialmente de las
formas con déficit más graves. Debemos pensar en su existencia en pacientes con
disfonía, disartria grave, dificultades para manejar las secreciones, dificultades para
manejar los alimentos, con reflejo nauseoso abolido o disminuido o con nivel de conciencia
disminuido.
Sin embargo, es conveniente, en general, evitar inicialmente
la sonda nasogástrica puesto que no siempre es bien tolerada y frecuentemente el paciente
la manipula. Por otra parte su colocación inadecuada tras las manipulaciones por el
paciente puede originar aspiraciones. Además, la sonda nasogástrica enlentece el vaciado
gástrico favoreciendo la aparición de neumonías por aspiración.
Ya hemos comentado la importancia del control de la
hiperglucemia en la fase aguda del ictus.
Con estos datos creemos que es posible recomendar en los
pacientes que requieren ajustes dietéticos por disfagia o situación clínica grave
(infartos territoriales masivos):
1. Dieta absoluta durante las primeras 48 horas.
2. Iniciar siempre que la situación del paciente lo permita la nutrición por vía
oral evitando al máximo el uso de SNG.
3. En los pacientes en coma o con lesiones bilaterales (tronco de encéfalo) en los
que se prevea una duración anormalmente larga de la disfagia utilizar SNG fina para
nutrición enteral en las primeras 2 semanas. Más allá de este periodo debe valorarse
una gastrostomía.
4. La dieta debe contener la menor cantidad posible de carbohidratos a fin de no
contribuir a un aumento significativo de los niveles de glucemia.
Control de glucemia: No sólo es necesario el ajuste
de la dieta o el uso de sueroterapia sin aporte glucídico, también cabe iniciar
precozmente un tratamiento con insulina para controlar la hiperglucemia incluso aun cuando
sea moderada.
Control de la tensión arterial: Un aspecto que
marca la diferencia con la cardiopatía isquémica en fase aguda es el del control de
cifras tensionales. En el caso de la isquemia cerebral se produce la pérdida de la
autorregulación del sistema vascular encefálico. Con ello la perfusión del parénquima
cerebral pasa a depender directamente de la presión arterial sistémica. Si, además,
consideramos que en muchas ocasiones existe cierto grado de hipertensión intracraneal,
deberemos entender la importancia de evitar episodios de hipotensión, o reducciones
bruscas en la presión arterial que pueden conducir a un aumento del área isquémica. Por
otra parte, debemos considerar que en muchas ocasiones la hipertensión presente en la
fase aguda del ictus es reactiva a la propia hipertensión intracraneal y no la causa del
ictus. La relación entre HTA e ictus no es, habitualmente, de naturaleza causal directa
sino como factor de riesgo, es decir, como precursor de una serie de lesiones que
favorecen la aparición de lesiones arteriales que acabarán causando el ictus.
En general el uso de antihipertensivos en el ictus agudo debe
restringirse a aquellos casos en los que a pesar de mantener al enfermo en decúbito
supino y tranquilo, persisten cifras de T.A. sistólica por encima de 220 mm Hg y/o 130 mm
Hg de diastólica en los ictus isquémicos, y superiores a 180 mm Hg de sistólica y 100
mm Hg de diastólica para los hemorrágicos, en dos tomas separadas al menos 30 minutos.
No debe utilizarse hipotensores de acción rápida y brusca
como los antagonistas del calcio ni deben administrarse por vías en las que su absorción
es más errática y el inicio de la acción muy rápido. Los antihipertensivos de
elección son aquellos de duración de acción corta, que producen un descenso de la T.A.
lento y gradual (inferior al 20 por ciento) y con mínimo efecto sobre los vasos
cerebrales. Utilizaremos, preferiblemente por vía oral, labetalol, captopril o enalapril.
La utilización de antihipertensivos intravenosos está
justificada en los casos en que no pueden administrarse por vía oral y/o si existe una
emergencia hipertensiva:
- Sangrado activo cerebral.
- Infarto de miocardio.
- Edema agudo de pulmón.
- Disección aórtica.
- Insuficiencia renal aguda secundaria a HTA acelerada.
Utilizaremos los mismos fármacos pero vía parenteral. El
nitroprusiato sódico es el hipotensor de elección en el caso que los anteriores no
consigan controlar las cifras de TA o estén contraindicados, aunque debe evitarse en los
casos en que exista hipertensión intracraneal, puesto que la aumenta.
La hipotensión arterial durante la fase aguda del ictus es
excepcional. Si aparece debe buscarse una causa. La depleción de volumen es la más
habitual, en cualquier caso deben descartarse procesos asociados: infarto agudo de
miocardio, hemorragia digestiva, disección aórtica o embolia pulmonar. La corrección de
la hipovolemia y la optimización del gasto cardiaco es prioritaria en esta fase.
Utilizaremos soluciones cristaloideas para la corrección de la volemia y fármacos
vasopresores si es necesario.
Cuidados posturales y prevención de úlceras de decúbito:
La movilización de los pacientes debe ser precoz. Los miembros paréticos deben estar en
extensión y movilizarse pasivamente.
Para evitar úlceras de decúbito: sedestación precoz,
cambios posturales frecuentes, uso de colchones antiescaras, protección de los lugares de
roce, uso de tejidos no sintéticos y suaves; nutrición, hidratación e higiene de la
piel.
Cuidados de las vías urinarias: En caso de
incontinencia urinaria es preferible el uso de colectores externos y empapadores. El
objetivo es el de evitar una vía de entrada para procesos infecciones que vengan a
complicar la evolución de los pacientes. La sonda vesical se reservará para aquellos
casos en que exista retención urinaria o sea necesario control estricto de la diuresis y
su uso deberá prolongarse el menor tiempo posible.
Control de la hipertermia: Como en el caso de la
hiperglucemia, se trata de un factor ampliamente evaluado en modelos experimentales. Su
control debe ser exhaustivo, al menos los primeros días. En cuanto aparece hipertermia
(temperatura superior o igual a 37,5ºC) está indicado valorar la instauración de
tratamiento antibiótico precoz de las infecciones y administración de antitérmicos (500
mg A.A.S., 500 mg paracetamol) junto con medidas físicas.
Prevención de trombosis profunda y embolismo pulmonar:
Se recomienda tratamiento profiláctico mediante heparinas de bajo peso molecular a todo
paciente con ictus y extremidad inferior parética.
Tratamiento de la hipertensión intracraneal: Es una
complicación temible, especialmente en sujetos jóvenes y con infartos masivos en
territorio de la arteria cerebral media. Su tratamiento se basa en una serie de medidas
generales destinadas a favorecer el retorno venoso cerebral, como la elevación de la
cabecera de la cama 30º-45º, evitar la rotación del cuello o detectar y tratar factores
que puedan aumentar la PIC (hipertermia, hipoxemia e hipercapnia, hiper o hipotensión) o
evitar la administración de soluciones hipoosmolares.
El tratamiento farmacológico de elección es los agentes
osmóticos tipo Manitol y los diuréticos de asa (Furosemida), solos o asociados a agentes
osmóticos.
En casos específicos puede estar indicada la
hiperventilación a través de tubo orotraqueal, la inducción de un coma barbitúrico u
opciones quirúrgicas como el drenaje ventricular si existe hidrocefalia o la
craniectomía descompresiva.
Convulsiones: Deben tratarse como cualquier caso de
epilepsia tardía sintomática.
Transformación hemorrágica: Si no aparece
deterioro clínico y el sangrado es petequial o ligero se recomienda mantener misma pauta
de tratamiento, aún en el caso de llevar terapia anticoagulante. Si se produce deterioro
clínico: en pacientes con terapia anticoagulante se recomienda suspender o posponer la
terapia anticoagulante durante un periodo de 4 a 10 días.
Agitación: Es importante descartar causas
tóxico-metabólicas-infecciosas de diverso tipo. Es conveniente instruir a la familia a
que mantengan la habitación iluminada y que el paciente permanezca acompañado en todo
momento, aunque evitando la concurrencia de múltiples visitas. Debe iniciarse el
tratamiento mediante medidas de contención física y restringir al máximo el uso de
sedantes, preferiblemente neurolépticos.
Si se sospecha abstinencia alcohólica: el uso de Clometiazol
puede ser una alternativa adecuada.
Tratamiento específico
Antiagregación plaquetaria: La antiagregación se
ha demostrado eficaz como prevención secundaria del ictus aterotrombótico. En la fase
aguda sólo existen estudios con la aspirina inicialmente negativos. Por ello resulta
difícil establecer recomendaciones concretas. Existen experiencias recientes incluso con
dosis de carga con Clopidogrel en otras entidades isquémicas que deberán reproducirse en
el ictus antes de poder recomendarlas de forma generalizada. Por ello referimos al lector
al capítulo dedicado a la prevención secundaria de la enfermedad vascular cerebral.
Anticoagulación: En la actualidad son escasas las
indicaciones del tratamiento anticoagulante en la fase aguda del ictus y, en su mayor
parte, basadas en teorizaciones fisiopatológicas más que en datos procedentes de ensayos
clínicos. Especialmente en el tratamiento del ictus aterotrombótico, se ha reducido de
forma drástica esta indicación. Se limita al caso del AIT "in crescendo"cuando
no hay respuesta inicial a la antiagregación, administrando heparina sódica intravenosa.
En el infarto en evolución tras realizar una tomografía
computadorizada cerebral urgente que no muestre signos de sangrado ni de edema cerebral
importante, se puede iniciar la anticoagulación con heparina sódica intravenosa con
estricto control de la T.A. Si sigue progresando o se acelera el empeoramiento, debe
hacerse TAC de control para descartar transformación hemorrágica.
La indicación más dudosa es en el caso de pacientes
antiagregados con recurrencia de clínica, pese a llevar dosis correctas.
En el ictus cardioembólico existe un mayor número de
indicaciones e incluso algunos autores han propuesto recientemente que éstas deberían
ampliarse. Las principales aceptadas en el momento actual son:
1. AIT reciente o AITs de repetición: Anticoagulación
con heparina sódica i.v. sin bolo inicial, con posterior cambio a anticoagulación oral.
2. AIT no reciente: Anticoagulación oral con dicumarínicos.
3. Infarto establecido: Si existen signos precoces de infarto extenso en
la tomografía computadorizada o clínica sugestiva de infarto extenso aunque la
tomografía computadorizada sea normal se debe demorar anticoagulación al menos 7 días.
Si la tomografía computadorizada es normal y la clínica sugiere un infarto de pequeño
tamaño puede iniciarse la anticoagulación con heparina sódica i.v. sin bolo inicial,
con estricto control de la coagulación y de la T.A.
Fibrinolisis: Según el estudio NINDS (The National
Institute of Neurological Disorders and Stroke rt-PA Stroke Study Group), el r-TPA
(activador del plasminógeno recombinante) a dosis de 0.9 mg/kg en infusión continua
durante una hora, mejora el pronóstico a los tres meses de sufrir un infarto cerebral
agudo, si se administra en las primeras 3 horas tras la aparición del ictus isquémico.
Para ello tiene que saberse el tiempo exacto de instauración, el paciente debe presentar
un déficit medible en la escala de NIHSS y una TAC cerebral sin evidencia de hemorragia.
El control de la T.A. debe de ser exquisito (<185/110 al inicio). Para evitar
complicaciones la indicación de trombolisis se hará por un neurólogo experto, en un
centro con medios adecuados y siempre bajo vigilancia estrecha.
Por tanto no se puede establecer por el momento como una
recomendación universal. En Europa todavía no ha sido aprobada esta indicación, aunque
se tolera su uso por vía compasiva. En nuestra opinión cualquier uso fuera de los
criterios estrictos establecidos por el NINDS no debería realizarse fuera de protocolos
experimentales. Además, la indicación debería estar realizada siempre por un neurólogo
preferentemente con experiencia en patología vascular cerebral y dentro de unidades
especializadas.
Neuroprotección: En general y por el momento, no
hay datos suficientes que avalen el uso de ninguna sustancia como neuroprotector en el
tratamiento del infarto cerebral agudo y no deben usarse si no es en ensayo clínico.
Tratamiento de la fase aguda de la
hemorragia cerebral
Valoración inicial
El tratamiento de la hemorragia cerebral debe ser
individualizado, teniendo en cuenta la localización, volumen, mecanismo de producción y
complicaciones sistémicas asociadas. De forma general, en todos los pacientes, la
valoración inicial debe iniciarse por la anamnesis. Si no es posible obtenerla del
paciente, habrá que preguntar a los familiares o allegados. La exploración física
incluirá el registro de las constantes vitales, especialmente las cifras de presión
arterial.
Es fundamental hacer una descripción de la situación del
paciente de la forma más detallada posible, ya que la situación neurológica del
paciente puede modificarse en poco tiempo, Debe quedar siempre reflejando el estado del
nivel de conciencia de una forma descriptiva y clara, términos como obnubilación,
estupor
pueden resultar confusos, Además hay que hacer constar en la exploración
los déficits neurológicos, poniendo especial atención al estado de las pupilas.
Manejo diagnóstico mínimo inicial
En un paciente con sospecha de hemorragia cerebral deberemos
obtener: hemograma con recuento sanguíneo y fórmula leucocitaria completa, bioquímica
(glucosa, creatinina, sodio, potasio, urea
), estudio de coagulación, proteinograma,
y a ser posible ECG y radiografía de tórax. Sin embargo, en la sospecha de hemorragia
cerebral, la TC es el método diagnóstico más importante en la fase inicial. La
hemorragia cerebral aparece como una zona hiperdensa, a su alrededor puede haber un área
hipodensa correspondiente a edema y necrosis.
Tratamiento general
El tratamiento médico es similar al del ictus isquémico e
incluye:
Medidas básicas de soporte vital: Mantenimiento de
constantes vitales y permeabilidad de la vía aérea. Esto es especialmente importante si
existe disminución del nivel de conciencia para evitar la broncoaspiración. El aporte de
oxígenoterapia no es beneficioso si no existe hipoxia asociada. En fases iniciales puede
haber trastornos del ritmo cardíaco que deben ser diagnosticados de forma precoz.
Reposo absoluto en cama con el cabecero elevado a 30-45º los
primeros días.
Aporte nutritivo adecuado: Los primeros días y
especialmente en los casos de disminución del nivel de conciencia, habrá que mantener al
paciente a dieta absoluta, asegurando un aporte de líquido adecuado (aproximadamente 2
l./día) hay que evitar las soluciones hipotónicas porque pueden aumentar el riesgo de
edema cerebral. En cuanto sea posible se introducirá una dieta adecuada por vía oral, si
es preciso se colocará sonda nasogástrica.
Control de tensión arterial: Es preciso control
estricto de la tensión arterial, ya que cifras superiores a 190 mm Hg pueden empeorar el
pronóstico. Se recomienda un descenso gradual hasta cifras de presión arterial
sistólica de 170 mm Hg y de diastólica por debajo de 110 en las primeras horas de
ingreso hospitalario. Los fármacos de elección son los inhibidores de la enzima conversora
del angiotensinógeno por vía oral o intravenosa o el labetalol intravenoso. En las
hemorragias cerebrales hipertensivas el sangrado suele ser masivo y detenerse
espontáneamente en los primeros 30 minutos, pero existen posibilidades de resangrado
hasta una semana después, en las hemorragias intracerebrales no hipertensivas, la
posibilidad de sangrado es mucho mayor y depende de las medidas específicas que se tomen
por lo que el control de la tensión arterial es fundamental
Vigilancia del equilibrio hidroelectrolítico y
de la glucemia
Tratamiento sintomático apropiado: Antieméticos en
caso de náuseas, vómitos
(metoclopramida
) y analgésicos para la cefalea,
sedación, si precisa y únicamente tras una cuidadosa valoración descartando otras
etiologías.
Iniciar la rehabilitación en cuanto sea posible,
inicialmente será de forma pasiva.
Tratamiento específico
Medidas generales
Tratamiento del edema cerebral: Sigue siendo un tema
controvertido la utilización de fármacos para disminuir el edema cerebral. Los fármacos
más utilizados son el Manitol i.v. (0.5-1.5 g/Kg/iv) en solución al 20 por ciento: 250
ml en infusión rápida o 125 ml cada 6 horas a pasar en 30 minutos durante 4 a 7 días,
manteniendo una osmolaridad entre 325 y 335 mOsm/l y el glicerol (1 gr/kg v.oral cada 6
horas). Cuando se usa manitol, conviene asociar furosemida para evitar la alteración de
la osmolaridad. Es importante recordar que estos agentes sólo tienen un efecto
transitorio y que puede existir un efecto rebote en el edema cerebral cuando se suspenden
estos fármacos, por lo que su retirada debe ser gradual. Los corticoides no son eficaces
en el tratamiento del edema cerebral. Otra medida que se ha utilizado para controlar la
hipertensión intracraneal es la hiperventilación mecánica en UVI y la inducción del
coma barbitúrico.
Anticomiciales: Solamente si aparecen crisis
epilépticas. No está indicado su uso de forma profiláctica. El fármaco más utilizado
es la fenitoína i.v cuando el nivel de conciencia no permite la administración de
medicación de forma oral. Se comienza con dosis de impregnación de 10-20 mg/kg/ i.v
diluido en suero salino y con dosis de mantenimiento de 5mg/kg/ día repartida en 3 dosis.
Tratamiento precoz de las complicaciones sistémicas
asociadas como infecciones, arritmias.
Etiológico
Uso de fármacos anticoagulantes: En pacientes que
estén en tratamiento con anticoagulantes, hay que individualizar la actitud terapéutica
a seguir, valorando los riesgos y beneficios de suspender el tratamiento anticoagulante en
función de la patología de base y las características de la hemorragia. Como norma
general la anticoagulación debe ser revertida de forma urgente, ya que de lo contrario
puede ocurrir un aumento progresivo del tamaño del hematoma. En pacientes tratados con
cumarínicos, se administrará concentrado de complejo protrombínico conteniendo factores
II, IX y X, revierte la hipocoagulabilidad con mayor rapidez que el plasma fresco
congelado, sin requerir tan grandes cantidades de líquido. La vitamina K i.v. a dosis de
5 a 25 mg suele ser una medida insuficiente. En pacientes recibiendo heparina se recurre
al sulfato de protamina para normalizar el TTPA, a dosis de 1 mg por cada 100 unidades de
heparina que existan en el plasma. La dosis no debe superar los 50 mg por el riesgo de
hipotensión sistémica.
Uso de fibrinolíticos: Es una complicación que
aparece hasta en el 5 por ciento de los pacientes con infarto de miocardio que han
recibido tratamiento fibrinolítico. Su mortalidad es muy alta. No existe una gran
experiencia en cuanto al tratamiento más recomendable. Si el paciente se deteriora
clínicamente se recomienda aportar plasma fresco y valorar el tratamiento quirúrgico
evacuador.
Discrasias sanguíneas: El tratamiento se basa en la
adopción de medidas para intentar estabilizar la homeostasis como la administración de
factor VIII en hemofílicos o la transfusión de plaquetas en las trombopenias.
Vasculitis: El tratamiento de elección es la
administración de inmunosupresores junto con el tratamiento de mantenimiento habitual.
Tratamiento quirúrgico
Las indicaciones quirúrgicas en el tratamiento de la
hemorragia cerebral no están perfectamente establecidas y deben individualizarse según
la edad, localización, tamaño, etiología y evolución clínica. La evacuación del
hematoma situado en una zona accesible puede salvar la vida del paciente y este tipo de
cirugía debe considerarse si la situación del paciente no se estabiliza o comienzan a
aparecer signos de herniación. Sin embargo, si la situación del paciente se estabiliza y
la hemorragia no es amenazante para la vida, parece que la evacuación del hematoma no es
más beneficiosa que el tratamiento conservador.
En hematomas supratentoriales el intervalo óptimo para la
cirugía evacuadora es entre las 2 y 24 horas de comienzo del cuadro, lo ideal entre las 2
y 6 primeras horas. La indicación más aceptada es para los hematomas hemisféricos de 2
a 3 cm de diámetro cuyo estado neurológico empieza a deteriorarse, habitualmente
hematomas superficiales con Glasgow menor de 9. No está indicado si existe deterioro
neurológico irreversible, o hematomas masivos.
Los hematomas cerebelosos son los que más se suelen
beneficiar del tratamiento quirúrgico. Si el paciente está alerta y el hematoma es menor
de 3 cm el tratamiento debe ser conservador. Si el hematoma es mayor de 3 cm y el paciente
está alerta o somnoliento hay que hacer tratamiento quirúrgico urgente, si está en
coma, el tratamiento es conservador porque la mortalidad es casi del 100 por ciento.
En los hematomas del tronco cerebral no existe una pauta
clara de actuación. Son hematomas de gran mortalidad y la decisión quirúrgica debe
individualizarse en cada caso. Aunque existen autores que a pesar de las modernas
técnicas quirúrgicas contraindican la evacuación quirúrgica de hemorragias
troncoencefálicas por la alta mortalidad de esta patología.
En los hematomas cerebrales múltiples la causa suele ser una
discrasia sanguínea subyacente, metástasis o angiopatía amiloide. Como norma general,
en estos casos, el tratamiento quirúrgico está contraindicado.
La aparición de hidrocefalia aguda debe tratarse con la
colocación de una válvula de derivación ventriculoperitoneal y, eventualmente, con la
evacuación del hematoma.
No se considera indicación quirúrgica en los hematomas
lobares con buen nivel de conciencia sin signos de herniación ni en las hemorragias
intracerebrales profundas y extensas (mayores de 60 cm3) con signos de herniación
transtentorial.
Tratamiento de la hemorragia subaracnoidea
Valoración inicial
La valoración clínica inicial del paciente con un cuadro
sugerente de HSA incluye: Historia clínica, exploración general y neurológica y
clasificación del paciente según la escala de Hunt y Hess (tabla III)
Tabla III
Escala de Hunt y Hess |
Grado |
Características
clínicas |
| 0 |
Aneurisma no roto |
| 1 |
Asintomático o mínima
cefalea y mínima rigidez de nuca |
| 2 |
Cefalea severa o moderada y
rigidez de nuca. No déficits neurológicos focale, exceptuando paresia de pares
craneales |
| 3 |
Confusión, somnolencia o
déficit focal mínimo |
| 4 |
Estupor. Hemiparesia moderada
o severa |
| 5 |
Coma. Descerebración. Aspecto
moribundo |
Manejo diagnóstico mínimo inicial
La prueba fundamental para el diagnóstico de la HSA es el
TAC craneal sin contraste, que debe ser pedida de forma urgente en todo paciente en quien
se sospeche esta patología y que demuestra la presencia de sangre en el espacio
subaracnoideo en el 95 por ciento de los pacientes cuando se realiza en las primeras 24
horas tras la instauración del cuadro clínico. Este porcentaje cae al 75 por ciento al
tercer día.
Cuando el volumen de sangrado es muy pequeño (como en el
caso de la cefalea centinela), o cuando han transcurrido más de 48-72 horas tras el
inicio de los síntomas, el TAC puede no demostrar la presencia de sangre. En tal caso se
debe realizar una punción lumbar. Es recomendable no realizar la punción lumbar antes de
transcurridas 6-12 horas desde la instauración de los síntomas, para asegurar la
aparición de xantocromía en el caso de SAH. La xantocromía persiste hasta 2 semanas.
Los exámenes complementarios básicos incluyen la
realización de bioquímica, hemograma, coagulación, radiografía de tórax y ECG.
La RM puede detectar sangre en el espacio subaracnoideo desde
el primer día, siendo superior al TAC a partir del tercer día. Es la técnica de imagen
de elección cuando han transcurrido más de 15 días ya que puede detectar restos de
pigmentos hemáticos. Además permite la visualización de aneurismas de 0.5 mm o mayores.
Se debe realizar una arteriografía cerebral en las primeras
24-48 horas con el fin de descubrir y ocluir el aneurisma responsable del sangrado. Se
deben canalizar ambas carótidas y ambas arterias vertebrales, dado que el 20-30 por
ciento de los pacientes presentan aneurismas múltiples. En torno al 15 por ciento de las
arteriografías no demuestran el origen de la hemorragia. Esto puede deberse a varias
razones: Obliteración espontánea del aneurisma en el seno del coágulo, después de
sangrar, hemorragia perimesencefálica dependiente de una rotura venosa, aneurisma o
malformación arteriovenosa espinal, rotura de una arteria cortical superficial, falso
negativo en relación, sobre todo, con aneurismas de la arteria comunicante anterior y del
origen de la arteria cerebelosa posteroinferior. En el caso de que el resultado de la
arteriografía no sea concluyente se recomienda repetirla a las 2 o 3 semanas. Si la
segunda arteriografía también es negativa, la realización de una tercera no se ha
demostrado útil. Cuando se trate de una hemorragia perimesencefálica no está indicado
repetir la arteriografía dado que lo más frecuente es que no se encuentre ningún
aneurisma y su curso suele ser benigno. Una alternativa cuando la primera arteriografía
es negativa es la realización de una angiografía-TAC, que en algunos casos puede
demostrar la presencia del aneurisma no detectado en la angiografía por sustracción
digital.
El doppler transcraneal constituye actualmente la técnica
más adecuada para el diagnóstico no invasivo y seguimiento del vasoespasmo.
La angio-RM y la angio-TAC pueden servir de apoyo para la
demostración del aneurisma y valoración del vasoespasmo.
En resumen, en todo paciente con clínica sugestiva de HSA
debe realizarse un TAC o RM, seguido de punción lumbar si aquellos no demuestran la
existencia de sangrado en el espacio subaracnoideo. Una vez establecido el diagnóstico se
debe realizar una arteriografía para descubrir la localización del aneurisma. El
seguimiento del vasoespasmo se realiza mediante doppler transcraneal.
Medidas generales
Las recomendaciones, para el tratamiento de la HSA, del Grupo
de Estudio de Enfermedades Cerebrovasculares de la Sociedad Española de Neurología son
las siguientes:
1. Traslado del paciente a una unidad dotada para el
tratamiento de dicha patología. Los pacientes con grados 1 o 2 pueden permanecer en
planta bajo supervisión por personal entrenado. Los pacientes con grados 3 a 5 se deben
manejar en UCI.
2. Tratamiento y prevención de las complicaciones neurológicas, a saber, el
resangrado, el vasoespasmo y la hidrocefalia..
El resangrado ocurre fundamentalmente en los primeros 14
días de evolución, con un riesgo máximo en las primeras 24 horas. Supone la primera
causa de morbimortalidad en la HSA. Es la justificación principal para la obliteración
precoz del aneurisma. Se recomienda el reposo absoluto en cama, evitar el dolor, la
agitación y el estreñimiento mediante el uso de analgesia, evitando la aspirina,
sedación y laxantes o enemas. El uso de antifibrinolíticos ha demostrado reducir el
resangrado, pero no mejora la evolución a largo plazo y aumenta la incidencia de
vasoespasmo con isquemia e hidrocefalia, por lo que se debe reservar para sangrados
pequeños en los que no es posible tratar precozmente el aneurisma, y en los que hay poco
riesgo de vasoespasmo e hidrocefalia.
Se debe mantener la T.A sistólica por debajo de 160 mm de Hg
hasta que se realice la obliteración del aneurisma. Una vez ocluido, no tratar la HTA
salvo elevaciones de 200 mm de Hg, dado que se ha relacionado el tratamiento con
antihipertensivos con el desarrollo de vasoespasmo. En todos los casos las modificaciones
de la T.A se deben hacer de forma paulatina, evitando descensos bruscos.
El vasoespasmo tiene una incidencia máxima entre los 3 y 14
días de evolución. Es la causa principal de morbimortalidad retardada en la HSA por la
producción de isquemia cerebral. La administración de Nimodipino a dosis de 60 mg/4
horas durante 21 días, por vía oral siempre que sea posible, o en perfusión iv continua
previene la isquemia cerebral por vasoespasmo, por lo que se debe iniciar en todos los
pacientes una vez hecho el diagnóstico de HSA. Sin embargo el nimodipino no impide el
vasoespasmo observado angiograficamente. Se deben vigilar las cifras de TA durante su
administración para evitar la hipotensión, reduciendo la dosis si fuera necesario. El
uso de mineralcorticoides (fludrocortisona 2mg/día) parece tener algún efecto sobre el
vasoespasmo. La llamada triple H (hipertensión, hipervolemia, hemodilución), se ha
mostrado efectiva en el tratamiento del vasoespasmo si bien estudios recientes ponen en
tela de juicio su eficacia. Se lleva a cabo mediante la administración de volúmenes
altos de fluidos (unos 3 litros/día) con el fin de mantener una presión de perfusión
tal que impida la isquemia cerebral. Se debe llevar a cabo en una Unidad de Cuidados
Intensivos para controlar la posible aparición de complicaciones y requiere el cierre
previo del aneurisma para evitar el resangrado.. La infusión intraarterial de papaverina
es una medida eficaz aunque su efecto suele ser transitorio. Puede estar especialmente
indicada en aquellos casos en que se produce vasoespasmo distal inaccesible a la
angioplastia. La angioplastia con balón es una alternativa válida en aquellos casos en
que fracase el tratamiento médico, habitualmente requiere el tratamiento previo con
papaverina.
La hidrocefalia en la fase aguda se presenta en el 10-30 por
ciento de los casos. Sólo precisa drenaje cuando simultáneamente se produce deterioro de
la situación clínica del paciente lo cual sucede en el 60-70 por ciento de los
pacientes. Debe evitarse el drenaje muy rápido por riesgo de resangrado. En la fase
crónica puede aparecer una hidrocefalia normotensiva por bloqueo de la circulación del
LCR, que puede responder al drenaje ventricular.
Prevención y tratamiento de otras complicaciones
Las crisis convulsivas: pueden aumentar el riesgo de
resangrado. No hay unanimidad respecto a si se debe o no realizar tratamiento preventivo
de las mismas.
Para prevenir la hiponatremia y la hipovolemia se recomienda
evitar el uso de soluciones hipotónicas que favorecen la hiponatremia. Es fundamental
mantener un aporte adecuado de fluidos para evitar la hipovolemia, que favorece el
vasoespasmo.
En la HSA existe riesgo de aparición de otras complicaciones
sistémicas como arritmias, infecciones, insuficiencia cardíaca, hemorragia digestiva,
trombosis venosas profundas, embolismo pulmonar, fallo renal, fallo hepático, que
conviene diagnosticar y tratar con rapidez con las medidas específicas para cada
patología.
Tratamiento específico
El tratamiento mediante la oclusión del aneurisma ha
demostrado mejorar el pronóstico a largo plazo después de sufrir una HSA, por lo que
está indicado siempre que la situación del paciente lo permita.
Dos cuestiones ampliamente debatidas en los últimos años
han sido la elección del momento idóneo para el cierre del aneurisma y la conveniencia
del tratamiento endovascular frente al neuroquirúrgico.
Respecto al momento en que se debe realizar la intervención,
no hay datos concluyentes. Se ha demostrado una reducción del resangrado preoperatorio
con la cirugía precoz, sin encontrarse diferencia en la evolución a largo plazo. Sin
embargo, la corrección precoz del aneurisma permite el tratamiento agresivo del
vasoespasmo, por lo que actualmente existe una tendencia a la corrección en las primeras
72 horas.
El tratamiento endovascular del aneurisma consiste en la
embolización con "coils" metálicos que se depositan en la cavidad del
aneurisma. No existen unos criterios definidos para la elección del tratamiento
endovascular frente al quirúrgico. Los datos más relevantes para la elección de una u
otra técnica son las características anatómicas del aneurisma y su localización. Los
mejores resultados en lo que se refiere a la eficacia de la oclusión del aneurisma se han
obtenido en aneurismas pequeños con cuello pequeño (relación cúpula/cuello <2,
diámetro del cuello < 5mm), y aneurismas de difícil acceso quirúrgico como los
localizados en la arteria basilar.
Tratamiento de la trombosis venosa cerebral
Valoración inicial
Ante un paciente en el que se sospeche una TVC es preciso
establecer la existencia o no de hipertensión endocraneal, la presencia de focalidad y la
concurrencia de otras enfermedades sistémicas o neurológicas
Manejo diagnóstico mínimo inicial
La primera prueba a realizar en estos pacientes es el TAC
craneal sin y con contraste i.v. Tanto si el resultado sugiere el diagnóstico como si el
resultado es normal, ante la persistencia de la sospecha clínica se debe realizar una
resonancia magnética y, opcionalmente, una angiorresonancia. En caso de que estas tampoco
lleguen al diagnóstico, y persistiendo la sospecha clínica, se debe realizar una
angiografía para tratar de descubrir la trombosis en la fase venosa.
Los datos de la neuroimagen que sugieren la existencia de una
TVC son los siguientes: En la TAC: signo de la cuerda o de la vena densa en la TC simple,
signo del delta vacío en TC con contraste, áreas infartadas en territorios atípicos,
habitualmente múltiples, bilaterales y con frecuencia acompañadas de focos
hemorrágicos.
En la resonancia magnética: ausencia del vacío de señal
normal al nivel de los senos venosos y ocupación de estos senos por una señal cuyas
características en las distintas potenciaciones van evolucionando a lo largo del tiempo
siguiendo la degradación de la hemoglobina, detección precoz de los infartos venosos y
su transformación hemorrágica.
La utilidad de otras técnicas como electroencefalografía o
doppler transcraneal es hoy por hoy limitada.
Tratamiento general
El tratamiento sintomático se dirige particularmente a la
corrección de dos circunstancias clínicas: la hipertensión endocraneal y las crisis
convulsivas. Para el tratamiento de la hipertensión endocraneal cabe seguir las
recomendaciones generales en problemas vasculares cerebrales. Principalmente se
recomiendan medidas generales como una discreta restricción hídrica o la elevación de
la cabecera de la cama a 30º. Con respecto al uso de esteroides no se dispone de datos
basados en ensayos clínicos, tal y como ocurre con otras sustancias como el manitol.
Respecto al uso de anticomiciales sólo parece indicado en los casos en que haya
acontecido una crisis y no como medida profiláctica previa.
Tratamiento sintomático: Incluye el tratamiento de
la hipertensión endocraneal y de las crisis convulsivas.
Tratamiento específico
El tratamiento etiológico es muy heterogéneo. Lo más
destacable es la terapia antibiótica en el caso de las formas sépticas. Se recomienda
una pauta inicial de cloxacilina, una cefalosporina de 3ª generación y metronidazol de
forma empírica, adaptándola según el resultado de los cultivos y antibiogramas. El
tiempo recomendado para mantener el tratamiento es de unas 4 a 6 semanas.
Otros posibles tratamientos etiológicos son el transplante
de médula ósea en la hemoglobinuria paroxística nocturna o los suplementos de Fe++
en la anemia drepanocítica.
Finalmente el tratamiento de la propia trombosis es
controvertido y no existen evidencias basadas en grandes ensayos que permitan establecer
pautas definitivas. Sin embargo, en la literatura las pautas recomendadas son la actitud
expectante en los casos que cursan únicamente con clínica de hipertensión endocraneal y
el uso de heparina IV en el resto de pacientes.
En los casos en que no se encuentre una patología
procoagulante subyacente al cuadro clínico, se debe mantener la anticoagulación oral
entre 6 y 12 meses y repetir el estudio de coagulación tras retirar el tratamiento.
Cuando se detecte un estado protrombótico debe mantenerse la anticoagulación de forma
indefinida. Más recientemente se ha propuesto el uso de fibrinolíticos tanto a nivel
local como sistémico, aunque su uso generalizado deberá respaldarse con un ensayo
randomizado y ciego.
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