ENFERMEDAD VASCULAR CEREBRAL
Evaluación diagnóstica de la EVC
a) Localización con estudios de neuroimagen
Los estudios de neuroimagen permiten determinar la
localización de las lesiones, su naturaleza vascular y hacer el diagnóstico diferencial
con otras patologías en función de la ubicación, la evolución en el tiempo y el
comportamiento tras la administración de contraste.
Tomografía axial computerizada (TAC)
Está indicado en fase aguda en todos los pacientes con
clínica de ictus. Su utilidad e interpretación en cada uno de los tipos de lesión
vascular cerebral se resumen de la siguiente manera:
En el AIT permite descartar la presencia de
pequeños infartos, hemorragias u otras lesiones que pueden producir síntomas
transitorios.
En el ACV isquémico permite detectar el infarto, a
las 24-48 horas de evolución, como un área hipodensa confinada a un territorio arterial.
Hasta ese momento el TAC suele ser normal, aunque pueden encontrarse algunos signos
sutiles como hipodensidad de los ganglios basales y borramiento de su contorno, efecto
masa por edema incipiente con borramiento de surcos corticales y pérdida de la densidad
normal de la corteza e hiperdensidad de la arteria trombosada u ocluida por un émbolo.
Entre el 2º-4º día se observa un descenso de la densidad radiológica de la lesión y
delimitación del área de infarto. A partir de los 10 días la lesión tiende a hacerse
isodensa sobre todo en el córtex, por lo que en ocasiones puede pasar desapercibida. A
partir de la tercera semana la hipodensidad vuelve a aumentar, se forma una cavidad
quística y se observa retracción del tejido adyacente.
El edema de origen vascular afecta tanto a la substancia
blanca como a la substancia gris, lo cual permite distinguirlo del edema tumoral, que
afecta únicamente a la substancia blanca, lo que le confiere el típico aspecto
digitiforme. Habitualmente la administración de contraste intravenoso no es necesaria
para el diagnóstico del ictus. Sin embargo puede ser útil en dos circunstancias: cuando
existen dudas de diagnóstico diferencial y en fase subaguda, durante la segunda y tercera
semanas de evolución. En ese momento el tejido infartado cobra una densidad similar a la
del parénquima normal y la administración de contraste intravenoso puede ponerlo de
manifiesto.
Cuando se produce la transformación hemorrágica de un
infarto isquémico en el TAC se observa que el sangrado afecta preferentemente a la
sustancia gris, tanto cortical como profunda.
En la hemorragia cerebral la sangre es
visible en el TAC desde el momento en que se produce la hemorragia. Los hematomas
intraparenquimatosos se ven como una masa hiperdensa de forma y tamaño variables, rodeada
de un halo hipodenso fino con escaso edema perilesional. A lo largo de su evolución el
hematoma va reduciendo su densidad, desde la periferia hacia el centro, hasta que hacia
las tres o cuatro semanas es isodenso con el parénquima circundante, aunque persiste el
efecto de masa. A partir de ese momento la lesión se hace progresivamente más hipodensa
y se va reabsorbiendo hasta dejar una cavidad residual rellena de LCR, de tamaño mucho
menor que el del hematoma. Es importante tener en cuenta que los hematomas
intraparenquimatosos presentan captación de contraste intravenoso en anillo a partir de
la primera semana de evolución, y esta captación se mantiene hasta las seis u ocho
semanas. La imagen resultante se asemeja a la de una lesión tumoral. Las características
clínicas del paciente y la evolución de la lesión nos darán el diagnóstico correcto
en estos casos. Si persisten las dudas se debe realizar una RM.
En la HSA: La presencia de sangre en el espacio subaracnoideo
es detectable en el TAC en el 90 por ciento de los pacientes cuando se realiza en los
primeros cinco días tras una HSA. La distribución de la sangre extravasada puede
orientar hacia la localización del aneurisma roto fundamentalmente en dos casos: en los
aneurismas de la comunicante anterior, en los que se acumula sangre en la fisura
interhemisférica frontal, y en los de la cerebral media, que se abren en la fisura de
Silvio. El TAC sin contraste permite también visualizar aneurismas gigantes, sobre todo
aquellos que se encuentran parcialmente calcificados o trombosados. Aunque la
administración de contraste intravenoso puede demostrar la existencia de aneurismas de
menor tamaño, son exploraciones más adecuadas para tal fin la RM, Angio-RM y la
angiografía cerebral.
Resonancia magnética (RM)
Al contrario que el TAC, la RM no utiliza radiaciones
ionizantes. La imagen se obtiene a partir de la energía que liberan los átomos tras ser
sometidos a un campo magnético. Actualmente las secuencias que se pueden utilizar para el
estudio cerebral son diversas, y complementarias unas de otras. Algunas secuencias son
especialmente útiles para la detección de determinadas patologías.
Imágenes en T1: hemorragia subaguda o crónica,
trombosis vascular, edema de las circunvoluciones cerebrales. Las imágenes en T1
obtenidas tras la administración de contraste paramagnético (gadolinio) se utilizan
fundamentalmente para el diagnóstico diferencial con lesiones inflamatorias y tumorales.
Imágenes en T2: lesiones parenquimatosas, edema e
infarto.
Imágenes en densidad protónica: distinguen
infartos próximos a la superficie cortical o a los ventrículos, que en T2 pueden pasar
desapercibidos por la proximidad del lcr.
FLAIR (fluid attenuated inversion recovery): suprime
por completo el lcr.
Eco-gradiente: detección de pequeñas hemorragias
agudas o crónicas.
Resonancia de difusión y perfusión: permite el
estudio de la isquemia cerebral en fase hiperaguda, inmediatamente después de su
instauración.
En el ictus isquémico la RM ofrece una mejor
definición anatómica de la lesión que el TAC, especialmente en la fosa posterior, en la
que muchas lesiones pasan desapercibidas. Ofrece la posibilidad de detección precoz del
infarto, con las implicaciones que esto puede conllevar desde el punto de vista del
tratamiento del ictus en fase aguda.
La hemorragia tiene unas características evolutivas
muy bien definidas en la RM, lo que permite diagnosticar con precisión su presencia y
tiempo de evolución así como distinguir un hematoma de un infarto hemorragizado. La
sangre sigue produciendo una alteración de señal en las cisternas subaracnoideas en la
RM cuando el TAC ya se ha normalizado tras una HSA, transcurridos más de 15 días.
Mediante RM se pueden visualizar malformaciones
arteriovenosas, cavernomas y aneurismas de más de 0.5 mm. Es la técnica de elección
para demostrar la presencia de trombosis de senos venosos cerebrales y la disección de
las arterias carótidas y vertebrales.
b) Pruebas complementarias para determinar la etiopatogenia
del ictus
La heterogeneidad de los síndromes vasculares cerebrales
refleja en parte sus distintos causas y mecanismos de producción. Es muy deseable
determinar el origen y la fisiopatogenia del ictus en cada paciente, para la toma de
decisiones terapéuticas. Para ello se debe llevar a cabo un plan diagnóstico orientado
en dos sentidos. Por un lado, dirigido al estudio de la vasculatura cerebral y por otro a
la evaluación global del paciente, incluyendo la exploración física general y
neurológica y la existencia o no de patología cardíaca concomitante, trastornos de la
coagulación, consumo de fármacos u otras sustancias y enfermedades sistémicas.
Evaluación del árbol vascular cerebral
Neurosonología
Las técnicas de ultrasonidos se utilizan para el estudio de
los troncos supraórticos y de la circulación intracraneal. El estudio de los troncos
supraórticos se puede llevar a cabo mediante las siguientes técnicas ecográficas:
Doppler continuo: permite medir velocidad de flujo
en el vaso. Detecta estenosis de la luz arterial superiores al 30 por ciento basándose en
el hecho físico de que cuando el diámetro de un vaso se reduce la velocidad de la sangre
que circula por él, aumenta. Es decir: las estenosis se manifiestan ecográficamente como
aceleraciones del flujo sanguíneo.
Modo B: ofrece una visión anatómica de la pared de
la arteria y de sus lesiones. Detecta la presencia de calcificación en las placas de
ateroma.
Doppler color: muestra una representación del flujo
sangíneo en la luz del vaso, con variaciones del color en función de la velocidad y la
dirección del mismo.
Dúplex: es una combinación de los anteriores y
permite la evaluación más completa de la presencia de lesiones de arteriosclerosis, sus
características y el grado de estenosis que producen.
Hay dos situaciones en las que es aconsejable realizar el
estudio carotídeo de forma urgente: en el infarto cerebral progresivo y cuando se
producen AIT de repetición.
El hallazgo mediante doppler carotídeo de una estenosis
susceptible de tratamiento quirúrgico obliga a la realización de una arteriografía de
troncos supraórticos para confirmar el grado de estenosis, si bien en manos expertas el
grado de concordancia entre ambas técnicas es superior al 90 por ciento.
El diagnóstico de oclusión carotídea también se debe
confirmar por arteriografía para evitar la posibilidad de no diagnosticar una estenosis
de alto grado que sí se beneficiaría de tratamiento quirúrgico y que en ocasiones pasa
desapercibida en el doppler.
Para evaluar la circulación intracraneal se utiliza el
doppler transcraneal (DTC) en virtud de su capacidad para determinar la velocidad de flujo
y la pulsatilidad (resistencia) de los vasos del polígono de Willis, la presencia de
asimetrías sugestivas de estenosis intra o extracraneales, la valoración del sistema
venoso profundo cerebral, la existencia de circulación colateral, la cuantificación del
vasoespasmo tras la HSA, para realizar estudios de reserva hemodinámica cerebral, es
decir de la capacidad de adaptación de la circulación cerebral a situaciones que puedan
comprometer la circulación cerebral, para la detección de la existencia de microembolias
en el contexto de diversas patologías (cardiopatías valvulares, estenosis carotídea) y
para realizar estudios de comunicación derecha-izquierda por foramen oval permeable o
fístulas arteriovenosas pulmonares.
Las arterias vertebrales se valoran tanto en su tramo
cervical como intracraneal, mediante las técnicas expuestas.
Con el uso de ecopotenciadores aumenta el rendimiento
diagnóstico del DTC y del doppler carotídeo.
Técnicas radiológicas no invasivas.
Angio-RM: las técnicas más modernas alcanzan
grados de concordancia entre la ARM con contraste y la arteriografía, de casi el 100 por
ciento para enfermedad carotídea. Se podría utilizar como prueba de screening previa a
la arteriografía, evitando la morbimortalidad de ésta. Los problemas de la ARM son que
tiende a sobrestimar la estenosis y que, como el doppler, puede reconocer erróneamente
estenosis de alto grado como oclusiones completas.
La ARM es una técnica muy sensible para la detección de
estenosis intracraneales, aunque es poco específica para la distinción entre lesiones
estenóticas y oclusivas intracraneales. Resulta de utilidad también para el diagnóstico
de trombosis de senos venosos, aneurismas y malformaciones arteriovenosas (MAV).
Angio-TAC: requiere la utilización de contraste
i.v. Puede ser más eficaz que la angio-RM para el estudio de segmentos postestenóticos
de bajo flujo. Algunos trabajos muestran que puede ser un test complementario en el
estudio de la HSA cuando una primera angiografía no muestra la presencia de aneurismas.
Arteriografía cerebral
No se debe llevar a cabo si no es para tomar una decisión
terapéutica. Se debe realizar para una valoración exacta de las lesiones estenosantes de
las arterias carótidas previamente a la cirugía, para demostrar la localización del
aneurisma responsable de una HSA, o de aneurismas no rotos de cuya existencia se sospecha.
Otra indicación es la búsqueda de MAV subyacentes a lesiones hemorrágicas.
Aunque la mortalidad de la arteriografía es inferior al 0,1
por ciento, se acompaña de un grado de morbilidad que comprende la aparición de
reacciones anafilácticas, hipotensión, crisis convulsivas y cuadros de isquemia cerebral
(en el 0,3 por ciento de los pacientes), edema agudo de pulmón, insuficiencia renal y
complicaciones locales de la técnica en la zona de punción (hematomas, pseudoaneurismas)
Evaluación cardiológica
ECG: es indispensable en la valoración inicial de
todos los pacientes, para descartar la presencia de alteraciones cardíacas embolígenas
como la fibrilación auricular, el infarto agudo de miocardio y el infarto en fase
crónica con formación de aneurisma ventricular. Suele mostrar alteraciones secundarias
al ictus, consistentes en trastornos del ritmo y, en la HSA, de la repolarización
Holter-ECG: está indicado cuando la historia
sugiera la presencia de arritmias paroxísticas y también cuando estudios más
elementales no lleguen a descubrir la causa del ictus.
Ecocardiograma transtorácico (ETT): es la técnica
de elección para el estudio de las cardiopatías valvulares, la movilidad de la pared
miocárdica, las miocardiopatías, la endocarditis infecciosa, descartar la presencia de
trombos intracavitarios, mixomas, permite diagnosticar la presencia de un aneurisma
disecante de aorta. Cuando la historia clínica sugiera la existencia de alguna de estas
cardiopatías está indicada la realización de un ETT. También se debe realizar para
descartar la presencia de cardiopatía embolígena en sujetos jóvenes con ictus, aunque
la probabilidad de encontrar patología cardíaca por la ecografía en individuos sin
alteraciones clínicas ni electrocardiográficas previas es muy baja. Existen algunas
zonas de difícil acceso para el ETT: la orejuela de la AI, el tabique interauricular y la
raíz aórtica.
Ecocardiograma transesofágico (ETE): Se debe
realizar en ayunas para evitar la aspiración bronquial de contenido gástrico. La
posibilidad de encontrar trastornos ecográficos por ETE en pacientes sin datos de
enfermedad cardíaca es mayor que en el ETT, por lo que está indicado en aquellos
pacientes para los que no se encuentra una causa para el ictus, habiéndose descartado
otras patologías. Mejora la capacidad de detección de cardiopatía embolígena de la TT
en aquellas estructuras que se valoran mal por la TT como el aneurisma del tabique
interauricular, foramen oval permeable, trombos y tumores en la aurícula izquierda,
diagnóstico de endocarditis cuando se tenga la sospecha clínica y no se vea en ETE,
prolapso de válvula mitral, disección aórtica y enfermedad ateromatosa aórtica.
RM cardíaca: permite caracterizar la naturaleza de
las masas cardíacas (mixoma, trombo, liposarcoma, hipertrofia lipomatosa del tabique)
Estudios hematológicos y de laboratorio
El protocolo de estudio debe incluir siempre el hemograma,
estudio básico de coagulación, velocidad de sedimentación globular y proteinograma.
Los ictus asociados a coagulopatía son menos del 0,5 por
ciento de todos los ictus. La existencia de un trastorno de la coagulación no implica que
éste sea el responsable del ictus. La mayoría de los trastornos primarios de la
coagulación dan lugar a la aparición de trombosis venosas, aunque se han descrito
algunos casos de trombosis arteriales e ictus isquémico en relación con estos
trastornos. Por esta razón, debe realizarse una selección de los pacientes subsidiarios
de un estudio exhaustivo de la coagulación, según los siguientes criterios: pacientes de
menos de 55 años con ictus de etiología no demostrada, pacientes de cualquier edad con
ictus recurrentes de causa desconocida, pacientes con episodios previos de trombosis sin
causa aparente, trombosis en pacientes en tratamiento anticoagulante, pacientes con
historia familiar de trombofilia, livedo reticularis, migraña o abortos de repetición.
Dicho estudio debe incluir la determinación de la antitrombina III, proteínas C y S,
factor V Leiden y resistencia a la proteína C activada, anticuerpos antifosfolípido y
electroforesis de hemoglobina.
Es importante tener en cuenta que durante la fase aguda del
ictus se produce un consumo de factores de la coagulación que pueden inducir a una
interpretación errónea de los estudios, por lo que se recomienda no hacer el estudio
hasta pasados 2 o 3 meses. Es conveniente realizar el estudio sin tratamiento
anticoagulante oral (proteínas C y S), y sin heparina para el déficit de AT III.
La determinación de la homocistinemia puede llevar al
diagnóstico de homocistinuria severa en sujetos jóvenes y niños con arteriosclerosis
precoz, retraso mental y alteraciones óseas y oculares. Se ha encontrado una relación
entre la presencia de niveles elevados de homocisteína en sangre y el desarrollo de
enfermedad cerebrovascular. Sin embargo aun no se ha determinado si la reducción de los
niveles séricos de la misma a través de la administración de ácido fólico y vitamina
B reduce el riesgo de nuevos ictus e pacientes con niveles elevados de homocisteina.
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