CIRROSIS HEPÁTICA
Hepatocarcinoma
Introducción
El carcinoma hepatocelular (CHC) representa el 80-90 por
ciento de los tumores hepáticos primarios en nuestro medio. Aparece en el 90 por ciento
de los casos en pacientes cirróticos en los que supone la primera causa de muerte. Un 5
por ciento de los pacientes con cirrosis compensada son portadores de un CHC, porcentaje
que alcanza el 15-20 por ciento en pacientes con hemorragia por varices esofágicas,
peritonitis bacteriana espontánea o encefalopatía hepática. Cualquier enfermedad
hepática inflamatoria tiene el potencial de producir CHC cuando alcanza el estadio de
cirrosis. En nuestro medio la infección por el virus C de la hepatits (VCH) esta
implicada en el 75 por ciento y el virus B de la hepatitis (VBH) en el 10 por ciento. El
alcohol no parece que posea un efecto carcinogenético directo. Otros tóxicos como la
aflatoxina B, importante en lugares como China y Mozambique, y enfermedades metabólicas y
hereditarias como la hemocromatosis y el déficit de a1-antitripsina se han relacionado en
distinta medida con un mayor riesgo de padecer CHC. La enfermedad es unas cuatro veces
más frecuente en varones, con una edad media de presentación entre los 40 y los 60
años. Según recientes estudios, en EEUU y Europa Occidental existe un aumento en la
incidencia de CHC en las últimas décadas cuyas causas aun no están aclaradas.
Patología
Histológicamente puede encontrase un abanico de morfologías
entre el nódulo de regeneración y el tumor maligno. La displasia celular es un estadio
premaligno que se encuentra en el 60 por ciento de los hígados cirróticos con CHC por
solo un 10 por ciento de los CHC sobre hígados normales. Existen tres patrones de
crecimiento: Expansivo (con márgenes delimitados y a veces encapsulado), multifocal y
difuso. La diseminación a distancia aparece con la afectación vascular, produciendo
depósitos tumorales en cualquier localización pero especialmente en hueso y pulmón. La
presencia de bilis o glucógeno en una metástasis suele indicar que el tumor primario es
hepático. Los linfáticos del hílio hepático están frecuentemente infiltrados, al
igual que los mediastínicos y cervicales. Puede afectar al peritoneo y provocar una
ascitis hemorrágica que suele ser un evento terminal.
El carcinoma fibrolamelar es un subtipo histológico raro que
ocurre casi exclusivamente en mujeres jóvenes sin cirrosis. Suele tratarse de un tumor
único, no encapsulado, que no suele producir metástasis ni elevación de la
a-fetoproteina y cuyo pronóstico es bastante más favorable.
Manifestaciones clínicas
Los pacientes que desarrollan CHC no suelen tener otros
síntomas que los relacionados con su hepatopatía crónica. Debe sospecharse CHC en
aquellos pacientes cirróticos compensados que desarrollan una descompensación como
ascitis, EH, ictericia o hemorragia por varices. Estas complicaciones a menudo están
asociadas con extensión del tumor hacia la vena porta o las suprahepáticas. Algunos
pacientes pueden presentarse con síntomas poco específicos como malestar general, dolor
abdominal, pérdida de peso, saciedad precoz, vómitos, disnea o febrícula y cuando esto
sucede con frecuencia la enfermedad se encuentra demasiado avanzada.
La exploración física pone de manifiesto los signos de la
enfermedad hepática subyacente. Además puede encontrarse una masa abdominal o un soplo
en hipocondrio derecho. La valoración analítica básica debe incluir un hemograma,
bioquímica con perfil hepático y tiempo de protrombina. Existe hipoglucemia en un tercio
de los casos, raras veces sintomática, relacionada con el tamaño tumoral y con
sustancias insulin-like. La hipercalcemia, la eritrocitosis y la diarrea secretora son
otros síndromes paraneoplásicos producidos por la secreción de péptidos por el tumor.
Diagnóstico y estadificación
El diagnóstico del CHC se basa en la cito-histología aunque
puede asumirse el diagnóstico por la coincidencia de dos técnicas de imagen junto a una a-fetoproteína mayor de 100 pg/ml.
Ecográficamente el CHC es una lesión pobremente definida, de patrón heterogéneo,
hipoecogénico cuando el tumor es pequeño haciéndose hiperecogénico conforme crece,
puede ser difícil de distinguir del parénquima circundante, sobre todo en pacientes
obesos, en presencia de gas abdominal y en lesiones subdiafragmáticas. La sensibilidad,
especificidad y valor predictivo positivo de la ecografía en un estudio diseñado a tal
fin, fue del 71, 93 y 15 por ciento respectivamente. El TC Abdominal se realiza con
frecuencia para evaluar anormalidades detectadas en la ecografía. Recientemente el TC
helicoidal con contraste incrementa la sensibilidad hasta el 90 por ciento, de forma
similar a la RMN que permite además diferenciar el CHC de otras lesiones pseudotumorales
como la infiltración grasa focal, los nódulos de regeneración y las lesiones vasculares
como el hemangioma.
El lipiodol inyectado en la arteria hepática mediante
arteriografía es captado y "lavado" por los hepatocitos normales, pero persiste
después de tres semanas en los tumorales, siendo capaz de detectar hasta el 96 por ciento
de los CHC. La necesidad de confirmación histológica del CHC es objeto de controversia,
la biopsia hepática guiada conlleva un pequeño riesgo de diseminación tumoral por el
trayecto de la aguja y la aspiración con aguja fina tiene demasiados falsos positivos.
La clasificación de Okuda, además del TNM clásico, es el
sistema de estadiaje más aceptado. La enfermedad se cataloga como estadio I, II o III
según que el paciente presente ninguno, hasta 2 o hasta 4 de los siguientes signos: Más
del 50 por ciento del volumen hepático ocupado por el tumor, albúmina Inferior a 3 g/dl
(+), Bilirrubina superior a 3 mg/dl y ascitis.
Detección y prevención
En el momento del diagnóstico del CHC la mediana de
supervivencia es de 6-20 meses, debido a que cuando el tumor se manifiesta ha alcanzado un
tamaño demasiado grande y produce ya invasión vascular y diseminación a distancia. Con
el fin de detectar la enfermedad en estadios mas precoces y tratables se han instaurado
programas de detección en muchos países.
En pacientes cirróticos es generalmente aceptada la
realización de a-fetoproteína y
ecografía abdominal cada seis meses, aunque esta estrategia no ha demostrado mejorar los
resultados a pesar de que realizadas conjuntamente alcanzan una sensibilidad diagnóstica
del 80 por ciento.
Una elevación de la a-fetoproteína debe suscitar la sospecha de CHC, si bien niveles superiores a
20 pg/ml ofrecen una sensibilidad, especificidad y valor predictivo positivo del 64, 91 y
9 por ciento respectivamente. Desgraciadamente, hasta un 40 por ciento de pacientes con un
CHC pequeño no producen a-fetoproteína.
La a-fetoproteína además se
encuentra elevada en el embarazo, los tumores gonadales y durante los brotes de
replicación en las hepatopatías virales.
La profilaxis primaria consiste en evitar la transmisión del
VCH y VBH mediante las medidas de prevención que deberían ser universales y las
campañas de vacunación contra el VBH.
Tratamiento
Actualmente el tratamiento del CHC es un tema de debate y un
área de extensa investigación clínica. No existen aún estudios controlados que
comparen las distintas modalidades terapéuticas. Los principales factores pronósticos de
supervivencia son la extensión tumoral, el deterioro funcional de la hepatopatía de base
y el estado general del paciente. Solamente un 15-20 por ciento de pacientes se podrán
beneficiar de tratamientos potencialmente curativos (resección quirúrgica, trasplante
hepático y tratamientos locales). Para los restantes no existe ninguna evidencia de que
los tratamientos paliativos tengan algún impacto sobre la supervivencia.
Resección quirúrgica
Se considera la primera opción terapéutica en pacientes con
buena función hepática, tumor resecable y ausencia de factores pronósticos de recidiva;
se considera tumor resecable al nódulo único inferior o igual a 5 cm. Las recurrencias
postoperatorias son frecuentes y representan lesiones "de novo", afectación de
los márgenes quirúrgicos o tumor multicéntrico no reconocido en el momento de la
resección. Los factores que se asocian con un mayor riesgo de recidiva son la existencia
de invasión microvascular, ausencia de pseudocápsula con márgenes positivos y la
presencia de nódulos satélite. Cuando se comprueba en la pieza quirúrgica la presencia
de estos datos los pacientes pueden ser individualmente considerados para trasplante
hepático. La mortalidad asociada con la resección en pacientes cirróticos aconseja que
se limite ésta a pacientes sín cirrosis o con cirrosis compensadas (grupo A de
Child-Pugh) sin hipertensión portal (presión portal <10 mm Hg) ni aumento de la
bilirrubina. Utilizando estos criterios se consigue una tasa de supervivencia del 80-90
por ciento al primer año y del 37-50 por ciento a los 5 años con una mortalidad
operatoria inferior al 5 por ciento.
La quimioterapia, quimioembolización o radioterapia
adyuvantes no han reducido la tasa de recurrencia ni mejorado la supervivencia después de
la resección hepática. Los controles postoperatorios se realizan con ecografía y/o TC
cada tres meses el primer año y cada seis meses los siguientes. Ante la sospecha de
recidiva se establecerá la misma pauta diagnóstico-terapéutica que con el tumor
primario. El principal inconveniente de la resección quirúrgica y de los tratamientos de
ablación local es el alto riesgo de desarrollar CHC metácrono, ya que no se modifica el
potencial neoplásico del hígado cirrótico.
Trasplante hepático
Los datos actuales sugieren que el trasplante hepático está
indicado en pacientes menores de 65 años con CHC único menor de 5 cm o en caso de 3 o
menos lesiones, todas ellas menores de 3 cm. Con estos criterios se han conseguido
resultados muy superiores a los de las primeras series, con supervivencias del 70 por
ciento a los 5 años y una tasa de recidiva insignificante. Desde un punto de vista
oncológico ofrece las mayores posibilidades de curación ya que elimina el tumor así
como el potencial neoplásico del hígado cirrótico. Sin embargo presenta el problema de
la cirugía, la inmunosupresión a largo plazo y la falta de órganos que obliga a los
enfermos a estar en lista de espera. Durante esta espera hasta un 25 por ciento de los
pacientes fallecerán o se considerará contraindicada la intervención por no cumplir los
criterios iniciales de inclusión. Ningún tratamiento coadyuvante durante este periodo
hasta el trasplante hepático ha demostrado, hasta la fecha, mejorar estos resultados.
Tratamiento percutáneo
La inyección percutánea de etanol guiada por ecografía es
el método mas extendido dentro de esta categoría, dada su eficacia, bajo coste,
seguridad y relativa sencillez. Puede realizarse de forma ambulatoria dos veces por semana
con 2-12 cc de alcohol durante 3-15 sesiones. Se considera indicado en pacientes con
nódulo único de localización favorable, menor o igual a 3 cm, que no son candidatos a
resección o trasplante hepático. Con estos criterios la supervivencia a 1 y 3 años es
del 90 y 63 por ciento respectivamente con una tasa de complicaciones del 1,7 por ciento.
No hay estudios controlados que comparen la inyección percutánea de alcohol con la
resección quirúrgica o con la ausencia de tratamiento. No está indicado en pacientes
con ascitis masiva, riesgo elevado de sangrado (actividad de protombina menor del 40 por
ciento o menos de 40.000 plaquetas), ictericia obstructiva o lesiones muy superficiales en
las que es probable la extravasación de etanol al peritoneo y la necrosis tumoral de los
bordes es incompleta. El mejor método diagnóstico para evaluar la eficacia del
tratamiento es el TC Abdominal, ya que la captación de contraste en la fase de bolus se
correlaciona con la presencia de tumor residual viable.
La criocirugía, coagulación por microondas y ablación por
radiofrecuencia son nuevas modalidades de tratamiento local que no se han mostrado
superiores a la alcoholización.
Tratamientos paliativos
La radioterapia convencional no es una técnica aplicable al
CHC dada la mala tolerancia del hígado a la radiación. Nuevas técnicas como la
radioterapia con protón beam y la infusión intra-arterial con lipiodol-I131 están
siendo ensayadas.
La oclusión de las ramas arteriales del tumor mediante la
embolización transcateter con diversos materiales produce necrosis parcial y retraso de
la progresión tumoral sin causar efecto sobre la supervivencia. La indicación mas clara
de embolización es el hemoperitoneo secundario a rotura del tumor; con ello se consigue
la hemostasia en la mayoría de los casos. La asociación de un agente quimioterápico
(adriamicina, cisplatino) aumenta la tasa de complicaciones sin obtener mejores
resultados.
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