CIRROSIS HEPÁTICA
Ascitis
Se define esta entidad como el
exceso de líquido en la cavidad peritoneal, que en situación fisiológica se cifra en
solo unos pocos centímetros cúbicos.
Alrededor del 80 por ciento de los pacientes con ascitis presentan
una cirrosis hepática subyacente. Existen otras posibles etiologías no hepáticas (20
por ciento), y en ocasiones se encuentra una superposición de diferentes causas.
La ascitis es, dentro de las descompensaciones mayores de una
hepatopatía crónica evolucionada (encefalopatía y sangrado por varices
esofagogástricas ), la más frecuente. Aproximadamente el 50 por ciento de los pacientes
con cirrosis compensada desarrollarán ascitis en un intervalo prospectivo de 10 años y
la mitad de los pacientes con ascitis fallecerán en un plazo de 2 años; por ello se ha
incluido la ascitis como una de las indicaciones para valorar la indicación del
trasplante. Estos datos no pretenden más que resaltar la importancia vital y pronóstica
de esta descompensación.
Fisiopatología
Las teorías patogénicas del inicio,
formación y mantenimiento de la ascitis, que previamente se postulaban (la del bajo
llenado y la del exceso de flujo) han quedado reunidas en la "teoría de la
vasodilatación arterial periférica".
En la figura 6 se muestra esquemáticamente el proceso, el primer
paso consiste en el desarrollo del síndrome de hipertensión portal (expuesto en otro de
los artículos de esta monografía), una vez que este estado empeora, los mecanismos
homeostáticos fisiológicos se activan y se inicia o agrava la retención renal de sodio
a través de los receptores de presión y volumen corporales, y mediante distintos
sistemas, como el de la hormona antidiurética, el sistema nervioso simpático y el
sistema renina-angiotensina-aldosterona.
Dada la vasodilatación periférica y el llenado arterial
insuficiente (más aumento del continente que del contenido) el mecanismo se perpetua y
agrava, conduciendo a la formación de la ascitis, dado el desequilibrio de las fuerzas de
Starling en el abdomen y la producción de liquido linfático hepático superior a la
capacidad de reabsorbción. Con el paso del tiempo, y bajo la acción de los mismos
factores se producirá deterioro de la función renal pudiendo finalizar en el estadio
terminal o síndrome hepatorrenal.
Diagnóstico de la ascitis
El diagnóstico se sustenta en una adecuada historia
clínica, seguida de una precisa exploración física encaminada a detectar, primero la
presencia de ascitis y en segundo lugar cuál o cuáles son los procesos etiológicos. En
un estudio ulterior se buscará la posible causa desencadenante y si esta ascitis presenta
alguna otra complicación asociada (infección, hidrotórax, hernias). Su evaluación debe
permitir alcanzar dos conclusiones básicas para el médico; primero, el tratamiento más
apropiado para este síndrome y segundo calcular el pronóstico a corto y medio plazo para
prever un posible trasplante.
La ascitis puede presentarse en el contexto del seguimiento
clínico de un paciente con hepatopatía conocida, o por el contrario aparecer "de
novo" sin factor causal conocido. Tanto en uno como en otro caso, los motivos de
consulta pueden ser molestias postprandiales, sensación de hinchazón y pesadez, aumento
del perímetro abdominal, ganancia de peso, incapacidad para vestirse con las mismas
tallas de ropa que previamente usaba y, en ocasiones, edemas periféricos.
En la exploración física se deben buscar los signos
típicos de esta entidad, como son la matidez en los flancos, matidez cambiante con el
paso alternativo de la posición supina a la de decúbito lateral, oleada ascítica y el
aspecto clásico del abdomen en batracio. No obstante, para la apreciación de ascitis
durante la exploración física se requiere aproximadamente un volumen de 1.500 cc para
que la matidez sea perceptible.
Por ello, y entrando en el campo de las exploraciones
complementarias, la prueba que nos permitirá descubrir menores cantidades de líquido es
la ecografía, que detecta hasta 100 cc de fluido ascítico; esta valiosa exploración nos
aportará además datos sobre la morfología hepática y su vascularización (calibre y
permeabilidad), la presencia de adenopatías, de lesiones ocupantes de espacio
(hepatocarcinoma), de trombosis portal y del resto de los órganos intraabdominales; la
conjunción de todos estos datos, inducirá un diagnóstico, en muchas ocasiones.
En la tabla V se muestran aquellos cuadros que presentan
diagnóstico diferencial con la presencia de ascitis, y en los que la ecografía se
muestra básica para su diagnóstico.
Tabla
V
Entidades que pueden confundirse con la presencia de ascitis |
|
En la exploración general se prestará atención a la presencia de los estigmas
cutáneos de la hepatopatía crónica como son: el eritema palmar, las arañas vasculares,
las colaterales venosas prominentes en la pared abdominal y el fetor hepático. Para
completar la exploración se descartarán otras posibles descompensaciones de la cirrosis,
como la encefalopatía (asterixis), la infección del líquido ascítico (dolor abdominal)
y la hemorragia digestiva (melenas y hematemesis).
Una vez en este punto, ya nos debemos encontrar en
condiciones de decidir las exploraciones complementarias a realizar. Es básica la
evaluación del estado circulatorio general (tensión arterial, frecuencia cardíaca),
así como de la función renal (ionograma, creatinina, urea plasmática, natriuresis y
potasio urinario en 24 horas, junto con un sedimento urinario y diuresis diaria), sin
olvidar una analítica general con hematometría, perfiles hepáticos y estudio de
coagulación.
La confirmación final está basada en la realización de una
ecografía y paracentesis diagnóstica para la obtención de una muestra de líquido
ascítico y su análisis; éste, junto con los datos clínicos y físicos permiten
dilucidar la causa de la ascitis. Si se confirma el origen hepático, la evaluación del
estadio mediante la clasificación de Child-Pugh (ya comentada) nos dará información
pronóstica.
La paracentesis diagnóstica se realizará a todo paciente
que desarrolle ascitis "de novo", así como a todo paciente hepatópata que vaya
a ser ingresado y tenga ascitis o experimente un empeoramiento de su situación clínica.
La paracentesis se efectúa, la mayoría de las veces, con el paciente tumbado en
decúbito supino, y el sitio de punción suele corresponder en la región de la fosa
ilíaca izquierda a un punto situado en la línea imaginaria que une el ombligo con la
espina ilíaca anterosuperior a unos dos tercios del ombligo. No obstante, el punto a
escoger depende del volumen de líquido, del espesor de la pared abdominal y de las
características anatómicas o estructurales del paciente (cicatrices quirúrgicas
previas, hernias, hematomas, circulación colateral), existiendo sitios alternativos
(línea media, fosa ilíaca derecha). En ocasiones cabe recurrir a la ecografía para el
marcaje del punto cuando la cantidad de líquido es mínima, existe una obesidad marcada o
múltiples cicatrices quirúrgicas. No existen prácticamente contraindicaciones para
realizar esta técnica, salvo cuando hay evidencia clínica de fibrinolisis o coagulación
intravascular diseminada; la coagulopatía (leve o moderada) que frecuentemente se asocia
a la hepatopatía no es indicación para la transfusión de plasma y plaquetas antes de
realizar una paracentesis.
El análisis del líquido ascítico incluirá en un primer
momento determinaciones para recuento celular (total y diferencial), glucosa y proteínas
totales. Posteriormente se precisarán los resultados de albúmina, cultivos y otros,
dependiendo de la sospecha etiológica (LDH, triglicéridos, amilasa, bilirrubina, ADA,
Ziehl y Lowenstein, citología).
Ya en la misma obtención de la muestra, el aspecto nos puede
orientar; normalmente un líquido ascítico no complicado; esto es, no traumático y sin
infección, suele ser transparente y ligeramente amarillento, si bien los resultados del
análisis serán la base del diagnóstico. Es más, la actual clasificación etiológica
se realiza valorando el gradiente sero-ascítico de albúmina (diferencia entre la
concentración plasmática y del líquido ascítico de albúmina), lo que también
presentará implicaciones terapéuticas. Este valor, basado en el balance
hidrostático-oncótico, se correlaciona con la presión portal y muestra ser una adecuada
herramienta. En la tabla VI se muestra una clasificación aplicando este criterio, con una
aproximación porcentual en cuanto a su frecuencia etiológica.
Tabla VI
Gradiente seroascítico de albúmina |
| >/=
1.1 g/ dl |
<
1.1 g / dl |
Cirrosis hepática ( 80 por ciento)
Hepatitis alcohólica
Insuficiencia hepática aguda grave
Hígado graso del embarazo
Tumores hepáticos primarios
(hepatocarcinoma)
Metástasis hepáticas masivas
Síndrome de Budd-Chiari
Enfermedad venooclusiva
Trombosis portal
Ascitis cardíaca (5 por ciento)
Mixedema
Ascitis mixtas ( 5 por ciento) |
Carcinomatosis peritoneal (10 por ciento)
Mesotelioma peritoneal
Síndrome de Meigs
Tuberculosis ( 2 por ciento)
Infección por bacterias, hongos y
parásitos
Ascitis pancreática
Ascitis biliar( postquirúrgica o traumática)
Ascitis quilosa( obstrucción linfática por traumatismo, linfoma,
tuberculosis,filaria, anormalidades congénitas)
Hipoalbuminemia severa (síndrome nefrótico, enteropatía pierde
proteínas, malnutrición)
Diálisis peritoneal
Serositis en las conectivopatías
Peritonitis granulomatosa: Crohn, sarcoidosis |
La existencia de un gradiente seroascítico mayor o igual a 1.1
nos indica que el paciente presenta hipertensión portal con una seguridad del 97 por
ciento, y que probablemente responderá a una terapia restrictiva salina y al uso de
diuréticos. Ello es debido a hipertensión portal sinusoidal (cirrosis hepática) o
postsinusoidal (obstrucción de las venas suprahepáticas o patología cardiaca). Estos
líquidos, en ausencia de infección y paracentesis traumática, muestran una escasa
celularidad (leucocitos< 500/ mm3) y un bajo contenido protéico (si bien un 5-10 por
ciento de las ascitis cirróticas tienen proteinas elevadas igual que las de origen
cardiaco y el Budd-Chiari).
Por el contrario un gradiente menor a 1.1 g/ dl implicará la
ausencia de hipertensión portal con una seguridad del 97 por ciento y no responderá a
esas medidas, salvo en el síndrome nefrótico. Estas ascitis suelen ser debidas a
procesos inflamatorios o neoplásicos del peritoneo. Así, en la mayor parte de ellas
encontramos un aumento en la celularidad (leucocitos > 1000/mm3) y en la concentración
de proteínas totales (> 3 g/dl). La causa más frecuente de un gradiente bajo es la
carcinomatosis peritoneal, cuya demostración se establece por la obtención de células
tumorales en la citología. En la tuberculosis predomina la estirpe linfocitaria en la
celularidad, sospechándose por el aumento de la actividad de la adenosindeaminasa y
confirmándose por un Lowenstein positivo. En una ascitis pancreática la concentración
de amilasa en el líquido ascitico supera a la plasmática y es en general > 300 UI/ l.
Para la fiabilidad del resultado es conveniente sacar las dos
muestras (suero y ascítis) simultáneamente y prestar atención a factores (albuminemia
extremadamente baja, hiperglobulinemia periférica, ascitis quilosa) que podrían
interferir con el resultado. Recalcar de todas maneras, que un gradiente elevado no
diagnóstica una cirrosis sino simplemente indica la presencia de hipertensión portal.
Se debe estimar la cantidad de la ascitis, que dependerá
tanto del volumen real de la misma como de la tensión (tono muscular) de la pared
abdominal y valorarlo conjuntamente junto con la presencia o ausencia de edemas
periféricos. Así, a grandes rasgos, se puede estimar en grado 1 (pequeño volumen), 2
(moderado, entre 3- 6 litros) y 3 (gran volumen, 10 litros, a veces a tensión).
Tratamiento
Como hemos visto en el apartado anterior, la terapéutica
estará en función de la causa de la ascitis, y para ello la determinación clave es el
cálculo del gradiente sero-ascítico de albúmina que implica una probable respuesta a la
restricción salina y los diuréticos.
Dado que el alcohol, con o sin infección por el virus de la
hepatitis C, constituye la causa más frecuentes de cirrosis hepática en nuestro medio,
una medida lógica, básica y coherente es intentar tratar el proceso hepático subyacente
mediante el cese absoluto de la ingesta enólica. No nos cansaremos de enumerar los casos
de ascitis de mal control que mejoraron o incluso desaparecieron, con el simple hecho de
interrumpir el consumo alcohólico. Esto desgraciadamente no se puede lograr con otro tipo
de hepatopatías (virales, autoinmunes, por sobrecarga de hierro, enfermedad de Wilson)
donde la reversibilidad del proceso y la terapia específica a aplicar son menos eficaces.
En la figura 6 se mostraba el esquema patogénico de la formación de la ascitis, que nos
va a servir para la exposición ordenada de los procedimientos terapéuticos utilizables.
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| Figura 6. Fisiopatología de la
ascitis |
Todo paciente con un primer episodio de ascitis, aquellos con
grandes volúmenes de líquido o de difícil control del mismo ambulatoriamente deben
ingresar en el hospital para un diagnóstico definitivo y manejo específico; ello
incluirá en muchos casos una nueva o insistente educación en las medidas básicas para
el control de la ascitis como son la dieta hiposódica y los diuréticos. Muchos de estos
presentarán una complicación añadida a su problema como es la presencia de infección,
hemorragia digestiva, encefalopatía o carcinoma hepatocelular.
En régimen ambulatorio, por parte de su propio médico de
cabecera o familia, se continuará insistiendo en las herramientas básicas (dieta y
diurético) para el manejo de esta complicación. La pérdida de líquido y los cambios de
peso están en relación directa con el balance salino en este tipo de pacientes. Por otra
parte, se debe prestar atención sobre aquellos factores que pueden agravar o precipitar
la descompensación hidrópica. Entre ellos se encuentra el uso de medicación hepato y
nefrotóxica como pueden ser los antiinflamatorios no esteroideos (AINES) y determinados
antibióticos.
Otro hecho a investigar consiste en la valoración del factor
que ha podido precipitar la formación de ascitis, en muchas ocasiones estará en
relación con una trasgresión dietética, abandono de los diuréticos o una causa
intercurrente como una infección, el desarrollo de un hepatoma o trombosis portal. En
otras ocasiones la sueroterapia tras una hemorragia por varices o en un contexto
periquirúrgico explica esta acumulación líquida. Con la corrección de estos factores,
si es posible, y una analítica sanguínea y urinaria efectuaremos la modificación del
tratamiento según indicamos a continuación.
-Dieta hiposódica: Se recomienda una restricción sódica
diaria en torno a los 88 mmol/día, equivalente a unos 2 gramos diarios. Restricciones
superiores conllevan un claro incumplimiento por el raro o mal sabor de los alimentos a
ingerir. Es el adecuado control en el aporte salino y no el ahorro en la ingesta líquida
lo que consigue la pérdida de peso, ya que el agua sigue pasivamente al sodio en su
camino. Sólo se debe llegar a una restricción hídrica cuando exista una severa
hiponatremia , en torno a valores de 120 mmol/l o menores.
Para una buena valoración del tratamiento es conveniente
conocer la excreción de sodio en 24 horas y el peso diario. Una ayuda para la
comprobación de la correcta recogida de 24 horas de la orina, consiste en valorar la
creatinina urinaria ya que un varón cirrótico suele excretar entre 15-20 mg por
kilogramo de peso y día y una mujer entre 10-15 mg. Valores inferiores indican una
recolección incompleta. Si no se pierde peso adecuadamente puede ser debido a una
excreción de sodio insatisfactoria, a una ingesta excesiva del mismo o a ambas. Si un
paciente gana peso con una adecuada natriuresis (pierde más sodio en orina de lo
teóricamente prescrito en la dieta) claramente está incumpliendo las medidas
dietéticas. La pérdida de peso (y de volumen ascítico) implica que la pérdida urinaria
de sodio excede a la de la ingesta.
-Diuréticos: Solamente un 10-15 por ciento de los pacientes
tienen una natriuresis espontánea suficiente para ser mantenidos únicamente con dieta
hiposódica. A esto se une la preferencia (algunas veces no del todo intencionada) de
tomar una pequeña dosis de diurético y "tener la manga más ancha" con la
dieta.
El diurético principal es la espironolactona, el cual es de
acción lenta (tarda de 48 a 72 horas en iniciar su efecto) y potencia leve al conseguir
pequeños incrementos en la natriuresis; no obstante revierte el patrón de
hiperaldosteronismo en orina que muchos de estos pacientes presentan. Se asocia a la
furosemida en una relación constante, comenzando con 100 mg de espironolactona y 40 mg de
furosemida en una única dosis matutina por vía oral. Si esta dosis se muestra
insuficiente para disminuir el peso (la evaluación del tratamiento diurético se hará en
4-5 días) se pueden aumentar ambos fármacos en una relación constante 100/40, 200/80,
300/120 hasta una dosis máxima de 400/160 mg, respectivamente. Esta relación suele
mantener un estado de normokaliemia, pero pueden ser necesarios ajustes en las dosis de
cada fármaco. La espironolactona puede sustituirse por amiloride que no causa
ginecomastia y su administración intravenosa debe evitarse ya que causa bruscos descensos
en la tasa de filtrado glomerular y puede empeorar su estado. Los pacientes con procesos
parenquimatosos renales (nefropatía diabética o nefropatía por Ig A) pueden necesitar
mayores dosis de furosemida que de espironolactona por la tendencia a la hiperkaliemia. La
pérdida de peso diaria adecuada no debe superar 0.5 kg en los pacientes sin edemas y sin
límite cuando existen edemas masivos. No es necesario un abdomen sin ascitis para un alta
hospitalaria sino que valorada su buena evolución (adecuada pérdida de peso sin
desarrollo de anormalidades analíticas ni de otro tipo) puede pasar a ser manejado en
régimen ambulatorio en 7-14 días. Ahí se prestará atención a datos clínicos como el
peso, constantes fisiológicas, síntomas de ortostatismo, y analítica sérica
(electrolitos, creatinina) y urinaria (natriuresis de 24 horas) para hacer las
modificaciones pertinentes en caso de ser necesarias. Las instrucciones sobre el
tratamiento, dieta, diuresis, peso diario y de las posibles complicaciones que pudieran
surgir, para el paciente y su familia, conviene darlas por escrito. En caso de que el
paciente detecte alguna modificación en su estado rápidamente se pondrá en contacto con
su médico de Atención Primaria o especialista para evaluarlo. El posterior seguimiento
lo marcará la propia evolución del proceso comenzando cada dos o cuatro semanas y
después, si el curso es adecuado, a intervalos mayores.
En caso de encefalopatía, hiponatremia menor de 120 mmol/l
aún con restricción hídrica, y creatinina sérica mayor de 2 mg/dl se deben interrumpir
los diuréticos y reevaluar la situación, lo que en muchas ocasiones implicará recurrir
a tratamientos de segunda línea.
Algunos pacientes no acuden al médico hasta que surgen
síntomas tan incapacitantes como disnea o dificultad para comer. En casos de ascitis a
tensión, lo indicado es realizar una paracentesis evacuadora con la posterior infusión
de albúmina si se han extraido más de 4 ó 5 litros, y comenzar a su vez con las medidas
anteriores para evitar la reacumulación del líquido.
Ascitis refractaria
Se define como tal aquella que no responde a la restricción
salina ni a dosis máximas de diuréticos en ausencia de inhibidores de las
prostaglandinas como los AINES. Los estudios demuestran que esto ocurre en menos del 10
por ciento de los pacientes.
El pronóstico es pésimo, ya que la supervivencia de estos
pacientes a los 12 meses no supera el 25 por ciento, falleciendo el 50 por ciento en los
primeros 6 meses.
Esta entidad se subdivide en dos:
-Ascitis resistente a diuréticos: es aquella que no puede
ser eliminada satisfactoriamente pese a alcanzar dosis máximas de éstos (natriuresis
<78 mmol/día). Muchos pacientes que inicialmente son así etiquetados, en realidad no
realizan un cumplimiento dietético adecuado. Para ello es preciso valorar la natriuresis
en 24 horas: si excreta más de 78mmol/ día de sodio y consume menos de 88mmol/día
debería perder peso (ya que las pérdidas extraurinarias de sodio en ausencia de fiebre y
diarrea son < 10 mmol/dia). Si no perdiera peso y excretara menos de 78 mmol/dia de
sodio deberían aumentarse la dosis de diuréticos para incrementar esta excreción. Así,
los verdaderos pacientes con ascitis resistentes eliminan una orina casi sin sodio, pese a
dosis máximas de diuréticos.
-Ascitis intratable por diuréticos: es aquella que no se
controla adecuadamente por las complicaciones relacionadas con los diuréticos:
encefalopatía hepática sin otro factor desencadenante, insuficiencia renal con un
aumento de la creatinina sérica superior a 2 mg/ dl, hiponatremia definida por un nivel
inferior a 120 mEq/l, hipo o hiperkaliemia con límites < de 3 mEq/l y > de 6 mEq/l
a pesar de medidas terapéuticas para su corrección.
Llegados a este punto se pueden barajar distintas opciones
como son la colocación de un shunt peritoneovenoso, de un TIPS (shunt portocava
intrahepático transyugular), la realización de paracentesis evacuadoras periódicas y el
trasplante hepático. En la actualidad y con los estudios disponibles, se tiende a
utilizar el método más antiguo conocido (lleva en uso más de 2000 años, desde la
antigua Grecia), es decir paracentesis evacuadoras periódicas con reposición de
albúmina. Cuando se requieren en un intervalo menor de 2 semanas, extracciones de
líquido superiores a los 10 litros el paciente claramente no cumple la dieta.
En el algoritmo de la figura 7, se presenta un
resumen de lo expuesto en el apartado terapéutico.

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| Figura 7:Algoritmo en el tratamiento
de la ascitis |
Complicaciones
Las complicaciones relacionadas con la ascitis son:
-Hidrotórax: acumulo de líquido ascítico en el espacio
pleural, frecuentemente unilateral y derecho, debido a pequeños defectos en el
hemidiafragma. Su clínica suele ser de disnea. Su manejo es difícil, ya que suele
presentarse en pacientes con refractariedad en el control de la ascitis. Las medidas más
seguras y efectivas son la restricción salina dietética y los diuréticos. Como segunda
línea se describe la toracoscopia con cierre de las comunicaciones anatómicas y
pleurodesis química posterior.
-Hernias en la pared abdominal: son frecuentes en pacientes
con ascitis y suelen asentar a nivel umbilical o donde se había producido previamente una
incisión (eventración). Dada la alta tasa de complicaciones de las mismas se propone un
tratamiento quirúrgico electivo; la ascitis debe ser evacuada preoperatoriamente para
evitar en la medida de lo posible la recurrencia del proceso herniario.
|Sumario |