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PROGRAMA ANUAL 2000-2001
DE FORMACIÓN CONTINUADA ACREDITADA
PARA MÉDICOS DE ATENCIÓN PRIMARIA

 

Hipertensión arterial

Tratamiento de la hipertensión arterial

El objetivo principal del tratamiento de los pacientes con una presión arterial elevada es obtener la máxima reducción posible del riesgo total de morbilidad y mortalidad cardiovascular. Ello requiere un tratamiento y control de todos los factores de riesgo reversibles identificados, como son el tabaquismo, el colesterol elevado o la diabetes, así como el tratamiento apropiado de los trastornos clínicos asociados, a la vez que el tratamiento de la elevación de la presión arterial en sí. La intensidad con la que el clínico trata estos factores de riesgo aumenta en relación directa con el número y la gravedad de los factores, con la existencia de trastornos clínicos asociados y con el aumento del riesgo absoluto de episodios cardiovasculares graves.

Dado que la relación entre el riesgo cardiovascular y la presión arterial es continuo, sin que exista un umbral inferior, el objetivo del tratamiento antihipertensivo debe ser el de restablecer los valores de presión arterial definidos como "normales" u "óptimos". De hecho, existen datos que indican que un factor determinante importante de la reducción del riesgo que confiere el tratamiento antihipertensivo es el valor de presión arterial alcanzado.

La comparación de los resultados obtenidos en 3 grupos de pacientes a los que se asignaron aleatoriamente objetivos de presión arterial diferentes en el estudio HOT (presión arterial diastólica inferior a 90, 85 u 80 mmHg) no permitió detectar diferencias significativas en el riesgo de enfermedad cardiovascular entre grupos con objetivos adyacentes. Sin embargo, los resultados de este estudio confirman que no se produce aumento del riesgo cardiovascular en los pacientes asignados aleatoriamente al grupo de objetivo de presión más bajo (presión diastólica menor de 80 mmHg). En los pacientes diabéticos del estudio HOT, se observó un riesgo de enfermedad cardiovascular significativamente inferior en los pacientes a los que se les asignó el objetivo de presión arterial más bajo.

De forma análoga, los resultados del UK Prospective Diabetes Study pusieron de manifiesto que un control estricto de la presión arterial (alcanzando una media de presión arterial de 144/82 mmHg) proporcionaba una reducción considerable del riesgo de episodios cardiovasculares graves, en comparación con un control menos estricto de la presión (alcanzando una media de presión arterial de 154/78mmHg).

Parece deseable, pues, intentar conseguir unos valores de presión arterial óptimos o normales en los individuos jóvenes, de mediana edad o diabéticos (inferior a 130/85 mmHg) y, como mínimo, una presión arterial normal alta en los pacientes ancianos (inferior a 140/90 mmHg).

La estratificación de los pacientes en función de su riesgo cardiovascular total no sólo es útil para determinar el umbral para la instauración de un tratamiento antihipertensivo farmacológico, sino también para establecer el objetivo de presión arterial que debe alcanzarse y la intensidad con la que debe intentarse su consecución. En pocas palabras, cuanto mayor es el riesgo, más importante resulta alcanzar el objetivo de presión arterial establecido y tratar los demás factores de riesgo que se hayan identificado.

Cuando se utilizan determinaciones domiciliarias o ambulatorias de la presión arterial para evaluar la eficacia del tratamiento, es preciso tener en cuenta que los valores obtenidos durante el día mediante estas técnicas, en comparación con las determinaciones efectuadas en la consulta, son en promedio 10-15 mmHg inferiores para la presión sistólica y 5-10 mmHg inferiores para la presión diastólica. Los objetivos del tratamiento han de modificarse, en consecuencia, si se utilizan estos métodos.

 

Potencial para la prevención primaria de la HTA

Antes de considerar un tratamiento activo contra la hipertensión instaurada, debería reconocerse la necesidad aún mayor de prevención de la enfermedad. Sin una prevención primaria, el problema de la hipertensión nunca se resolverá y solamente se basará en la detección de una tensión arterial elevada. La prevención primaria proporciona una buena oportunidad para interrumpir y prevenir el ciclo continuo de costes de control de la hipertensión y sus complicaciones. La prevención primaria refleja un número determinado de realidades.

• Un número significativo de enfermedades cardiovasculares se produce en personas cuya tensión arterial está por encima del nivel óptimo (120/80 mmHg), pero no tan elevada como para ser diagnosticada o tratada como hipertensión. Una aproximación a gran escala sobre la población para disminuir la tensión arterial puede reducir considerablemente este grado de riesgo.

• El tratamiento activo de la hipertensión establecida plantea costes financieros y potenciales reaccionas adversas.

• La mayoría de los pacientes con hipertensión establecida no efectúa suficientes cambios en su estilo de vida, no toma medicación o no toma la suficiente para conseguir el control.

• Incluso si se trata adecuadamente, según los estándares normales, los pacientes con hipertensión puede que no disminuyan su nivel de riesgo hasta llegar al de las persona con tensión arterial normal.

• El aumento de la tensión arterial no es consecuencia inevitable del envejecimiento.

En consecuencia, una estrategia eficaz que incluya un amplio segmento de población con el fin de prevenir la subida de tensión arterial con la edad y para prevenir niveles generales de tensión arterial, podría afectar a la morbilidad y mortalidad general aún más que tratando sólo a los que tienen una enfermedad declarada.

Se ha promulgado una aproximación a gran escala sobre la población general, basada en modificaciones del estilo de vida que por sí solas han demostrado que previenen o retrasan el aumento de la tensión arterial en personas que son susceptibles a tal aumento.

Las modificaciones en el estilo de vida, comentadas más adelante en este capítulo, como de gran valor en el tratamiento de la hipertensión establecida, podrían tener un impacto incluso mayor sobre la prevención de la enfermedad y deberían recomendarse a toda la población.

Las modificaciones que no requieran una participación activa por parte de los individuos pero que puedan proporcionarse a toda la población, tales como una reducción en la cantidad de cloruro sódico añadido a comidas procesadas, podrían resultar aún más eficaces.

 

Estrategia de tratamiento

Tras haber efectuado una evaluación del paciente y haber determinado el perfil de riesgo general, incluyendo el grado de elevación de la presión arterial, el médico encargado del paciente debe determinar si éste presenta un riesgo bajo, medio, alto o muy alto para el desarrollo de episodios de ACVA o infarto de miocardio en los siguientes 10 años, tal como aconseja la OMS y se recogió en la tabla previa. Ello será muy útil para que el médico, tras comentarlo con el paciente, opte por una de las conductas siguientes:

• Instaurar de inmediato un tratamiento farmacológico para la hipertensión y los demás factores de riesgo o trastornos existentes (grupos de riesgo alto o muy alto).

• Efectuar una vigilancia de la presión arterial y de los demás factores de riesgo durante varias semanas, y obtener mayor información antes de decidir si conviene no instaurar un tratamiento farmacológico (grupo de riesgo medio).

• Observar al paciente durante un periodo de tiempo prolongado, antes de decidir si debe instaurarse o no un tratamiento farmacológico (riesgo bajo).

De un modo similar, el VI Informe del JNC aconseja una actitud terapéutica diferente, según el grado de presión arterial y los factores de riesgo asociados, identificando 3 Grupos de Riesgo:

Tabla IV.

Fases de tensión arterial (mmHg) Grupo de Riesgo A
(sin FR y sin LOD/ECC)
Grupo de Riesgo B
(al menos 1 FR, sin  incluir diabetes, sin LOD/ECC)
Grupo de Riesgo C
(LOD/ECC, diabetes, con o sin otros FR)
Normal - Alta
(130-139/ 85-89)
Modificación del estilo de vida Modificación del estilo de vida Tratamiento farmacológico
Fase 1
(140-159/ 90-99) 
Modificación del estilo de vida
(hasta 6 meses)
Modificación del estilo de vida
(hasta 12 meses)
Tratamiento farmacológico
Fase 2 y 3
(
³ 160/ ³100)
Tratamiento farmacológico Tratamiento farmacológico Tratamiento farmacológico

 

Grupo de riesgo A

El grupo de riesgo A incluye pacientes con tensión arterial normal-alta o con hipertensión en fase 1, 2 ó 3, que no presenten enfermedades cardiovasculares, lesión en órganos diana u otros factores de riesgo. Las personas con hipertensión en fase 1 del grupo de riesgo A son candidatas para un control evolutivo hasta el inicio de fármacos más largo, de hasta 12 meses, durante el que está indicada una intensa modificación del estilo de vida, con un control constante de la tensión arterial. Si no se consigue la tensión arterial deseada, debería iniciarse terapia farmacológica. Para aquellos pacientes que presentan hipertensiones en fase 2 y 3, la terapia farmacológica es fundamental, y debe iniciarse en fases tempranas.

Grupo de Riesgo B

El grupo de riesgo B incluye pacientes con hipertensión sin enfermedad cardiovascular o lesión en órganos diana, pero que presentan uno o más factores de riesgo entre los indicados previamente, pero no diabetes mellitus. Este grupo incluye la gran mayoría de los pacientes con hipertensión arterial. Si se encontrasen presentes múltiples factores de riesgo, los médicos deberían considerar fármacos antihipertensivos como terapia inicial. También son muy recomendables, como en cualquier hipertenso, las modificaciones en el estilo de vida y el control de factores de riesgo reversibles.

Grupo de riesgo C

El grupo de riesgo C incluye pacientes con hipertensión que presentan enfermedad cardiovascular o lesión en órganos diana clínicamente evidentes. Es opinión clínica del JNC VI que algunos pacientes con tensión arterial normal-alta, así como con insuficiencia renal, insuficiencia cardíaca o diabetes sean considerados para una pronta terapia farmacológica. Siempre deberían recomendarse modificaciones adecuadas del estilo de vida como tratamiento coadyuvante.

La clasificación, en función de la fase y grupo de riesgo de la tensión arterial, está directamente ligada al tratamiento y objetivos. Ello proporciona a los médicos un método simple de identificación de estratos de riesgo para pacientes individuales, por la historia clínica, el examen físico y análisis rutinarios de laboratorio, así como las directrices para el tratamiento de dichos pacientes. A partir de estos hallazgos, puede efectuarse una valoración de riesgos absolutos. Tablas, fórmulas, programas de ordenador y páginas de la World Wide Web están disponibles para calcular el riesgo cardiovascular en pacientes individuales mediante datos de estudios epidemiológicos.

En situaciones en las que los recursos son limitados, se hace imprescindible dirigir el tratamiento farmacológico a las personas de los grupos de riesgo alto y muy alto antes de considerar su posible uso en los pacientes de riesgo inferior.

Tras haber decidido la estrategia general a seguir, el médico debe determinar los objetivos terapéuticos específicos para el paciente en cuestión, y debe establecer un plan terapéutico detallado para reducir la presión arterial y el riesgo cardiovascular global con objeto de alcanzar estos objetivos. Este plan debe tener en cuenta lo siguiente:

• Vigilancia de la presión arterial y de otros factores de riesgo.

• Medidas que modifican el estilo de vida, indicadas para reducir la presión arterial y controlar los demás factores de riesgo.

• Tratamiento farmacológico, indicadas también para reducir la presión arterial y controlar los demás factores de riesgo y trastornos clínicos existentes.

Las medidas sobre el estilo de vida deben instaurarse siempre que sean apropiadas en todos los pacientes, incluyendo los que necesitan un tratamiento farmacológico.

Modificación del estilo de vida

Las modificaciones en el estilo de vida son de gran importancia en la prevención de la hipertensión. Se ha demostrado que son eficaces para disminuir la tensión arterial, y pueden reducir otros factores de riesgo cardiovasculares con un coste reducido y con un mínimo riesgo. Debería aconsejarse encarecidamente a los pacientes adoptar estas modificaciones en el estilo de vida, en particular si presentan factores de riesgo adicionales de enfermedad cardiovascular, tales como dislipemia o diabetes mellitus.

Incluso cuando estas modificaciones por sí solas no son adecuadas para controlar la hipertensión, pueden reducir el número y dosificación de medicación antihipertensiva necesaria para controlar dicha condición. Aunque la dificultad para conseguir y mantener cambios en el estilo de vida es algo reconocido, un equipo técnico de aproximación que implique a profesiones de la salud y recursos comunitarios, puede ayudar a proporcionar la educación, apoyo y seguimiento necesarios.

Aunque no existen pruebas directas basadas en estudios con asignación aleatoria, que demuestren que una reducción de la presión arterial obtenida con medidas que modifican el estilo de vida proporciona una reducción del riesgo de enfermedad cardiovascular, ello parece probable, teniendo en cuenta que todos los demás datos existentes que sugieren que los beneficios del tratamiento antihipertensivo vienen dados, fundamentalmente, por la reducción de la presión arterial en sí, y no por otros defectos independientes que puedan ejercer las diversas modalidades terapéuticas.

Las medidas sobre el estilo de vida, o tratamiento de la HTA no farmacológico, se utilizan por otras varias razones, como se indica en el informe de la OMS sobre el control de la HTA (WHO Technical Report on Hypertension Control):

• Para reducir la presión arterial en el paciente concreto.

• Para reducir las necesidades de fármacos antihipertensivos y aumentar al máximo su eficacia.

• Para abordar los demás factores de riesgo existentes.

• Para la prevención primaria de la hipertensión y los trastornos cardiovasculares asociados en la población.

Abandono del tabaco

El consumo de cigarrillos es un potente factor de riesgo para las enfermedades cardiovasculares, y es esencial el evitar en el hipertenso el consumo de tabaco. El abandono del tabaco es, tal vez, la medida de estilo de vida más potente de que disponemos para la prevención de las enfermedades, tanto cardiovasculares, como no cardiovasculares, en los pacientes hipertensos. Además del efecto sobre los vasos, debemos ser conocedores de que con cada cigarrillo se aumenta de forma significativa la tensión arterial. Las personas que siguen fumando pueden no recibir toda la protección contra enfermedades cardiovasculares mediante terapia antihipertensiva. Es imprescindible, por tanto, que todos los pacientes hipertensos que fuman deben recibir el consejo apropiado para que dejen de hacerlo.

El beneficio cardiovascular al dejar de fumar puede observarse al cabo de un año en todos los grupos de edad. Debe repetirse de forma reiterada y sin ambigüedades a los fumadores que dejen de fumar.

Las bajas cantidades de nicotina contenidas en los productos para dejar el hábito normalmente no elevarán la tensión arterial; así pues, pueden utilizarse con el consejo adecuado y según intervenciones del comportamiento. A menudo se necesitan acciones simultáneas para evitar o minimizar la subida de peso al dejar de fumar.

Debe considerarse también la posible utilidad del tratamiento de sustitución con nicotina, puesto que parece potenciar el efecto de las demás intervenciones destinadas al abandono del tabaco.

Reducción del peso

El exceso de peso, cuantificado como el hecho de tener un índice de masa corporal (peso en kilos dividido por la altura en metro cuadrados) de 27 o más, está en estrecha correlación con la hipertensión. La acumulación de grasa en la parte superior del cuerpo, visceral o abdominal, evidenciada por una circunferencia de 85 cm de cintura o más en las mujeres y de 98 cm o más en los hombres, también está asociada con el riesgo de hipertensión, dislipemia, diabetes, y mortalidad por enfermedades coronarias.

La reducción de peso, aunque sólo sea en 4 ó 5 kg., disminuye la tensión arterial en una gran proporción de personas obesas con hipertensión. En pacientes obesos con hipertensión, la reducción de peso aumenta el efecto de disminución de la tensión arterial de agentes antihipertensivos concurrentes y puede reducir significativamente los factores concomitantes de riesgo cardiovascular, tales como diabetes y dislipemia.

Así pues, todos los pacientes con hipertensión y sobrepeso deberían formar parte de un programa de reducción de peso, de forma controlada e individualizada, que conllevase una restricción calórica y un aumento de la actividad física. Es frecuente la reincidencia, y puede ser desalentadora, pero la constancia puede ser recompensada por la reducción de múltiples factores de riesgo cardiovascular y una reducción de la terapia con fármacos antihipertensivos. Los agentes anoréxicos deberían utilizarse con precaución ya que pueden elevar la tensión arterial, y algunos pueden aumentar el riesgo de enfermedad valvular cardíaca y de hipertensión pulmonar.

El exceso de grasa corporal contribuye a elevar las cifras de presión arterial desde la primera infancia, y es el factor predisponente más importante para la aparición de la hipertensión. Una reducción de peso de tan sólo 5 Kg. permite reducir la presión arterial en una amplia proporción de individuos hipertensos que presentan un sobrepeso superior al 10 por ciento, y tiene también un efecto beneficioso en los factores de riesgo asociados, como la resistencia a la insulina, diabetes, hiperlipemia, y la hipertrofia ventricular izquierda. Los efectos sobre la reducción de la presión arterial, que ejerce la disminución del peso, pueden ser potenciados mediante el aumento simultáneo del ejercicio físico, la moderación en el consumo de alcohol en los individuos con sobrepeso, y la reducción del consumo de sodio en los hipertensos ancianos (estudio TONE). Debe recomendarse, inicialmente, una reducción de peso de al menos 5 Kg. con nuevas diminuciones de 5 Kg. en función de la respuesta obtenida y del peso del paciente.

Moderación en el consumo de alcohol

A pesar de los datos que indican que un consumo de alcohol de hasta 3 bebidas "estándares" al día puede reducir el riesgo de CI, existe una correlación lineal entre el consumo de alcohol, las cifras de presión arterial y la prevalencia de la hipertensión en las poblaciones. El exceso en el consumo de alcohol es un factor de riesgo importante para la hipertensión, y es un factor de riesgo para las apoplejías. Se debería por lo tanto, obtener un historial detallado del consumo habitual de alcohol entre los pacientes.

El alcohol atenúa los efectos del tratamiento farmacológico antihipertensivo, pero su efecto presor es, al menos en parte, reversible en un plazo de 1-2 semanas si se modera el consumo de alcohol en alrededor de un 80 por ciento. A los que toman bebidas alcohólicas debería aconsejárseles que limitaran su consumo diario a no más de 30 ml de etanol, por ejemplo, 720 ml de cerveza, 300 ml de vino, o 60 ml de whisky. Debido a que las mujeres absorben más etanol que los varones, y que las personas de peso más ligero son más susceptibles que las obesas a los efectos del alcohol, debería aconsejarse en estos grupos limitar su consumo a no más de 10-20 ml de etanol por día. Dichas cantidades no aumentan la tensión arterial y están asociadas con un riesgo inferior de enfermedades cardíacas.

Los individuos que consumen mucho alcohol (5 o más bebidas "estándares" al día) pueden presentar una elevación de la presión arterial tras la suspensión aguda de este consumo, pero ésta diminuye pasados unos días, y es más que probable que se les diagnostique una hipertensión al inicio de la semana si su patrón de consumo de alcohol corresponde a los fines de semana. Sí se les debe advertir, así mismo, sobre el mayor riesgo directo de ACVA que comportan las borracheras.

Actividad física

La actividad física aeróbica regular, adecuada para conseguir un nivel moderado de delgadez, puede aumentar la pérdida de peso y el estado de salud, y reducir el riesgo de enfermedades cardiovasculares y cualquier causa de muerte. Cuando se compara con sus semejantes más activos y en forma, los individuos sedentarios con tensión arterial normal tienen entre un 20 y un 50 por ciento más de riesgo de desarrollar hipertensión.

Puede disminuirse la tensión arterial con una actividad física moderada, equivalente a un consumo máximo de oxígeno entre un 40 y un 60 por ciento, que se consigue mediante una caminata de 30 a 45 minutos a paso rápido, llevada a cabo la mayoría de los días de la semana.

La mayoría de las personas puede aumentar su actividad física de forma segura sin una evaluación médica exhaustiva. Los pacientes con problemas cardíacos y otras enfermedades graves necesitan una evaluación más completa, que a menudo incluye una prueba de esfuerzo, y pueden requerir un especialista o un programa de ejercicio supervisado médicamente.

Moderación del sodio en la dieta

El sodio, en forma de cloruro sódico, o sal de mesa, está ligado a ciertos niveles de tensión arterial. La respuesta individual de la tensión arterial a las variaciones de ingesta de sodio difieren considerablemente. Por grupos, los afroamericanos, las personas mayores y los pacientes con hipertensión o diabetes, son más sensibles a cambios en el cloruro sódico de la dieta que la población general.

Los datos epidemiológicos muestran una asociación positiva entre la ingesta de sodio y el nivel de tensión arterial. Los metaanálisis de análisis clínicos revelan que una reducción de 75 á 100 mmol en la ingesta de sodio disminuye la tensión arterial desde períodos de varias semanas a unos pocos años. Estos efectos son más importantes en las personas mayores y en las que tienen tensiones elevadas. La publicación de un análisis de 17 ensayos controlados, aleatoriamente, con pacientes de 45 años o más con hipertensión conocida, describió una disminución media de 6.3/2.2 mmHg con una reducción del sodio urinario de 95 mmol por día.

Aunque un solo un estudio observacional hizo aumentar la preocupación ante el seguimiento de una restricción severa de sodio, no hay evidencia de que niveles muy bajos de ingesta de sodio, como los alcanzados en ensayos con intervención, presenten ningún riesgo adicional para la salud del hipertenso. Es más, una gran variedad de estudios controlados y observacionales sugieren que una dieta con una moderada disminución en la ingesta de sodio puede estar asociada a otros efectos favorables tales como reducción de la medicación antihipertensiva, pérdida de potasio inducida por diuréticos, posiblemente de la hipertrofia de ventrículo izquierdo y protección de osteoporosis y excreción urinaria de calcio.

El 75 por ciento de ingesta de sodio se deriva de comida procesada. Debido a que el consumo medio de sodio, sobre todo de los americanos, representa la ingesta de un exceso de 150 mmol al día, es recomendable y puede conseguirse una reducción moderada de sodio hasta niveles de no más de 100 mmol al día, aproximadamente 6g de cloruro de sodio o 2.4 g de sodio al día. Con el consejo adecuado a los pacientes y sus familias, estos pueden aprender a leer las etiquetas y seleccionar comidas bajas en sodio. Productos hiposódicos están siendo cada vez más fáciles de encontrar en los supermercados y restaurantes.

Ingesta de potasio

La ingesta elevada de potasio en la dieta puede proteger el desarrollo de la hipertensión, y mejorar el control de las cifras de tensión arterial en pacientes con HTA establecida. El consumo inadecuado de potasio puede elevar la tensión arterial. Por lo tanto, deberá mantenerse una ingesta adecuada de potasio, de aproximadamente 50 á 90 mmol al día, preferiblemente a partir de alimentos tales como fruta fresca y vegetales.

Si se produce una hipopotasemia durante el empleo de un tratamiento diurético, puede ser necesario añadir potasio a partir de sustitutos a base de sales de potasio, suplementos de potasio, o diuréticos ahorradores de potasio. Estos agentes deben ser utilizados con precaución en pacientes susceptibles de desarrollar hiperpotasemia, incluyendo aquellos con insuficiencia renal, o los que reciban inhibidores de la enzima conversora de angiotensina, o antagonistas de los receptores de la angiotensina II.

Ingesta de calcio

En la mayoría de los estudios epidemiológicos, una dieta con una baja ingesta de calcio está asociada a un predominio de hipertensión. Un aumento del consumo de calcio puede bajar la tensión arterial en algunos pacientes con hipertensión, pero el efecto global es mínimo. Aunque es importante mantener una ingesta adecuada de calcio para la salud en general, actualmente no es conveniente recomendar suplementos de calcio para disminuir la tensión arterial.

Ingesta de magnesio

Aunque las evidencias sugieren una asociación entre un consumo deficitario de magnesio en la dieta y una tensión arterial más elevada, ningún dato actualmente puede justificar que se recomiende un consumo superior de magnesio para disminuir la tensión arterial.

Otros factores relacionados con la dieta

Grasas: La dislipemia es uno de los más importantes factores de riesgo independiente de enfermedad de las arterias coronarias. Así pues, una dieta baja en grasas y, si fuera necesario, una terapia con fármacos, constituirían un apoyo imprescindible en el tratamiento de hipertensos que asocien esta anomalía. En estudios controlados aleatoriamente, las dietas que variaban la grasa total y las proporciones de grasa saturadas o insaturadas tenían poco o ningún efecto sobre la tensión arterial. Grandes cantidades de ácidos grasos omega 3 pueden disminuir la tensión arterial, aunque algunos pacientes experimentaron molestias abdominales. Un estudio no encontró ningún efecto significativo en la prevención de la hipertensión.

Cafeína: La cafeína puede aumentar la tensión arterial de forma aguda. La tolerancia a este efecto se desarrolla de forma rápida, y en la mayoría de los estudios epidemiológicos no se ha encontrado relación directa entre la ingesta de cafeína e hipertensión.

Otros factores: Aunque recientes estudios epidemiológicos han demostrado una relación indirecta entre las proteínas de la dieta y la tensión arterial, no se han demostrado efectos consistentes. Más aún, ensayos controlados a base de proporciones variables de carbohidratos, ajo o cebolla en la dieta han demostrado que no existen efectos consistentes sobre la tensión arterial.

Relajación y biofeedback

El estrés emocional puede aumentar la tensión arterial de forma aguda. El papel de las técnicas de control del estrés para tratar a pacientes con hipertensión es incierto. Se han estudiado terapias de relajación y biofeedback en múltiples ensayos controlados, con un limitado efecto más allá del observado en los grupos de control. Un estudio con afroamericanos mostró descensos significativos en la tensión sistólica y diastólica al cabo de 3 meses. No obstante, los artículos de que se dispone no ofrecen apoyo al uso de terapias de relajación como terapia definitiva, o prevención de la hipertensión. Un estudio no halló ningún efecto sobre el control del estrés para prevenir la hipertensión.

 

Tratamiento farmacológico

A lo largo de las dos últimas décadas se han producido avances importantes en el tratamiento farmacológico de la HTA. Hoy en día, los médicos pueden elegir entre una amplia variedad de fármacos a la hora de tratar la HTA Esencial y los trastornos asociados a ella.

Sin embargo, aunque la HTA es uno de los factores de mayor prevalencia y más potentes entre los que contribuyen a producir enfermedades cardiovasculares, la situación en la que se encuentra el tratamiento de la presión arterial cuando el siglo XX se acerca a su fin resulta desalentadora. Así, por ejemplo, en EE.UU., los datos de la National Health and Nutrition Examination Survey (NHANES) ponen de manifiesto que tan solo un 27% de los hipertensos adultos mantiene un control de presión arterial con cifras inferiores al valor referencia actual de 140/90 mmHg. Además, se está observando una pérdida de los avances realizados anteriormente en los pacientes hipertensos, con un incremento en la tasa de crecimiento de la insuficiencia cardíaca congestiva, ACVA y nefropatías en fase terminal.

Los resultados disponibles en España aún pueden ser más desalentadores. El estudio Controlpres, realizado a partir de una encuesta recientemente llevada a cabo  por médicos de Atención Primaria sobre hipertensos mayores de 18 años, atendidos a lo largo de todo el territorio peninsular en centros de Atención Primaria, sólo el 13% de los HTA Esenciales tratados farmacológicamente estaban controlados óptimamente (cifras tensionales menores de 140/90 mmHg), y un 18% controlados subóptimamente (cifras inferiores a 160/90 mmHg).

El Sexto Informe del Joint National Committee en Prevención, Detección y Tratamiento de la Hipertensión (JNC-VI) indicó algunos factores que podrían contribuir en la producción de esta tendencia:

  • Complacencia de médicos y pacientes en lo relativo a hipertensión, a medida que se presta mayor atención a la lucha contra el colesterol, el tabaquismo y la diabetes.
  • Mal cumplimiento del tratamiento antihipertensivo, lo que contribuye a una falta de control adecuado en más de las dos terceras de los pacientes hipertensos.
  • Falta de empleo de formulaciones de fármacos que tengan eficacia mantenida durante las 24 horas y que requieran una sola administración diaria, con objeto de mejorar el cumplimiento del tratamiento, el control de la hipertensión y la protección frente a los trastornos cardíacos y vasculares cerebrales, causados por un aumento brusco de la presión arterial al despertar del sueño.

El paradigma actual para la elección de la medicación antihipertensiva exige un tratamiento ajustado de manera individualizada mediante una evaluación cuidadosa del estado médico y las necesidades de cada paciente, incluyendo los costes de la medicación, con objeto de optimizar el tratamiento. Aunque en el pasado la determinación de la presión arterial en la consulta fue el criterio principal, y a menudo único para el tratamiento de la presión arterial, en la actualidad hay otros factores individuales que intervienen en esta decisión, y que van desde la probabilidad de aparición de consecuencias adversas hasta la presencia de trastornos clínicos asociados. Así, la HTA no debe considerarse de manera aislada, sino más bien como uno de los elementos de lo que probablemente sea una constelación de trastornos médicos y de factores de riesgo importantes, que pueden acusar una morbilidad y mortalidad importantes si no se efectúa un tratamiento adecuado del paciente.

Entre las enfermedades coexistentes que pueden afectar al tratamiento de la HTA se refieren algunas cardiovasculares como la enfermedad vascular cerebral, la arteriopatía coronaria, la hipertrofia ventricular izquierda, insuficiencia cardíaca y la enfermedad vascular periférica, y otras generales como la enfermedad renal parenquimatosa, la enfermedad vascular renal, la diabetes mellitus, dislipemia, apnea del sueño, asma bronquial o enfermedad crónica de las vías respiratorias, y la gota.

La técnica más adecuada para el tratamiento, y más eficaz para la predicción de los eventos cardiovasculares, es el recuento y la ponderación de los factores de riesgo. En el momento actual disponemos de varias escalas de evaluación de los factores de riesgo, simplificadas en las previamente expuestas de la OMS y JNC VI; quizás una de las mejores es la que se publicó en el Informe de la 27 Conferencia de Bethesda del American College of Cardiology en 1996.

El JNC VI estableció como objetivo de la prevención y el tratamiento de la HTA "reducir la morbilidad y mortalidad con los medios menos agresivos posibles. Esto puede conseguirse mediante la obtención y mantenimiento de una presión arterial sistólica inferior a 140 mmHg y una presión arterial diastólica inferior a 90 mmHg, o incluso mas baja si es tolerado, al tiempo que se consiguen controlar otros factores de riesgo para la enfermedad cardiovascular que sean modificables".

 

Objetivos y directrices generales

En la actualidad, el objetivo del tratamiento farmacológico de la HTA no sólo es reducir las cifras de presión arterial hasta límites que estén dentro de la normalidad (140/90 mmHg o inferiores), sino que aquel debe ser mucho más amplio y pretende:

  • Realizar un tratamiento específico y selectivo frente al mecanismo fisiopatológico responsable de la HTA, lo que con la mayoría de los fármacos equivale a reducir las resistencias vasculares periféricas.
  • Reducir la morbimortalidad cardiovascular, controlando las complicaciones asociadas directamente con la HTA (ACVA hemorrágicos, insuficiencia cardíaca o renal) o con el proceso aterosclerótico (íctus isquémico, cardiopatía isquémica).
  • Revertir las lesiones orgánicas que la HTA produce en los órganos diana (hipertrofia cardíaca, remodelado vascular, lesiones renales u oculares, etc.).
  • Evitar la progresión de la HTA hacia formas más graves.
  • Mejorar la calidad de vida del hipertenso. Los fármacos antihipertensivos producen efectos adversos, por lo que es imprescindible evaluar la relación beneficio-riesgo, en particular en los hipertensos con cifras ligeras o moderadas, que muchas veces están asintomáticos. Los efectos adversos empeoran la calidad de vida y facilitan el abandono del tratamiento por el paciente.

 

Cuando se decide iniciar el tratamiento farmacológico de la HTA se deben tener en cuenta las siguientes directrices generales:

  • El tratamiento debe ser individualizado, eligiendo el fármaco más apropiado en orden a las características de cada paciente y sus factores de riesgo asociado: edad, enfermedad asociada, gravedad de la HTA y repercusión orgánica, antecedentes (incluyendo otros factores de riesgo cardiovascular), historia farmacológica previa, consideraciones económicas, etc.
  • El tratamiento se iniciará con la mínima dosis efectiva, incrementando esta paulatinamente hasta conseguir controlar la HTA o la aparición de efectos adversos importantes. Para la mayoría de los pacientes, debería utilizarse una dosis baja del fármaco inicial, aumentándola lentamente según la edad, necesidades y respuestas del paciente.
  • La reducción de la presión arterial debe ser gradual y mantenida, particularmente en ancianos.
  • El tratamiento debe ser sencillo y fácil de seguir por el hipertenso, utilizando el menor número de fármacos y tomas diarias (a ser posible una sola toma diaria). La fórmula óptima debería proporcionar una eficacia de 24 horas con una única dosis diaria, cuyo efecto mayor fuera al menos de un 50% al finalizar el período de 24 horas, antes justo de la toma del día siguiente. Se prefieren las fórmulas de larga duración que proporcionan una eficacia de 24 horas a las de corta duración por múltiples razones:
  1. la adhesión es mejor con una dosis única al día. Muchos pacientes pierden de forma inadvertida al menos una dosis de medicación cada semana.
  2. para algunos fármacos, menos tabletas representan un coste inferior. Sin embargo, una dosificación dos veces al día puede ofrecer un control similar a un coste probablemente inferior.
  3. el control de la hipertensión es persistente y suave en vez de intermitente.
  4. se proporciona protección contra cualquier riesgo de muerte súbita, ataque cardíaco y apoplejía, que es debido al aumento brusco de la tensión arterial de dormir toda la noche.
  • Se intentará mejorar la calidad de vida del hipertenso, eligiendo los fármacos que presenten menos efectos adversos e interacciones farmacológicas, lo que facilitará el seguimiento del tratamiento por parte del enfermo.
  • Optimizar la relación coste-beneficio.
  • Mantener un contacto continuado con el paciente. Al médico le corresponde controlar las cifras de presión arterial, explicar al hipertenso su enfermedad y los riesgos que conlleva, solucionar los problemas que aparecen durante el tratamiento, convencerle de los beneficios que este reporta y comprobar si lo sigue correctamente.

 

¿Hasta qué cifra se puede reducir la presión arterial?

Los análisis retrospectivos han aportado resultados contradictorios respecto a si puede ser nociva o no una reducción de la presión arterial diastólica hasta cifras inferiores a 85 mmHg ( la llamada "curva en J" propuesta por Cruickshank en 1987, y posteriormente por Farnett en 1991).

Se han suscitado inquietudes sobre el hecho de que un descenso demasiado grande de la tensión diastólica puede aumentar el riesgo de eventos coronarios reduciendo la presión de perfusión diastólica en la circulación coronaria, la llamada hipótesis de la curva J. La curva J también se ha detectado en el grupo de placebo de los ensayos clínicos de personas mayores con hipertensión. La inquietud sobre la curva J puede ser más relevante en pacientes con hipertensión y anteriores enfermedades coronarias, y en aquéllos con una tensión de pulso superior a 60 mmHg. Por otra parte, los datos secundan la necesidad de una reducción progresiva de la presión arterial tanto para enfermedades cerebrovasculares como para enfermedades renales, incluso con una mayor reducción de la tensión arterial. Toda la evidencia disponible secunda la recomendación de una reducción de la tensión diastólica y sistólica en todas las edades hasta los niveles alcanzados en los ensayos clínicos. Normalmente la tensión diastólica en estos ensayos desciende por debajo de los 90 mmHg y la sistólica por debajo de 140 mmHg. En ensayos con personas con hipertensión sistólica aislada, no se ha observado aumento en patologías cardiovasculares ni muertes, a pesar de mayores reducciones de la tensión diastólica.

Recientemente el estudio HOT ha llegado a la conclusión de que la incidencia mínima de eventos cardiovasculares importantes se producía con una presión arterial diastólica media de 82.6 mmHg, y que el riesgo más bajo de mortalidad cardiovascular se producía con una presión diastólica de 86.5 mmHg. Se observaron beneficios de la presión arterial más baja en grupos específicos de pacientes, como los que habían sufrido un infarto de miocardio, y los diabéticos.

Fármacos antihipertensivos. Características y efectos adversos

Actualmente existe una serie de fármacos antihipertensivos efectivos y razonablemente bien tolerados, que se pueden incluir en varios grupos farmacológicos: diuréticos, betabloqueantes, bloqueantes de los canales del calcio, inhibidores de la enzima de conversión, bloqueantes alfa-adrenérgicos, bloqueantes alfa-betaadrenérgicos, antagonistas de los receptores de la angiotensina II, etc. Sus características farmacológicas y sus efectos adversos más comunes son:

 

Diuréticos

Son fármacos que producen una pérdida neta de sodio y agua del organismo por la orina, actuando directamente sobre el riñón.

Los "diuréticos de asa" (furosemida, torasemida) actúan en la porción gruesa de la rama ascendente del asa de Henle inhibiendo en la membrana luminal el cotransporte de Cl-Na-K. Son los diuréticos más potentes, excretando un 15-20% de la fracción de Na filtrada; también aumentan la eliminación de K, Ca, Mg. Reducen las resistencias de las arteriolas glomerulares aferentes aumentando el flujo sanguíneo cortical y la tasa de filtración glomerular; este efecto, mediado en parte por la liberación de prostaglandinas vasodilatadoras intrarrenales, es más evidente cuanto menor es la tasa de filtración glomerular.

Las tiazidas son diuréticos de potencia intermedia (excretan un 5-10% de la fracción de Na filtrada), que actúan desde la superficie luminal inhibiendo el transporte activo de Cl, Na y agua en el segmento diluyente cortical de la porción ascendente del asa de Henle. También aumentan la excreción de K y HCO3, y disminuyen la de ácido úrico y Ca.

Los "ahorradores de potasio" inhiben la reabsorción de Na en el túbulo contorneado distal y principio del túbulo colector, así como su intercambio por K o H. Su potencia diurética es pequeña, ya que la fracción de Na eliminada no supera el 5%. La espironolactona es un antagonista competitivo de la aldosterona, mientras que el triamterene y amilorida bloquean el intercambio Na-K/H y su efecto es independiente de los niveles de aldosterona. Estos fármacos aumentan la excreción renal de Na, Cl y HCO3 a la vez que disminuyen la de K e H produciendo una acidosis hiperclorémica e hiperkalemia.

Al comienzo del tratamiento, tiazidas y diuréticos de asa producen diuresis y natriuresis, y reducen los niveles tisulares de Na, la volemia, el volumen urinario y las resistencias vasculares periféricas. La disminución de estas últimas se debería a la reducción de la concentración de Ca intravascular secundaria a la eliminación renal de Na. Las nuevas tiazidas (indapamida, xipamida, metolazona) reducen las resistencias vasculares periféricas por una acción directa sobre la fibra muscular lisa vascular, reduciendo la entrada de calcio y la concentración de calcio intravascular.

 

Efectos adversos: fundamentalmente los diuréticos tiazídicos y del asa producen:

  1. Alteraciones hidroelectrolíticas: deshidratación, hipovolemia, hiponatremia, hipopotasemia, hipomagnesemia, hipercalcemia, alcalosis, azotemia.
  2. La hipopotasemia favorece la aparición de arritmias ventriculares y podría aumentar la mortalidad en pacientes con alteraciones previas del ECG; este riesgo es mayor en los hipertensos ancianos, con HVI o cardiopatía isquémica asociada y en pacientes digitalizados. El riesgo disminuye utilizando dosis bajas de diuréticos, administrando suplementos de K o asociándolos con diuréticos ahorradores de potasio.

  3. Alteraciones metabólicas: los diuréticos producen hiperuricemia, intolerancia a los hidratos de carbono con o sin hiperglucemia basal, y elevan los niveles plasmáticos de colesterol total, LDL-colesterol y ocasionalmente de triglicéridos, y disminuyen los niveles de colesterol HDL. Estos efectos adversos se minimizan utilizando dosis bajas.
  4. Otros efectos adversos:
  • Digestivos: anorexia, náuseas, pancreatitis con las tiazidas.
  • Dermatológicos: eritema, fotosensibilidad; colestasis con las tiazidas.
  • Hematológicos: las tiazidas pueden producir trombopenia.
  • Endocrinos: impotencia; la espironolactona ginecomastia, alteraciones menstruales, disminución de la libido.
  • Neurológicos: vértigos, cefaleas; ototoxicidad con los diuréticos de asa.
  • Una dosis excesiva produce astenia, debilidad, calambres, e hipotensión postural.
  • Las tiazidas y los diuréticos de asa activan el tono simpático y el sistema renina-angiotensina-aldosterona, ejerciendo acciones vasoconstrictoras que facilitan la aparición de tolerancia a su acción antihipertensiva.

 

Contraindicaciones: Los cambios metabólicos contraindican, al menos relativamente, su uso en diabéticos, e hipertensos con hiperuricemia o dislipemia. Estos cambios no aparecen, o lo hacen en menor porcentaje, con los diuréticos ahorradores de potasio o con las nuevas tiazidas (xipamida, indapamida), o con la torasemida, que se convierten en una alternativa para estos hipertensos.

Usos Clínicos: A dosis bajas, las tiazidas y los diuréticos de asa continúan siendo los fármacos de primera elección en el tratamiento de la HTA, ya que son baratos, fáciles de dosificar, efectivos y aceptados en un alto porcentaje de pacientes.

En general responden mejor los ancianos, mujeres, obesos, hipertensos de raza negra, HTA con renina normal o baja, HTA sal-sensible o la asociada a edemas cardíacos o renales. Los diuréticos previenen la retención hidrosalina y potencian las acciones de otros fármacos antihipertensivos.

En hipertensos con insuficiencia cardíaca, edema pulmonar agudo o insuficiencia renal, los diuréticos de asa serían de elección, junto con las nuevas tiazidas (indapamida, xipamida, metolazona, piretanida). En hipertensos con un aclaramiento de creatinina inferior a 30 ml/min., las tiazidas clásicas no son efectivas y producen una mayor incidencia de efectos indeseables; tampoco deben usarse los ahorradores de K por el riesgo de hiperpotasemia, siendo de elección los diuréticos de asa, indapamida, xipamida y torasemida.

TablaV. Diuréticos y sus dosis más usuales (mg/día)

Tiazidas
Hidroclorotiazida 12.5 – 50
Indapamida 1.25 – 5
Metolazona 0.5 – 1
Diuréticos del asa
Furosemida 5 – 250
Torasemida 2.5 – 10
Ahorradores de potasio
Amilorida 5 – 10
Espironolactona 25 – 100
Triamterene 25 – 100

Bloqueantes betaadrenérgicos

Producen un bloqueo competitivo y reversible de las acciones de las catecolaminas medidas a través de la estimulación de los receptores betaadrenérgicos. Reducen las resistencias vasculares periféricas por un mecanismo mixto en el que están implicados el bloqueo de los receptores beta2-presinépticos, una acción central (reajuste de los barorreceptores), la inhibición de la secreción de renina, y un aumento de la síntesis vascular de prostaglandina I2 y óxido nítrico.

Tienen la ventaja de producir una reducción gradual de la presión arterial sólo en hipertensos, no producen hipotensión postural ni retención hidrosalina, y no alteran los niveles de K o de ácido úrico. Reducen además la HVI, presentan propiedades antianginosas, antiarrítmicas, ansiolíticas y cardioprotectoras, sobre todo en hipertensos varones no fumadores.

 

Efectos adversos:

  • Respiratorios: broncoespasmo.
  • Digestivos: nauseas, estreñimiento.
  • Cardiodepresores: bradicardia, bloqueo A-V, insuficiencia cardíaca.
  • Metabólicos: hiper/hipoglucemia. Además, incrementan los niveles plasmáticos de triglicéridos y colesterol LDL, y reducen los de HDL.
  • Centrales: insomnio, depresión, pesadillas, parestesias, cefaleas, fatiga.
  • Disfunción sexual.
  • El bloqueo de los receptores beta2-vasodilatadores produce un predominio del tono alfa-vasoconstrictor, que explica la aparición de calambres, sensación de frío o cansancio en las extremidades y el empeoramiento de las vasculopatías (claudicación intermitente, Raynaud).
  • La supresión brusca del tratamiento conduce a una HTA de rebote y agrava la cardiopatía isquémica, por la que debe hacerse de forma gradual.

 

Contraindicaciones:

  • Enfermos con asma o enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC).
  • Bradicardia sintomática, bloqueo sino-auricular y A-V, insuficiencia cardiaca o enfermedad del seno
  • Se deben usar con precaución en diabéticos tratados con insulina o en vasculopatías periféricas.

 

Usos clínicos: En monoterapia o asociados a diuréticos son muy útiles en la HTA ligera-moderada. En general responden mejor a betabloqueantes los hipertensos varones blancos, y son particularmente útiles en aquellos con renina alta, palpitaciones, taquiarrítmias, cardiopatía isquémica, estrés, ansiedad, hipertiroidismo, glaucoma o migraña. En general se prefieren los betabloqueantes beta1-selectivos y los que permiten una única dosis al día, pues facilitan el seguimiento del tratamiento. Asociados a vasodilatadores reducen la actividad neurohumoral y la taquicardia que estos producen, a la vez que potencian su actividad antihipertensiva.

 

Tabla VI. Betabloqueantes y sus dosis más usuales (mg/día)

Acebutolol 200 – 800
Atenolol 25 – 200
Bisoprolol 2.5 – 10
Carteolol 2.5 – 10
Metoprolol 50 – 300
Nadolol 40 – 320
Penbutolol 10 – 20
Pindolol 10 – 60
Propranolol 40 – 480
Timolol 20 – 60

 

Bloqueantes de los canales del calcio

Inhiben el flujo de entrada de calcio a través de los canales de Ca tipo-L de las membranas de las células excitadas. Disminuyen por tanto la concentración de calcio vascular y producen una vasodilatación arteriovenosa que reduce las resistencias vasculares periféricas y, como consecuencia de ello, la presión arterial. La magnitud de su efecto hipotensor guarda relación con el nivel de presión arterial previo, siendo mínimo en pacientes normotensos, lo que reduce el riesgo de hipotensión ortostática.

No producen retención hidrosalina, sedación, depresión, hipotensión postural, broncoconstricción o impotencia, mejoran las vasculopatías y no alteran los niveles plasmáticos de glucosa, ácido úrico, triglicéridos o colesterol LDL. Además presentan propiedades antianginosas y algunos, como el verapamil y diltiazem, antiarrítmicas, revierten la hipertrofia cardíaca y el remodelado vascular. Su efecto antihipertensivo no disminuye a lo largo del tratamiento, ni existe el riesgo de HTA rebote al suspender este bruscamente. A diferencia de otros fármacos antihipertensivos su eficacia no disminuye, sino que aumenta en hipertensos que ingieren una dieta rica en sodio. Aunque no modifican la progresión de las lesiones ateroscleróticas coronarias establecidas sí podrían retrasar la progresión de nuevas lesiones.

 

Efectos adversos

  • Nerviosos: sedación, mareo, parestesia
  • Digestivos: estreñimiento por el verapamilo.
  • Cardiovasculares: Por su acción vasodilatadora producen edema pretibial, mareos, enrojecimiento facial, cefaleas, hipotensión y congestión nasal, sobre todo con las dihidropiridinas. También tienen efectos cardiodepresores: bradicardia, bloqueo A-V, disfunción sinusal e insuficiencia cardíaca (más frecuentes con verapamilo y diltiazem).

Contraindicaciones: Particularmente el verapamilo y diltiazem en pacientes con bradicardia, bloqueo A-V, enfermedad del seno, hipotensión y disfunción ventricular, e insuficiencia cardíaca. No se recomienda su utilización en la HTA de la embarazada. El nifedipino de liberación rápida, especialmente a dosis elevadas, no debe emplearse en HTA si existe sospecha de cardiopatía isquémica asociada.

Usos Clínicos: Son efectivos en todos los pacientes hipertensos, estando especialmente indicados en los mayores de 60 años o que siguen mal una dieta pobre en sal, y en HTA asociada a cardiopatía isquémica, vasculopatía periférica o cerebral, migraña, taquicardias supraventriculares o miocardiopatía hipertrófica y en la HTA que no responde o en la que están contraindicados los diuréticos (diabetes, hiperuricemia, dislipemia o hipopotasemia), o los betabloqueantes (broncoespasmo, asma, hiperlipidemia o vasculopatía periférica).

Asociados a otros fármacos, son muy útiles en el tratamiento de la HTA severa, especialmente en pacientes con alteraciones de la función renal o en los que otros tratamientos han fracasado. La utilidad de las dihidropiridinas por vía sublingual o intravenosa se reserva para HTA graves o emergencias hipertensivas. Su asociación con tiazidas o diuréticos de asa puede no producir efectos sinérgicos, quizás porque los bloqueantes de los canales de calcio también producen natriuresis.

La asociación de dihidropiridinas y betabloqueantes potencia las acciones antianginosas y antihipertensivas de cada fármaco, pudiendo considerarse en la HTA asociada a cardiopatía isquémica; la asociación de betabloqueantes con verapamilo y diltiazem no es recomendable ya que potencia la acción cardiodepresora (bradicardia, bloqueo A-V, insuficiencia cardíaca) que cada fármaco produce por separado.

 

Tabla VII. Bloqueantes de los canales de calcio y sus dosis más usuales (mg/día)

Diltiazem 120 – 360
Verapamilo 90 – 480
Dihidropiridinas
Amlodipino 2.5 – 10
Felodipino 2.5 – 20
Nicardipino 60 – 90
Nifedipino 30 – 120
Nisoldipino 20 – 60

 

Inhibidores de la enzima de conversión de la angiotensina

Producen un bloqueo competitivo de la enzima de conversión que transforma la angiotensina I en angiotensina II, reduciendo los niveles plasmáticos e hísticos de la angiotensina II. Esta reducción permite explicar su acción hipotensora, ya que la AII es un potente vasoconstrictor arteriovenoso, aumenta el tono simpático y libera vasopresina y aldosterona con la consiguiente retención hidrosalina. Además, la inhibición de la enzima de conversión impide la degradación de las cininas, que son potentes vasodilatadores por sí mismas y aumentan la liberación de prostaglandinas vasodilatadoras (E2 y F2) y óxido nítrico. Todas estas acciones explican por qué la inhibición de la enzima de conversión produce vasodilatación arteriovenosa y reduce las resistencias vasculares periféricas y la presión arterial.

Disminuyen la presión arterial en sujetos normo e hipertensos y este efecto no se acompaña de cambios de la frecuencia cardíaca o del volumen minuto. Aumentan los flujos coronario, esplácnico, cerebral y renal, revierten la HVI, el remodelado vascular del hipertenso y el remodelado ventricular postinfarto de miocardio. La regresión de la hipertrofia cardíaca y del remodelado vascular estaría relacionada con su capacidad para inhibir la actividad mitogénica que la angiotensina II, la aldosterona y el aumento del tono simpático producen.

A diferencia de otros vasodilatadores, el efecto antihipertensivo de los IECA no se acompaña de activación neurohumoral o retención hidrosalina. No producen hipotensión postural, taquicardia, HTA de rebote, cambios en el perfil lipídico o de la glucemia, depresión, alteraciones del sueño o impotencia y reducen la resistencia a la insulina. Al reducir la presión arterial y no modificar la frecuencia cardíaca disminuyen las demandas miocárdicas de oxígeno.

Los IECA incrementan el flujo sanguíneo renal, pero no modifican o aumentan la tasa de filtración glomerular. Además, producen diuresis y natriuresis, elevan la retención de K, y facilitan la excreción urinaria de ácido úrico. En diabéticos normo o hipertensos con nefropatía dilatan la arteriola eferente, normalizan la presión capilar glomerular y disminuyen la proteinuria retrasando el desarrollo de glomeruloesclerosis.

Efectos adversos: Todos los IECA pueden producir:

  • Hipotensión. En pacientes con deplección hidrosalina o hipertensión vasculorrenal debe iniciarse el tratamiento con dosis bajas para evitar la aparición de hipotensión sintomática.
  • Tos seca, sobre todo en mujeres y no fumadores.
  • Retención de potasio. La hiperpotasemia es rara en pacientes con función renal normal, ya que los IECA no suprimen la liberación de aldosterona inducida al aumentar la potasemia, pero puede aparecer en pacientes con insuficiencia renal crónica, insuficiencia cardíaca grave, diabetes o que reciben altas dosis de antiinflamatorios no esteroideos o diuréticos ahorradores de K. La asociación de IECA con tiazidas o diuréticos del asa puede contrarrestar la disminución de la potasemia que estos fármacos producen, evitando su asociación con diuréticos ahorradores de K o la utilización de suplementos de K.
  • La AII contrae la arteriola eferente y mantiene la presión de filtración glomerular cuando la presión intraglomerular desciende por debajo de un punto crítico. En situaciones de HTA con estenosis bilateral de arterias renales, nefrosclerosis grave o estenosis de arteria renal con riñón único, los IECA disminuyen la formación de AII y la presión de filtración, pudiendo producir un cuadro de insuficiencia renal reversible.

También pueden producir erupciones cutáneas (exantema maculopapular, prurito, angioedema), fiebre, disgeusia, molestias digestivas (náuseas, diarrea), neutropenia y leucopenia.

Contraindicaciones: No se recomiendan los IECA en la HTA de la embarazada ya que pueden producir anuria neonatal, anomalías en la osificación y retrasar el cierre del ductus arteriosus.

Usos clínicos: Son efectivos en todos los pacientes hipertensos, estando especialmente indicados en la HTA asociada a asma o EPOC, diabetes, depresión, gota, hiperlipidemia, vasculopatías, cardiopatía isquémica, insuficiencia cardíaca, nefropatías, postrasplante renal o en la HTA severa resistente a otros tratamientos.

Su efecto antihipertensivo se potencia en pacientes con restricción de Na, tratamiento diurético o con HTA vasculorrenal; en ellos, la primera dosis puede producir una marcada hipotensión, debiendo iniciarse el tratamiento con dosis bajas del fármaco. Asociados a diuréticos no solo aumentan su potencia antihipertensiva, sino que los IECA reducen los efectos metabólicos adversos de los diuréticos (hipopotasemia, hiperglucemia, hiperuricemia o hipercolesterolemia). No se deben asociar los IECA a diuréticos ahorradores de K por el riesgo de producir hiperpotasemia.

Tabla VIII. IECA y sus dosis más usuales (mg/día)

Benazepril 5 – 40
Captopril 25 – 200
Enalapril 5 – 40
Fosinopril 10 – 40
Lisinopril 5 – 40
Quinapril 5 – 80
Ramipril 1.25 – 20
Trandolapril 1 – 4

Bloqueantes alfa-1 adrenérgicos postsinápticos

Bloquean de forma selectiva y competitiva los receptores alfa-1 adrenérgicos postsinápticos vasoconstrictores. Como consecuencia de ello producen vasodilatación arteriovenosa y reducen las resistencias vasculares periféricas y la presión arterial. No modifican la frecuencia cardíaca, el flujo sanguíneo renal, la tasa de filtración glomerular, la tolerancia a la glucosa, los niveles plasmáticos de K o de ácido úrico. Reducen los niveles de triglicéridos, colesterol total y colesterol LDL y elevan los niveles de colesterol HDL. Revierten la hipertrofia cardíaca y disminuyen las demandas miocárdicas de oxígeno, pudiendo utilizarse en la HTA asociada a cardiopatía isquémica.

Efectos adversos:

  • Centrales: cefaleas, mareos, vértigo, somnolencia, debilidad, fatiga, nerviosismo, depresión.
  • Digestivos: sequedad de boca, diarrea.
  • Cardiovasculares: palpitaciones, hipotensión postural, congestión nasal.
  • Erupciones cutáneas.
  • Impotencia o dificultad de eyaculación.
  • Retención hidrosalina.
  • El Prazosin puede producir el denominado "efecto de la primera dosis" que aparece 30-90 minutos después de ingerir el fármaco y cursa con hipotensión postural, mareo, palpitaciones y desvanecimiento. El cuadro es más marcado en ancianos, hipertensos con restricción previa de Na, nefropatías o tratados con betabloqueantes o diuréticos.

Usos clínicos: Son efectivos en todos los pacientes hipertensos, estando especialmente indicados en el tratamiento de la HTA asociada a hiperlipidemia, hiperuricemia, diabetes, asma, EPOC, vasculopatía periférica, insuficiencia cardíaca o renal e hiperplasia benigna de próstata. También constituyen una alternativa en pacientes que no toleran o en los que los diuréticos y betabloqueantes están contraindicados. En la práctica se asocian a diuréticos, betabloqueantes o IECA, que aumentan su efectividad.

 

Tabla IX. Bloqueantes alfa1-adrenérgicos y sus dosis más usuales (mg/día)

Doxazosina 1 – 16
Prazosin 2 – 30
Terazosina 1 – 20

Bloqueantes alfa-betaadrenérgicos

Labetalol y carvedilol son bloqueantes betaadrenérgicos no selectivos con propiedades vasodilatadoras, consecuencia de su acción bloqueante de los receptores alfa-1 adrenérgicos. El carvedilol presenta, además, propiedades antioxidantes y antiproliferativas. A diferencia de los betabloqueantes clásicos, producen una rápida caída de las resistencias vasculares periféricas y de la presión arterial, pero apenas modifican la frecuencia cardíaca y el volumen minuto. Revierten la hipertrofia cardíaca y disminuyen las demandas miocárdicas de oxigeno, siendo útiles en el tratamiento de hipertensos con cardiopatía isquémica. El carvedilol no modifica los niveles de glucosa ni el perfil lipídico y no produce activación neurohumoral o retención hidrosalina.

Efectos adversos: El labetalol produce hipotensión postural, molestias digestivas (náuseas, vómitos, molestias epigástricas), vértigo, impotencia,, congestión nasal, retención urinaria y retención hidrosalina. En un 10% de pacientes aparece un síndrome tipo lupus y se han descrito casos de ictericia y hepatotoxicidad. El carvedilol produce mareos, cefaleas, vértigo, fatiga, astenia, náuseas, hipotensión postural y somnolencia.

Contraindicaciones: por su acción betabloqueante, están contraindicados en hipertensos con asma, EPOC, bradicardia sintomática o bloqueo A-V de grado II-III.

Usos Clínicos: Por su acción alfa-1 bloqueante pueden utilizarse en vasculopatías periféricas (claudicación intermitente, fenómeno de Raynaud), produciendo una menor incidencia de extremidades frías. El labetalol se utiliza en el tratamiento de las emergencias hipertensivas y en el control de la HTA de la embarazada. En combinación con un betabloqueante está indicado en el tratamiento de la HTA del feocromocitoma.

El carvedilol presenta las mismas aplicaciones que los bloqueantes alfa y betaadrenérgicos clásicos, presentando sobre ellos la ventaja de producir menor riesgo de cardiodepresión y de no alterar el perfil lipídico o la glucemia. Estudios recientes confirman su utilidad en la prevención secundaria de la cardiopatía isquémica y que produce una mejoría clínica y hemodinámica en pacientes con insuficiencia cardíaca en grado funcional II-III secundaria a cardiopatía isquémica.

 

Tabla X. Bloqueantes alfa-betaadrenérgicos y sus dosis más usuales (mg/día)

Carvedilol 12.5 – 50
Labetalol 200 – 1200

 

Antagonistas de los receptores de la Angiotensina II

Las acciones fisiopatológicas de la AII son consecuencia de su interacción con receptores AT1 y AT2 localizados en la superficie de la membrana de las células diana. La mayoría de las acciones cardiovasculares de la AII están mediadas a través de la estimulación de los receptores AT1. El losartán es un bloqueante competitivo y selectivo de los receptores AT1 que inhibe estas acciones independientemente de cual sea la vía de síntesis de la AII. Su acción antihipertensiva es gradual e independiente de la edad, sexo o raza del paciente y se acompaña de una regresión de la hipertrofia cardíaca y del remodelado vascular. No aumenta la frecuencia cardíaca ni produce HTA de rebote al suspender el tratamiento. El losartán aumenta la ARP y los niveles plasmáticos de AII, inhibe la liberación de aldosterona y vasopresina, normaliza el tono adrenérgico y no modifica los niveles de cininas o prostaglandinas. Tampoco modifica el perfil lipídico, los niveles plasmáticos de glucosa, K o creatinina, pero aumenta la excreción renal de ácido úrico. Además, aumenta el flujo sanguíneo renal y la tasa de filtración glomerular, aumenta el volumen urinario y la excreción renal de Na, Cl y K y disminuye la proteinuria en pacientes hipertensos no diabéticos.

Efectos adversos: son mínimos, apareciendo astenia, mareos y cefaleas. Se debe reducir la dosis en pacientes con disminución del volumen extracelular o con hepatopatías importantes, pero no en presencia de nefropatías.

Contraindicaciones: no debe ser indicado en embarazadas y puede producir insuficiencia renal aguda reversible en HTA con estenosis bilateral de arterias renales, en nefrosclerosis severa o estenosis de la arteria renal en riñón único.

Usos clínicos: Al igual que los IECA son útiles en la HTA asociada a asma, EPOC, diabetes, vasculopatías periféricas o hiperlipidemias, potenciándose su acción antihipertensiva cuando se asocia a tiazidas. Su buena tolerancia y el hecho de que no potencia las acciones de cininas y prostaglandinas, convierten a los antagonistas de los receptores de la AII en una importante alternativa de los IECA, particularmente en aquellos hipertensos que no los toleran por tos, urticaria o angioedema.

 

Tabla XI. ARA II y sus dosis más usuales (mg/día)

Candesartán 4 – 16
Irbesartán 75 – 300
Losartán 25 – 100
Telmisartán 20 - 80
Valsartán 80 - 320

 

Empleo de los antihipertensivos: monoterapia inicial, monoterapia secuencial, combinaciones

El tratamiento farmacológico debe considerarse de entrada, de forma individualizada y de manera asociada a las medidas no farmacológicas, en los pacientes que presenten cifras de PA iguales o superiores a 160/100 mmHg. En pacientes con cifras de PA diastólica entre 90 y 99 mmHg, o de PA sistólica entre 140 y 159 mmHg, deberán intentarse en primer lugar los cambios en el estilo de vida adecuados y considerar la utilización de fármacos solamente cuando no se haya conseguido un buen control de la PA o estén presentes otros factores de riesgo.

Existen dos grandes estrategias para el tratamiento farmacológico inicial de la HTA: JNC VI recomienda empezar con diuréticos o betabloqueantes a menos que estén contraindicados o no sean aceptados o bien tolerados. Las guías del Sub-Committee de la WHO/ISH recomiendan como agentes de primera línea los diuréticos, betabloqueantes, IECA, calcioantagonistas y bloqueantes alfaadrenérgicos. Esta segunda estrategia es más flexible y adaptable a las características globales de cada paciente. En cualquier caso, ambas estrategias coinciden en recomendar:

  • Cuando estemos ante una HTA ligera, no es urgente controlar las cifras por lo que es preferible emplear cierto tiempo en conseguir un buen tratamiento, que no utilizar una terapéutica muy eficaz, pero poco ponderada.
  • Se realizarán controles cada tres o cuatro semanas, en los que se valorará la eficacia de la dosis utilizada, la aparición de efectos secundarios y se mentalizará al paciente sobre la necesidad de mantener un buen cumplimiento del tratamiento.

Es útil medir la tensión arterial en la consulta médica a primera hora de la mañana, antes de tomar la dosis diaria para asegurar la modulación adecuada del ascenso de tensión arterial después de despertarse. Las mediciones al final de la tarde o por la noche ayudan a monitorizar el control a lo largo del día. Los objetivos de tratamiento basados en mediciones fuera de la consulta médica deberían ser inferiores a los basados en los registros de la consulta, como ya se ha recomendado previamente.

  • Durante estas visitas, si no se ha alcanzado el control de las cifras, puede irse aumentando la dosis gradualmente, dentro del rango recomendado, hasta que se alcance la dosis eficaz o aparezcan efectos secundarios.
  • En general no es recomendable llegar a las dosis máximas establecidas para cada fármaco, por lo que en el caso de no conseguir un rendimiento eficaz deberá valorarse la sustitución por otro fármaco y seguir la misma pauta de actuación.
  • Si después del empleo de un segundo fármaco, en monoterapia, no se ha conseguido un control eficaz, es preferible intentar la utilización de una combinación farmacológica con la que puede conseguirse un buen resultado empleando dosis menores de ambos fármacos que las necesarias si se usaran por separado, y con ello disminuir sus efectos secundarios.
  • En el caso de optar por la asociación de fármacos, y si no se ha elegido un diurético como primera opción, puede utilizarse este tipo de medicamento como adicional, ya que la retención hídrica puede ser responsable, en parte, de la falta de respuesta. En todo caso, siempre puede ser eficaz la utilización de dos fármacos que actúen por distintos mecanismos de acción y que puedan tener efecto compensador de sus efectos secundarios.

Algunas de las asociaciones más admitidas y recomendables en el momento actual son:

-Betabloqueante + Diurético
-IECA + Diurético
-IECA + Antagonista del calcio
-Betabloqueante + Antagonista del calcio
-IECA + Betabloqueante.

La elección de cualquiera de estas asociaciones deberá tener siempre en cuenta las peculiaridades clínicas de cada paciente.

Existen en el mercado combinaciones fijas de las asociaciones descritas, que pueden facilitar y hacer cómoda la posología para el paciente, lo que facilita un mejor cumplimiento del tratamiento. Sin embargo, su recomendación solo debería hacerse tras comprobar la eficacia individual, y en asociación, de cada preparado.

  • Si pasado un periodo de uno a tres meses con las pautas anteriores no se controla adecuadamente la presión arterial, se recomienda añadir un tercer fármaco distinto de los anteriores, preferentemente un vasodilatador. En el caso de que siga sin controlarse, se asociará un fármaco distinto de los utilizados hasta entonces.
  • Antes de pasar de uno a otro de los citados niveles terapéuticos es conveniente reevaluar al paciente.

Descenso o retirada de medicación

En la mayoría de los casos, el tratamiento debe seguirse durante muchos años o por el resto de la vida.

En el caso de una HTA ligera, sin otros factores de riesgo sobreañadidos y controlada eficazmente con un único fármaco, en dosis bajas, y con una buena observancia terapéutica por parte del paciente, puede procederse a la retirada del tratamiento al cabo de un año.

La disminución, hasta la retirada, debería hacerse de forma deliberada, lenta y progresiva. En estos casos será preciso garantizar un seguimiento muy estricto de las medidas referentes al estilo de vida de los pacientes. También se deberá realizar una programación de visitas de seguimiento, ya que su tensión arterial normalmente vuelve a subir a niveles de hipertensión, a veces después de meses a años de haber dejado la medicación.

En ningún caso deberá hacerse una supresión brusca del tratamiento. Siempre que se considere esta posibilidad, la retirada de la medicación se hará de forma escalonada, especialmente en el caso de que el paciente esté tratado con betabloqueantes.

Consideraciones en la elección final de fármacos antihipertensivos

Generales

Los nuevos fármacos desarrollados actualmente proporcionan más alternativas a la elección por parte del médico. Por ejemplo, la combinación de dosis bajas de dos fármacos de distintas clases se ha comprobado que proporciona una eficacia antihipertensiva adicional, minimizando así la probabilidad de reacciones adversas dependientes de la dosis.

Dosis muy bajas de un diurético (p.ej., 6.25 mg de hidroclorotiazida) pueden potenciar el efecto de otros fármacos sin producir efectos metabólicos adversos.

Combinaciones a dosis bajas de un inhibidor de la ECA y un antagonista del calcio no dihidropiridina pueden reducir más la proteinuria que cada uno de los dos fármacos por separado.

Las combinaciones de un antagonista del calcio tipo dihidropiridina y un inhibidor de la ECA inducen un edema menor en los pies que el que produce el inhibidor de la ECA por sí solo.

En algunos casos, fármacos con formas similares de acción pueden proporcionar efectos añadidos, tales como la metolazona y un diurético de asa, en la insuficiencia renal.

Se ha demostrado que los inhibidores de la ECA proporcionan efectos beneficios en una gran variedad de procesos relacionados con la hipertensión, incluyendo insuficiencia cardíaca debida a una disfunción sistólica y nefropatía.

Los bloqueantes del receptor de la angiotensina II, de reciente introducción, producen unos efectos hemodinámicos similares a los inhibidores de la ECA evitando la reacción adversa más común, la tos seca. No obstante, en ausencia de datos que documenten una protección renal y cardíaca de igual duración en pacientes con dicha condición, los antagonistas de los receptores de la angiotensina II deberían utilizarse principalmente en pacientes en los que están indicados los IECA, pero que no son capaces de tolerarlos.

Algunos fármacos antihipertensivos, como los vasodilatadores con acción directa sobre la musculatura lisa, agonistas alfa-2 del sistema nervioso central y antagonistas adrenérgicos periféricos no son adecuados para una monoterapia inicial ya que producen reacciones adversas preocupantes en muchos pacientes.

Los vasodilatadores que actúan directamente sobre la musculatura lisa (p.ej., hidralazina, minoxidil) a menudo inducen un estímulo reflejo simpático del sistema cardiovascular y una retención de líquidos.

El nifedipino de liberación inmediata ha dado lugar a casos de isquémia y, a grandes dosis, puede aumentar la mortalidad por causas coronarias en pacientes que hayan sufrido un infarto de miocardio. Por ello, este fármaco debería utilizarse únicamente con mucho cuidado, o no utilizarse. Hay informes no consecuentes en relación a efectos adversos para la salud de fórmulas de nifepidino de liberación inmediata, o de corta acción, de diltiazem y de verapamil. Actualmente se están efectuando ensayos controlados aleatoriamente con tipos y fórmulas de larga duración de los antagonistas del calcio aprobados para tratamiento de la hipertensión.

Consideraciones especiales

Las consideraciones especiales en la selección de una terapia inicial incluye características demográficas, enfermedades concomitantes que puedan estar afectadas de forma beneficiosa o adversa por los fármacos antihipertensivos elegidos, calidad de vida, coste y uso de otros fármacos que puedan dar lugar a interacciones farmacológicas. Al elegir un cierto tipo de fármaco por su efecto favorable sobre la patología, los médicos deberían saber que no se ha demostrado la reducción de patologías cardiovasculares a largo plazo y de muerte.

Demografía: Ni la edad ni el sexo afectan normalmente a la respuesta de cierta variedad de fármacos. En general, los afroamericanos con hipertensión responden mejor a monoterapias con diuréticos y antagonistas del calcio que con betabloqueantes o inhibidores de la ECA. No obstante, si se requiere un betabloqueante o un inhibidor de la ECA para otros beneficios terapéuticos, las diferencias en cuanto a eficacia pueden solucionarse con la reducción del consumo de sal, dosis más elevadas del fármaco o añadiendo un diurético.

Enfermedades concomitantes y terapias: Los fármacos antihipertensivos pueden empeorar algunas enfermedades y mejorar otras. La selección de un fármaco antihipertensivo que también trate una enfermedad coexistente simplificará los regímenes terapéuticos y reducirá el coste.

Calidad de vida: A pesar de que los fármacos antihipertensivos pueden causar efectos adversos en algunos pacientes, la calidad de vida se mantiene y posiblemente mejora gracias a alguno de los fármacos recomendados para la terapia inicial.

Mediciones fisiológicas y bioquímicas: Algunos médicos han observado que ciertas mediciones fisiológicas y bioquímicas (p.ej., peso corporal, frecuencia cardíaca, actividad renina plasmática, mediciones, hemodinámicas) son útiles para elegir la terapia específica.

Consideraciones económicas: El coste de la terapia puede ser una barrera para controlar la hipertensión y debería ser una consideración importante al seleccionar la medicación antihipertensiva. Las formulaciones genéricas son aceptables. Los nuevos fármacos no genéricos son más caros que los diuréticos o betabloqueantes. Si se comprueba que los nuevos fármacos son igual de eficaces, debería considerarse el coste al elegirlo para la terapia inicial. Si se comprueba que son más eficaces, entonces el coste sería una consideración secundaria.

El coste del tratamiento incluye, no solamente el precio de los fármacos, sino el gasto de los análisis de laboratorio especiales o rutinarios necesarios para su control, terapias suplementarias, visitas, y pérdida de horas de trabajo para visitas a consultorios médicos. Los costes de las medicaciones pueden reducirse utilizando una combinación de tabletas y fórmulas genéricas. Debería avisarse a los pacientes para que comprobaran los precios por diferentes fuentes. Algunas fórmulas de liberación sostenida no deberían trocearse, ya que al cortar la tableta se elimina dicha función.

Seguimiento controlado: Debido a que la hipertensión es muy común, su control requiere un gran compromiso por parte del estamento médico, y de cualquier esquema organizativo sanitario que incluya cuidados controlados. Este compromiso necesitará expandirse aún más, ya que la mayoría de los pacientes no controla su tensión arterial adecuadamente, y en el futuro es seguro que se desarrollarán exigencias adicionales, a partir del aumento proyectado del número de personas con hipertensión debida al envejecimiento de la población.

No obstante, el coste del control de la hipertensión es menor en conjunto que la suma de coste directos e indirectos que pueden evitarse reduciendo las enfermedades de corazón asociadas a la hipertensión, apoplejía e insuficiencia renal, especialmente debido a eventos adversos que, a menudo, conducen a elevados costes de hospitalización, cirugía y tecnología. Los ensayos controlados aleatoriamente han demostrado que estas reducciones se producen en un breve plazo de tiempo y se mantienen durante años.

Los programas de cuidados controlados brindan la oportunidad de tener una aproximación coordinada en el cuidado del hipertenso, utilizando varios estamentos profesionales de la salud, y presentando una frecuencia adecuada de visitas, cortas esperas, consejos al paciente y formularios controlados. Los resultados a obtener se pueden dividir en tres categorías:

-Inmediatos: niveles de tensión arterial, porcentaje de adhesión a la terapia...
-Intermedios: función renal o cardíaca, utilización de recursos de la salud…
-A largo plazo: morbilidad y mortalidad, relación coste-eficacia…

Los especialistas en hipertensión pueden desempeñar un papel muy importante proporcionando una mejor atención desde el punto de vista coste-eficacia de la hipertensión adaptando las directrices de organizaciones nacionales para instaurarlas localmente, proporcionando consejo sobre nuevos fármacos y métodos de diagnóstico, y controlando a los pacientes con causas identificables de hipertensión, resistencia a la terapia o con condiciones concomitantes complejas.

Interacción entre fármacos: Algunas interacciones entre fármacos pueden ser útiles. Por ejemplo, diuréticos que actúan en distintas áreas de las nefronas, como la furosemida o las tiazidas que aumentan la natriuresis y diuresis, y ciertos antagonistas del calcio que reducen la cantidad requerida de ciclosporina. Otras interacciones son perjudiciales: fármacos antinflamatorios no esteroideos, que pueden enmascarar la acción de diuréticos, betabloqueantes e inhibidores de la ECA.

Pacientes de alto riesgo

Aunque se recomienda una aproximación general similar para todos los pacientes con hipertensión, pueden ser necesarias modificaciones en los casos de:

  • hipertensión en fase 3.
  • grupo de riesgo C.
  • los que presentan un riesgo especialmente elevado de un evento coronario o apoplejía.

La terapia farmacológica debería comenzar con el mínimo retraso. Aunque algunos pacientes pueden responder adecuadamente a un solo fármaco, a menudo es necesario añadir un segundo o tercer fármaco después de un corto intervalo si no se consigue el control. Los intervalos entre cambios en el régimen deberían disminuir en setos grupos de pacientes, y pueden aumentarse las dosis máximas de ciertos fármacos. En algunos pacientes, puede ser necesario empezar el tratamiento directamente con más de un fármaco. Pacientes con un nivel medio de tensión sistólica de 200 mmHg o más, y con un nivel medio de tensión diastólica de 120 mmHg o más, requieren una terapia más inmediata y, si existe lesión de órganos diana, pueden requerir hospitalización.

Consideraciones para mejorar la adhesión al tratamiento

Uno de los mayores retos terapéuticos es la poca adhesión al tratamiento antihipertensivo, hecho que contribuye a la falta de control adecuado en más de los dos tercios de pacientes con hipertensión.

El grado de mal cumplimiento del tratamiento por parte de los hipertensos en España es muy elevado, y superior al que el propio personal sanitario suele admitir. Cuando se emplean métodos de entrevistas o cuestionarios, la proporción global de pacientes cumplidores es del 55.5%. Esta cifra desciende al 46.4% cuando se emplean métodos basados en el recuento de comprimidos. La estimación del cumplimiento de la terapéutica dietética aún es peor, ya que oscila entre el 11–39%.

Como medida para intentar mejorar la adhesión, los pacientes tienen el derecho y la responsabilidad de tomar parte activa, y participar de forma bien informada sobre su propio cuidado, para conseguir así el máximo bienestar físico y emocional. Los profesionales del cuidado de la salud tienen la responsabilidad de proporcionar al paciente una información completa y exacta sobre su estado de salud, brindando a los pacientes la oportunidad de participar en su cuidado y conseguir el objetivo de llegar a su nivel óptimo de tensión arterial.

Visitas de seguimiento

Conseguir y mantener la tensión arterial propuesta a menudo requiere un consejo constante en las modificaciones del estilo de vida y un ajuste de la medicación. Debería visitarse a los pacientes tras 1-2 meses de iniciar la terapia para determinar el adecuado control de la hipertensión, el grado de adhesión del paciente y la presencia de efectos adversos. Los problemas médicos asociados, tales como lesiones de órganos diana, otros factores principales de riesgo y anormalidad en los ensayos de laboratorio desempeñan un papel en la determinación de la frecuencia del seguimiento del paciente.

Una vez que se ha estabilizado la tensión arterial, generalmente es adecuado un seguimiento a intervalos de 3-6 meses, según el estado del paciente. En algunos hipertensos, en particular las personas mayores y los que presentan síntomas ortostáticos, el control debería incluir la medición de la tensión arterial en posición sentado y, para reconocer la hipotensión postural, después de estar de pie sin moverse de 2 a 5 minutos.

Con la posibilidad de ser modificadas en función de determinaciones previas de la tensión arterial, otros factores de riesgo cardiovascular o lesión en los órganos diana, las recomendaciones oficiales en cuanto al control evolutivo de la presión arterial son:

 

Tabla XII. Presión Arterial Inicial (mmHg)

Sistólica

Diastólica

Control evolutivo recomendado

< 130

< 85

Nuevo control tensional en 2 años

130 – 139

85 – 89

Nuevo control tensional en 1 año

140 – 159

90 – 99

Confirmación de cifras tensionales en el plazo de 2 meses

160 – 179

100 – 109

Evaluación o envío a asistencia de referencia en el plazo de 1 mes

> 180

> 110

Evaluación o envío a asistencia de referencia de inmediato, o en el plazo máximo de 1 semana según el estado clínico del hipertenso

 

Estrategias para mejorar la adhesión al tratamiento y controlar la tensión arterial elevada

Existen varias estrategias para mejora la adhesión de forma significativa, entre las que se incluyen:

  • Informar a los pacientes acerca de la enfermedad, e involucrarles a ellos y a sus familiares en el tratamiento.
  • Establecer con el enfermo el objetivo, u objetivos, que se pretende conseguir con el tratamiento.
  • Hacer que el paciente se mida la presión arterial en casa.
  • Mantener el contacto con los pacientes y/o familiares.
  • Intentar que el cuidado sea sencillo. Facilitar las citas y consultas.
  • Alentar modificaciones del estilo de vida.
  • Integrar el acto de tomar las medicaciones en las actividades corrientes de la vida diaria.
  • Detener la terapia insatisfactoria y trazar un enfoque distinto.
  • Anticiparse y ajustar las dosis de fármacos para prevenir, minimizar o mejorar la aparición de efectos secundarios.
  • Añadir progresivamente fármacos eficaces y bien tolerados, en dosis suficientes para conseguir el objetivo de la terapia.
  • Alentar una actitud positiva en relación a conseguir los objetivos terapéuticos.
  • Considerar el control del seguimiento en una consulta de enfermería.

La elección y aplicación de estrategias específicas depende de las características individuales del paciente, y no se espera que los expertos en el cuidado de la salud las apliquen todas de una vez, o a todos los pacientes.

En particular, debería alentarse a los farmacéuticos para que controlasen el uso de la medicación de los pacientes, proporcionasen información acerca de los posibles efectos adversos, y evitasen las interacciones farmacológicas.

Las consultas dirigidas por enfermeras brindan una atractiva oportunidad de mejorar la adhesión y los resultados. También deberían utilizarse los servicios de otros agentes de salud, como los que proporcionan consejo de nutrición o ejercicio.

Hipertensión persistente

Se considerará hipertensión persistente si la tensión arterial no puede reducirse por debajo de 140/90 mmHg, en pacientes que están siguiendo adecuadamente un régimen con tres fármacos, entre los que se incluye un diurético, administrándose los tres tipos de fármacos prescritos casi a la dosis máxima. En pacientes de edades más avanzadas con hipertensión sistólica aislada, la persistencia se define como una insuficiencia del régimen de tres fármacos para reducir la tensión sistólica por debajo de 160 mmHg.

Las causas más frecuentes de falta de respuesta adecuada al tratamiento antihipertensivo son:

  • Pseudorresistencia:

- Hipertensión de "bata blanca" o elevaciones transitorias en la consulta.
- Pacientes ancianos.
- Uso de un manguito de medida incorrecta, sobre todos en brazos demasiado    gruesos.

  • Cumplimiento incorrecto del tratamiento.