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PROGRAMA ANUAL 2000-2001
DE FORMACIÓN CONTINUADA ACREDITADA
PARA MÉDICOS DE ATENCIÓN PRIMARIA

  

DEPRESIÓN

Introducción

Durante los últimos años, numerosos estudios clínicos, epidemiológicos, específicamente psiquiátricos o relacionados con otros ámbitos de la Medicina, señalan que la depresión es un trastorno muy frecuente, incluso en progresivo aumento. La relevancia de su frecuencia cobra un significado mayor si se tiene en cuenta que este trastorno genera una discapacidad funcional importante, superior incluso a la mayoría de enfermedades médicas crónicas.

Una amplia mayoría de los pacientes con depresión son tratados en asistencia primaria. La gran parte de los pacientes psiquiátricos consultan a sus médicos de cabecera en el plazo de un año. Un número elevado de estos pacientes tiene un curso crónico (hasta un 75 por ciento), y el resto suele tener un inicio brusco de su enfermedad.

La ansiedad y la depresión representan aproximadamente el 80 por ciento de todos los diagnósticos psiquiátricos en asistencia primaria. Sin embargo, se afirma que en este nivel asistencial existe una tendencia a diagnosticar en exceso la ansiedad y a pasar por alto el diagnóstico de la depresión.

En los países occidentales, se estima que el promedio de pacientes con depresión en asistencia primaria es elevado, entre un 10 por ciento y un 20 por ciento de casos.

Además, la depresión y las enfermedades somáticas interaccionan de diferentes formas. La depresión puede ser la consecuencia de una enfermedad somática grave, pero también puede coexistir al mismo tiempo. También es frecuente que la depresión se exprese y se presente al médico como un síndrome somático, o como un cuadro inducido por determinadas medicaciones.

La depresión es, por tanto, un problema importante en la clínica diaria de los médicos de asistencia primaria, tanto en pacientes considerados específicamente psiquiátricos como en aquellos con enfermedades consideradas médicas, físicas o somáticas. Pero además, la depresión es una de las principales cargas sanitarias como consecuencia del impacto social que provoca, del elevado precio del tratamiento, del alto índice de suicidios (12-15 por ciento) y del incremento de la mortalidad debido a la asociación con enfermedades médicas.

 

Concepto

Los términos depresión y melancolía, y otros emparentados con ellos, han sido utilizados durante más de dos milenios en relación con toda una serie de diferentes estados de aflicción. En algunas ocasiones se han utilizado para indicar un estado emocional de cierta duración, molesto, que no era habitual, pero que no podía ser considerado patológico; en otras hacían referencia a un temperamento o un tipo de carácter con un determinado tono y una determinada disposición emocional, tampoco patológicos, en el sentido de enfermedad; en otras podían significar una forma de sentir de duración relativamente corta, de tono infeliz, pero que difícilmente podía considerarse enfermiza. Los diferentes estados así denominados no respondían a estados mentales corrientes sino a un amplio espectro mayor que el abarcado por el término enfermedad.

La experiencia de estar deprimido o melancólico probablemente sea tan conocida en nuestra especie como cualquiera de los otros muchos sentimientos humanos. Sentirse bajo de tono, o triste, o infeliz, estar desanimado, melancólico, triste, deprimido, o desesperanzado, son estados que sin duda han afectado en algún momento a todos y cada uno de nosotros. El desánimo o la aflicción, debidos a la desilusión material o interpersonal, la tristeza o la desesperación por la separación o la pérdida son experiencias afectivas que pueden estar dentro del marco de lo normal, por poco frecuentes e infelices que sean. Sentirse melancólico o deprimido no supone necesariamente una enfermedad mental o un estado patológico. Sólo cuando estos sentimientos se prolongan o se agravan pueden empezar a ser valorados como patológicos, e incluso entonces estos estados afectivos tendrán que ir acompañados de otros síntomas para que sean calificados como tales.

Desde una perspectiva clínica, y tal como ocurre con otros fenómenos psicopatológicos, el término depresión se utiliza en tres sentidos: síntoma, síndrome y enfermedad.

La depresión como síntoma es una afectación del estado de ánimo que engloba sentimientos negativos tales como tristeza, desilusión, frustración, desesperanza, debilidad, inutilidad, y puede formar parte de la clínica de otros trastornos psíquicos (p. ej.; trastorno de angustia, trastorno obsesivo-compulsivo). En un sentido amplio puede ser caracterizado por la vivencia de tristeza o de "sentirse deprimido".

La depresión como síndrome agrupa un conjunto de síntomas psíquicos y somáticos (tristeza patológica, inhibición, sentimientos de culpa, minusvalía y pérdida del impulso vital) que configura el diagnóstico clínico y psicopatológico.

La depresión como enfermedad, desde la visión del modelo médico, configurando una entidad nosológica que es definida a partir del síndrome clínico y en la que puede ser delimitada una etiología, una clínica, un curso, un pronóstico y un tratamiento específico.

El Comité para la Prevención y Tratamiento de las Depresiones (PTD) define la depresión como un síndrome que agrupa síntomas somáticos y síntomas psíquicos en torno a un núcleo central, en el que encontramos la tristeza patológica, la pérdida de impulsos, el vacío, etc., que determina un estado de ánimo de tipo negativo característico. Se añade que el síndrome lo padecen personas predispuestas y puede ser desencadenado por múltiples causas. Se establece sobre un trastorno biológico en el que intervienen fundamentalmente alteraciones de la neurotransmisión al nivel de la sinapsis del SNC. Esta alteración, puramente funcional, es reversible y puede ser recurrente.

En el lenguaje actual de la Psiquiatría, la depresión o el síndrome depresivo hay que situarlo bajo el epígrafe de Trastornos depresivos.

En las más recientes clasificaciones psiquiátricas (DSM-IV y CIE-10), los trastornos depresivos están clasificados dentro de los trastornos del estado de ánimo (DSM-IV) o trastornos del humor (afectivos) (CIE.10) (Tabla I). En estas taxonomías, los trastornos del estado de ánimo o del humor se agrupan en función de dos distinciones. Los trastornos primarios se describen en primer lugar, seguidos por aquellos en los que la etiología ha quedado bien establecida (p.ej., trastorno del estado de ánimo debido a una enfermedad médica y trastorno del estado de ánimo inducido por sustancias). Los trastornos primarios se dividen en unipolares (trastornos depresivos) y el bipolares. Esta es una distinción con implicaciones terapéuticas importantes dado que en el trastorno bipolar suele ser necesario administrar un estabilizador del estado de ánimo (p.ej.; Litio). Los trastornos depresivos se dividen en trastorno depresivo mayor y trastorno distímico en función de la gravedad y el curso.

TABLA I
Trastornos del estado de ánimo y del humor en el  DSM-IV y la CIE-10

Trastornos del humor (afectivos en la CIE-10) Trastornos del estado de ánimo en el DSM-IV
F 30 Episodio maníaco

F 31 Trastorno bipolar

F 32 Episodios depresivos

F 33 Trastorno depresivo recurrente

F 34 Trastornos del humor (afectivos) persistentes
       F 34.0 Ciclotimia
       F 34.1 Distimia

F 38 Otros trastornos del humor
       F 38.00 Trastorno afectivo mixto
       F 38.10 Trastorno depresivo breve recurrente

F39 Trastorno del humor (afectivo) sin especificación

F 06.3 Trastorno del humor (afectivo) orgánico

F 11.72 Trastorno afectivo residual inducido

F 19.72 por sustancias

Trastornos depresivos
  F3x.x Trastorno depresivo mayor
  F34.1 Trastorno distímico [300.4)
  F32.9 Trastorno depresivo no especificado

Trastornos bipolares
 
F3x.x Trastorno bipolar I [296.xx]
  F31.8 Trastorno bipolar II [296.89]
  F34.0 Trastorno ciclotímico [301.13]
  F31.9 Trastorno bipolar no especificado [296.80]

Otros trastornos del estado de ánimo
 
F06.xx Trastorno del estado de ánimo debido a
  enfermedad médica
  F1x.8 Trastorno del estado de ánimo inducido por
  sustancias [29x.xx]
  F39 Trastorno del estado de ánimo no
  especificado [296.90]

         (*) Especificaciones que describen el episodio afectivo más reciente:Leve, moderado, grave sin síntomas pscióticos, grave con síntomas psicóticos, en remisión parcial, en remisión total
Crónico
Con síntomas catatónicos
Con síntomas melancólicos
Con síntomas atípicos
De inicio en el posparto
(*) Especificaciones que describen el curso de los episodios recidivantes:
Especificaciones de curso (con o sin recuperación interepisódica completa)
Con patrón estacional
Con ciclos rápidos

El trastorno depresivo mayor consiste en uno o más episodios depresivos mayores mientras que el trastorno distímico se caracteriza por un estado de ánimo crónicamente depresivo que no alcanza la gravedad del episodio depresivo mayor. Conviene señalar que esta división, aunque es útil en cuanto al plan terapéutico, es artificial. Las personas que sufren un trastorno distímico pueden presentar en su evolución un episodio depresivo mayor. Del mismo modo, una minoría de personas con un trastorno depresivo mayor o un trastorno distímico puede presentar un episodio maníaco o hipomaniaco. En estos últimos casos el diagnóstico cambiaría a trastorno bipolar I, trastorno bipolar II o trastorno ciclotímico, dependiendo de la clínica.

El trastorno depresivo mayor (TDM) puede considerarse como el prototipo clínico de lo que se llama, en sentido amplio, depresión. Por tanto, este tema se centrará fundamentalmente en el estudio del TDM.

 

Breve recuerdo histórico

Los escritos médicos que se conservan de la Grecia y la Roma clásicas, al tratar el tema de los desordenes mentales, tienden a referirse a tres tipos de locura con la suficiente regularidad como para sugerir que eran categorías nosológicas bien definidas. Dentro de ese contexto es donde aparece la melancolía junto a la frenitis y la manía.

Mientras que en la actualidad la manía y la melancolía se contemplan como condiciones psicopatológicas opuestas, en esta época dominaba cierta confusión en la concepción de ambos términos, empleándose a menudo como sinónimos. En general, la manía se utilizaba en el sentido del estado psicomotor de excitación o de locura.

Las primeras descripciones de la melancolía como enfermedad aparecen en los escritos hipocráticos en los siglos V y IV a. C. La melancolía se asociaba con "aversión a la comida, desesperación, insomnio, irritabilidad e intranquilidad" y se afirmaba que "un miedo a una depresión que se prolonga supone melancolía".

Sorano de Efeso, que fue el médico más famoso de la escuela metodista y trabajó en Roma durante el reinado de los emperadores Trajano (98-117) y Adriano (117-138), describe los signos de la melancolía de la siguiente manera:

"angustia mental, aflicción, silencio, animosidad hacia los miembros de la familia, a veces un deseo de vivir y otras un deseo vehemente de morir, sospechas de que se está tramando algo contra él, llanto sin razón, murmullos incomprensibles, y, de nuevo, jovialidad ocasional; distensión precardiaca, sobre todo después de las comidas, frialdad en los miembros, sudor suave, dolor agudo en el esófago o el corazón, pesadez de cabeza.., cuerpo delgado, debilidad...".

Aretaeus de Capadocia, probablemente contemporáneo de Galeno, incluía un capítulo sobre la melancolía en su "De las causas y síntomas de las enfermedades crónicas" y la describe como: "una caída del espíritu con una única fantasía, sin fiebre (...). Pero no todos los afectados por la melancolía se ven afectados en la misma forma, sino que unos temen ser envenenados, otros huyen al desierto por misantropía, o se vuelven supersticiosos, o les entra el odio por la vida".

Probablemente fuera este autor el primero en sugerir la íntima relación existente entre la melancolía y la manía: "me parece que la melancolía es el comienzo y una parte de la manía ".

Galeno (131-201), en el libro III de la obra "De las partes afectadas", dedica un capítulo a la melancolía. En la línea de la tradición hipocrática pensaba que había un grupo de enfermedades que se conocían con el nombre de melancolías, entre las que estaba la melancolía propiamente dicha, y que todas ellas estaban causadas por la bilis negra. Señala que los síntomas esenciales son el miedo y la desesperación:

"Aunque cada paciente melancólico actúa bastante diferente que los demás, todos ellos muestran miedo y desesperación. Creen que la vida es mala y odian a los demás, aunque no todos quieren morirse. Para algunos el miedo a la muerte es la preocupación fundamental durante la melancolía. Otros, bastante extrañamente, temerán la muerte a la vez que la desean"

Durante la Edad Media, el pensamiento médico acerca de la melancolía se mantuvo en una línea de continuidad con la Antigüedad. Durante esta época, los escritos médicos son, por una parte, enciclopedias y tratados más cortos con fines prácticos y, por otra, comentarios a los autores clásicos, es decir, Hipócrates y Galeno, para su utilización en las escuelas médicas.

En este largo período medieval, destaca la aparición del término latino acedia, transliteración de una palabra griega que significaba distracción, embotamiento, literalmente estado de no importarle a uno nada. A finales del siglo IV la iglesia cristiana comenzó a utilizar este término para designar toda una constelación de sentimientos y conductas consideradas como poco habituales, no deseables, e indicativas de una necesidad de atención para remediarlas. El gradual desarrollo de la acedia como estado diferenciado y el reconocimiento de los síntomas de este estado enfermizo tiene sus raíces en la lucha de los anacoretas contra los azares del aislamiento y las tentaciones de sus inclinaciones carnales mientras luchaban por alcanzar la perfección espiritual. Según palabras de Juan Casiano (360-435 d.C.) la acedia era una "preocupación o tristeza del corazón" "semejante a la aflicción" y "especialmente dura para los solitarios".

En la obra de Juan Casiano, la acedia estaba enmarcada en el contexto de los ocho vicios principales contra los que los monjes tenían que luchar, y así fue considerada en Occidente durante bastante tiempo. Conviene señalar que por entonces la tristitia (aflicción, tristeza, pesar) también formaba parte de la lista de esos ocho vicios capitales. Un rasgo significativo de las primeras descripciones de la acedia está relacionado con el uso de los demonios en la doctrina cristiana.

Posteriormente, la acedia y la tristitia fueron utilizados con significados equivalentes, al menos en cuanto al pecado que aludían ambos estados. Se consideró que la tristeza o aflicción era el estado mental y la conducta perezosa la manifestación externa de ese estado. En los siglos siguientes, unas veces se destacó el fenómeno físico de la ociosidad y somnolencia, otras, se dio mayor importancia a la "flojedad" espiritual, y en el siglo XIII, la acedia paso a entenderse como tristeza grave o deprimente.

En las etapas tardías de la Edad Media, el término comenzó a asociarse con la melancolía tanto en la terminología como en el significado. A lo largo del Medioevo el término melancolía hacía referencia a la descripción tradicional galénica de un estado de temores, tristeza, misantropía, suspicacia, cansancio y, con frecuencia, la presencia de una idea ilusoria. Así pues, el aspecto de tristeza-aflicción-desesperación del pecado de la acedia compartía una parte de su terreno con la enfermedad llamada melancolía, con la única diferencia de que en el caso de la acedia no aparecen las ideas ilusorias.

La transición entre la Edad Media y el Renacimiento no supuso ningún cambio fundamental en las descripciones, explicaciones y tratamiento de la melancolía.

En 1621 se publicó la obra de Robert Burton (1557-1640) La Anatomía de la Melancolía. Este libro contiene una detallada descripción de los conocimientos médico-psicológicos que en el Renacimiento se tenía acerca de la melancolía. Pero además, Burton trata el tema de las causas de la enfermedad de forma exhaustiva, más allá de la idea básica de que la melancolía estaba causada por el humor melancólico. Se puede decir que en la descripción de las causas elaborada por este autor subyace la idea de una etiología multifactorial.

A partir de la mitad del siglo XVII aparecen cambios conceptuales en el campo de la melancolía asociados con la decadencia de la teoría de los humores; al principio, debido al surgimiento de las teorías médico-químicas, y, al final de siglo, por la aparición de las ideas mecanicistas.

En el siglo XVIII, y debido a la influencia de la filosofía mecanicista en todos los aspectos de la ciencia, las explicaciones de la melancolía se expusieron como una adaptación a esta teoría. Herman Boerhaave (1668-1738) fue, además de una figura muy influyente en la medicina occidental durante la mayor parte de este siglo, un gran defensor del razonamiento mecanicista en las explicaciones médicas. Al hablar de la melancolía, este autor antepone la descripción clásica de que se trata de esa enfermedad "en que el paciente tiene prolongados y obstinados delirios sin fiebre, y siempre con una o dos ideas fijas", pero considera que las tres categorías clásicas de la melancolía eran grados de gravedad de una misma enfermedad más que tres tipos de melancolía que afectaran a lugares diferentes. En su obra Aforismos, expone que las causas de la melancolía eran aquellos factores que eliminaban o reducían las partes más móviles de la sangre, y paraban o enlentecían el movimiento del resto de la sangre.

Pero a mitad de siglo, la explicación mecanicista estaba empezando a ser contestada tanto en la filosofía natural como en la fisiología. Fue entonces cuando surgió la figura de William Cullen (1710-1790). En su "Nosology de los Desordenes nerviosos", que denominaba Neurosis, se dividían en cuatro órdenes: Comata (privación del movimiento voluntario), Adynamia (privación de los movimientos involuntarios, tanto vitales como naturales), Espasmos (movimientos irregulares de los músculos) y Vesania (desórdenes de las funciones intelectuales). La Vesania a su vez la dividió en cuatro categorías: Amenita, Melancolía, Manía y Onierodynia. Cullen definió la melancolía como una insania parcial, sin dispepsia, aspecto este último que la diferenciaba de la hipocondría.

En la historia de la psiquiatría, William Cullen es considerado como una de las figuras más significativas en el desarrollo de una psicopatología orientada neurológicamente.

De este siglo merece la pena destacar, por su importancia en relación con la historia de nuestro país, al médico Andrés Piquer. En su "Discurso sobre la enfermedad del Rey, Nuestro Señor, Don Fernando VI (que Dios guarde)" describió la melancolía que padeció este monarca.

Por otra parte, hay que señalar que hasta el siglo XVIII, el término depresión apenas había aparecido en los escritos sobre la melancolía y la aflicción. Para algunos autores, los escritos de Samuel Jonson (1709-1748), en los que hace referencia a la melancolía, que el mismo padecía, con la palabra depresión, influyeron de forma importante en la tendencia a que este término desplazara al de melancolía en la literatura acerca de los estados de aflicción.

El término depresión entró relativamente tarde en la terminología utilizada para definir los estados de aflicción. En el Diccionario de Autoridades de 1726 se señala que la palabra depresión deriva del término latino depressio que significa abatimiento, humillación. Por entonces su significado estaba más relacionado con el ámbito moral de la persona que en el sujeto enfermo. En este Diccionario se añade una cita de Quevedo en "Virtud Militante":

"Con su depresión levanta al humilde"

Para otros autores, la palabra deriva en su origen del latín de y premere (apretar, oprimir), y deprimere (empujar hacia abajo); y con los significados que vienen de estos términos latinos de empujar hacia abajo, oprimir, rebajado en categoría o fortuna, venido a menos, comenzó a utilizarse en inglés durante el siglo XVII. En este mismo siglo se dan casos aislados en que se utiliza para significar "depresión del espíritu" o "aflicción". Pero fue en el siglo XVIII cuando el término comienza a aparecer en algún escrito relacionado con la melancolía. También en este mismo siglo, y en contextos más relacionados con la Medicina, se menciona la posibilidad de "estar deprimido en profunda tristeza y melancolía, o elevado a un estado lunático y de distracción".

En el siglo XIX se emplea frecuentemente en textos literarios y médicos, denotando afecto o humor, a menudo como sinónimo de melancolía, pero sin llegar a adquirir el status de enfermedad.

La obra de Philippe Pinel (1745-1826), publicada entre la última década del siglo XVIII y principios del XIX, fue una aportación importante en el campo de la Psiquiatría. Sobre la melancolía, aunque no ofrece una teoría sistemática acerca de las causas, rechaza el tratamiento usual para estos enfermos, defendiendo en cambio un programa de tratamiento moral. Otro autor importante, y tal vez más influyente que Pinel, fue su discípulo Jean-Etienne-Dominique Esquirol (1772-1840). Este último introdujo el término de monomanía para sustituir a melancolía, dado que este último término era utilizado en la lengua vulgar en un sentido amplio para referirse a variados estados de tristeza. La monomanía a su vez la subdividió en dos tipos: monomanía propiamente dicha, que se caracteriza por un delirio parcial, y una pasión o alegre o excitada, y que corresponde a la melancolía maniaca, furia maniaca, o a la melancolía complicada con manía; en resumen, con amenomanía; y la monomanía que corresponde a la melancolía de los antiguos, a la que denomina lypemanía, considerando que este último término era equivalente a melancolía.

Esquirol definió la melancolía (o lypemanía) como "una enfermedad cerebral caracterizada por delirio parcial crónico, sin fiebre, y sostenido por una pasión de carácter triste, debilitante u opresivo". Además, señaló que la melancolía era una alteración del estado de ánimo y no una alteración del intelecto. Asimismo, subrayó la naturaleza estacional de los trastornos del estado de ánimo.

Hasta mediados del siglo XIX los trastornos psíquicos se subdividieron de acuerdo con los síntomas. Pero, a partir de entonces, bajo la influencia de Pinel, se inició un movimiento para describir con énfasis los síndromes psicopatológicos sobre el curso de la enfermedad.

También hacia mediados del siglo, Wilhelm Griesinger (1817-1868) publicó su "Patología y terapéutica mentales", en el que dedica un capítulo a los "Estados de depresión mental-Melancolía" con un enfoque que estaba influenciado por la reciente teoría de la psicosis unitaria. Su tesis básica era que las diversas formas de enfermedad mental eran estadios de un único proceso enfermizo. De acuerdo con esta teoría describe la melancolía como estadios de un continuum de gravedad, y explica como algunos casos pueden ir empeorando gradualmente hasta pasar de casos de melancolía a casos de manía.

En 1851, P. Falret (1794-1870) formuló el término "locura circular". Describió, influenciado en cierto modo por las ideas de Griesinger, la alternancia de la melancolía con la manía como una entidad diagnóstica. Por tanto, se puede considerar a este autor como el primero en postular el constructo de la enfermedad maníaco-depresiva o trastorno bipolar tal como se entiende en la actualidad.

Conviene señalar que el término depresión, en la primera mitad del siglo XIX, se empleó para designar a grupos nosológicos heterogéneos que tenían únicamente un síntoma negativo común, en el sentido de una disminución inespecífica y un deterioro general de las funciones psíquicas.

A finales del siglo XIX, Karl Ludwig Kahlbaum (1828-1899) introduce los términos de ciclotimia para calificar algunas formas de perturbación mental circular consideradas leves y que él las compara con las perturbaciones más graves de la insania circular típica. Además, describe unas depresiones que no son la fase deprimida de la insania circular a las que denomina distimia.

Aunque Emil Kraepelin (1856-1926) vivió la mayor parte de su vida en el siglo XIX y realizó una parte significativa de su trabajo en este siglo, su influencia en los temas relacionados con la melancolía y la depresión forma parte de la historia del siglo XX.

Basándose en criterios etiológicos, descriptivos y evolutivos, Kraepelin enunció el concepto de "Locura maniaco-depresiva" como entidad nosológica independiente. En un único concepto incluyó todas las psicosis que hasta entonces se denominaban periódicas y circulares, la manía simple, la mayor parte de los casos diagnosticados de melancolía y un pequeño número de síndromes amenciales. En la octava edición de su "Tratado de las Enfermedades Mentales" incluyó en este mismo grupo la Melancolía Involutiva, considerando que todos esos cuadros clínicos eran manifestaciones de la misma enfermedad. Para ello utilizó los criterios de la historia familiar, la sintomatología afectiva similar, la sucesión periódica de las fases maníacas y/o melancólicas con periodos de remisión, y el pronóstico global comparativamente benigno y sin deterioro progresivo.

Adolf Meyer, en 1905, hablando de la clasificación de las melancolías, indicó que se debía eliminar el término melancolía, "que implica un conocimiento de algo que no poseemos, y que había sido empleado en formas especificas diferentes según los autores", y sustituirlo por el término depresión.

Durante las décadas posteriores a Kraepelin disminuyó el interés por el sistema de clasificación que él había propuesto, así como por el diagnóstico, resultado del fracaso de la investigación psiquiátrica para encontrar factores etiológicos y tratamientos eficaces para las depresiones. Durante estos años, la evolución del concepto de la enfermedad maníaco-depresiva siguió caminos diferentes en Europa y Estados Unidos. Mientras en Europa se estudió la enfermedad mental mediante la utilización del modelo médico tradicional, en EE.UU., bajo la influencia del Psicoanálisis, se centró el interés sobre los factores psicológicos y sociales.

Por otra parte, durante gran parte del siglo XX los dilemas sobre la nosología de las enfermedades psíquicas y los trastornos afectivos en particular fueron constantes. Fueron numerosas las discusiones acerca de una serie de dicotomías (p.ej.; endógeno-exógeno, psicótico-exógeno, endógeno-neurótico, psicótico-neurótico) en relación con los trastornos depresivos y melancólicos, así como los argumentos acerca de cual debía ser la dicotomía elegida. En consecuencia, en cada país se adoptaron principios de clasificación diferentes.

En los años 50, y en gran medida como consecuencia del descubrimiento de los fármacos antidepresivos y de la eficacia de medicaciones como el carbonato de litio en cuadros específicos, renació el interés por el diagnóstico y la clasificación de los trastornos del humor.

En la actualidad, la concepción de los trastornos del humor continua de algún modo bajo la influencia de las nociones utilizadas por Kraepelin, al menos en cuanto a la intención de los autores, por ejemplo, del DSM-III. Este manual se convirtió incluso como el símbolo de lo que algunos denominaron como un "retorno a Kraepelin". Esto, sin embargo, no parece corresponderse con la realidad más que en dos puntos: la naturaleza categorial y la adopción, con unas mínimas modificaciones, de las líneas maestras del constructo kraepeliniano. Por tanto, más que un "retorno a Kraepelin" se trata de un retorno a Esquirol y a Pinel, es decir, a una nosología puramente sindrómica.

El avance de la nosología y las exigencias de la investigación han desmembrado el primitivo esquema unitario de Kraepelin, lo que ha dado lugar a la existencia de una amplia variedad de diagnósticos. Sin embargo, y a pesar del esfuerzo realizado por numerosos estudios de campo, la concepción y clasificación de los trastornos del humor permanece siendo insatisfactoria y "un problema que sigue falto de una solución aceptable".

 

Incidencia-prevalencia en la población general y en las consultas de atención primaria

Los trastornos depresivos son los trastornos psíquicos más frecuentes, aunque las cifras de incidencia y prevalencia halladas en los diferentes estudios realizados varían en función de la metodología empleada.

En cualquier caso, se estima que la prevalencia anual de la depresión en la población general se sitúa entre el 4 por ciento y el 6 por ciento. Según la OMS los enfermos de depresión en todo el mundo son alrededor de 150-250 millones. Extrapolando esos datos, el PTD estima que el número de enfermos con depresión en España, como prevalencia, oscila entre 1.200.000 y 1.500.000. Estas cifras se aproximan al 10 por ciento de los adultos.

Se estima que la incidencia de esta enfermedad es de 2-4 casos por mil personas en un año. Otros autores establecen las tasas de incidencia en torno a 500-1000 nuevos depresivos por cada 100.000 habitantes y año.

La prevalencia de la depresión es significativamente alta en las poblaciones que acuden a los servicios de Atención Primaria. En un estudio realizado por la OMS en centros de atención primaria de 14 países se constató una prevalencia superior al 10 por ciento de los primeros contactos. Vázquez-Barquero, en un estudio realizado sobre primeras consultas en atención primaria y en nuestro medio, encuentra tasas de prevalencia ponderada de depresión del 4,7 por ciento para los hombres y del 7 por ciento para las mujeres.

Los estudios del trastorno depresivo mayor han indicado un amplio intervalo de valores para la proporción de la población adulta que padece el trastorno. El riesgo para el trastorno depresivo mayor a lo largo de la vida en las muestras de población general ha variado entre el 10 y el 25 por ciento para las mujeres y entre el 5 y el 12 por ciento para los varones. La prevalencia puntual del trastorno depresivo mayor en adultos en muestras de población general han variado entre el 5 y el 9 por ciento para las mujeres y entre el 2 y el 3 por ciento para los varones. Las tasas de prevalencia para el trastorno depresivo mayor parecen no estar relacionadas con la raza, el nivel de estudios o de ingresos económicos, ni con el estado civil.

Un estudio del Epidemiologic Catchment Area (ECA) realizado por el National Institute of Mental Health (NIMH), basado en un seguimiento de más de 18.000 adultos de cinco estados de los Estados Unidos, halló que la prevalencia anual del trastorno depresivo mayor era del 2,6 por ciento, mientras que la prevalencia a lo largo de la vida fue del 4,4 por ciento. La edad media de inicio fue de 27 años, observándose muy pocas diferencias entre ambos sexos. En este mismo estudio la prevalencia para la distimia a lo largo de la vida se sitúa en el 3 por ciento y para el trastorno bipolar es de 1 por ciento la prevalencia anual y de 1,2 por ciento a lo largo de la vida.

Algunos estudios ponen de manifiesto que los individuos nacidos durante las últimas décadas presentan una edad de inicio menor y un aumento de la tasa de depresión. Actualmente se desconocen las razones de este efecto cohorte sobre el nacimiento. El mayor reconocimiento del trastorno depresivo mayor en los niños y en los adolescentes no refleja únicamente la menor edad de inicio sino también una mayor aceptación de que este trastorno se produce también en estos grupos de edad. En general, los criterios diagnósticos de los adultos puede utilizarse de una forma fiable en los niños y los adolescentes. Debido a que el trastorno bipolar se origina frecuentemente durante la adolescencia, una enfermedad que se origine mediante un episodio depresivo mayor puede permanecer con un diagnóstico ambiguo hasta que no se produzca uno o más episodios de alteración del estado de ánimo. La prevalencia de la depresión en las mujeres es uniformemente mayor que en los hombres, hallando la mayoría de estudios que la depresión mayor suele ser el doble en mujeres que en hombres.

 

Importancia socio-sanitaria:morbilidad,mortalidad y coste

Morbilidad

De acuerdo con el Medical Outcome Study, la depresión posee un mayor impacto adverso en los individuos que otras patologías orgánicas como la hipertensión, diabetes, artritis y enfermedades pulmonares, medido mediante las dimensiones de funcionamiento físico, funcionamiento del rol, funcionamiento social, número de días encamado a causa de una mala salud, percepción de la salud y dolor corporal.

En las personas que padecen un trastorno depresivo mayor se incrementa el riesgo de abuso de alcohol y tabaco. Además, estos cuadros aumentan los problemas de salud. En un estudio prospectivo se encontró que la depresión estaba relacionada con una mala salud física, un aumento de la utilización de la asistencia sanitaria y un aumento de cinco veces mayor en el número de días de incapacidad laboral en los trabajadores activos. De hecho, se ha señalado que la incapacidad debida a la depresión mayor es similar o peor a otras enfermedades médicas crónicas, lo que tiene un efecto adverso sobre el absentismo laboral, la productividad, los accidentes laborales y el control de calidad en el trabajo debido a deficiencias en la concentración y atención.

 

Mortalidad

La depresión es un trastorno potencialmente letal: aproximadamente el 15 por ciento de los individuos con un trastorno del estado de ánimo primario se suicidan. Aproximadamente el 50 por ciento de las personas que se suicidan presentaban un diagnóstico primario de depresión. Los factores asociados con un aumento precoz (definido como hasta 1 año después de la entrevista) del riesgo de suicidio en los pacientes deprimidos son las crisis de angustia, la ansiedad psíquica, la pérdida importante del interés y del placer (es decir, anhedonia), la dificultad para concentrarse, el abuso de sustancias y el insomnio importante. Los factores de riesgo a largo plazo (entre 1 y 5 años después de la entrevista) son la desesperación, la ideación suicida y los intentos anteriores de suicidio.

Obviamente, a todas las persona que padecen un trastorno depresivo es imprescindible evaluar la suicidabilidad, antes, durante y después del tratamiento.

También existen pruebas de que la comorbilidad de la depresión aumenta la probabilidad de muerte por otras patologías orgánicas como las enfermedades cardiovasculares y el cáncer. Asimismo, las muertes pueden ser consecuencia de accidentes causados por la mala concentración y atención asociadas a la depresión.

 

Aspectos económicos

El impacto económico de la depresión incluye los costes del tratamiento (es decir, costes directos) y los costes producidos por una pérdida de productividad debida a la enfermedad o a la muerte (es decir, costes indirectos). Basándose en los datos económicos del año 1980, el coste económico anual de la depresión en los Estados Unidos se estimó que fue de 16.300 millones de dólares. Más recientemente, la estimación ha aumentado a 43.700 millones de dólares ( 12.400 millones de dólares en costes directos, 7.500 millones de dólares en costes por mortalidad y 23.800 millones de dólares en costes por morbilidad).

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