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PROGRAMA ANUAL 2000-2001
DE FORMACIÓN CONTINUADA ACREDITADA
PARA MÉDICOS DE ATENCIÓN PRIMARIA
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Hiperuricemia y gota
Tratamiento
El tratamiento de la gota integra varios aspectos: a)
el control de los síntomas de la artritis gotosa aguda, b) la prevención de los ataques
durante la fase de reducción de la uricemia y el periodo intercrítico y c) la reducción
de la uricemia.. El objetivo último del tratamiento, que nunca deberemos perder de vista
(como escribió la Dra. Yü, los "mojones" del camino del tratamiento), es
invertir el mecanismo fisiopatológico de formación de cristales de urato en los tejidos.
También deberá tenerse en cuenta el tratamiento de procesos epidemiológicamente
asociados a la gota, como son hiperlipemia, hipertensión, obesidad e hiperglucemia, por
su importancia como factores de riesgo de enfermedades vasculares.
Para los pacientes es especialmente importante el control de los
síntomas del ataque agudo de gota cuando éste está en curso. Sin embargo, generalmente
no están bien informados sobre la posible evolución crónica de la enfermedad, sus
causas y sobre el objetivo y la utilidad del tratamiento. Esto conlleva que, a pesar de
disponer de fármacos eficaces, las formas severas de artropatía gotosa crónica supongan
casi la mitad de los pacientes que se atienden en Unidades de Reumatología. Hemos
observado que la frecuente insistencia en dietas muy estrictas, no tolerables por muchos
pacientes, así como el atribuir a incumplimiento terapéutico las malas respuestas al
tratamiento, son causa frecuente de abandono del seguimiento médico y conducen a la
automedicación de fármacos (colchicina, AINE, corticoides) por el paciente.
Del correcto diagnóstico y el adecuado tratamiento de la gota se
derivan beneficios tanto para el paciente, como para el sistema sanitario y para la
sociedad en general. En lo que se refiere al paciente, un adecuado control evitará el
padecimiento del intenso dolor y la afección funcional que suponen los ataques agudos, el
riesgo de desarrollar formas crónicas de artropatía gotosa, y la confusión con otros
procesos: en un estudio se observó que el 25 por ciento de los pacientes con gota habían
sido diagnosticados de otros procesos, incluyendo artritis reumatoide y es relativamente
frecuente, visitar pacientes que han sido sometidos repetidas veces a exploraciones
complementarias complejas (como TAC o RNM) o incluso a artroscopia diagnóstica por
derrames de repetición, así como a tratamientos con fármacos de acción lenta empleados
en la artritis reumatoide. Algunos pacientes reciben tratamiento corticosteroide crónico,
que facilita el desarrollo de formas tofáceas severas. Además, el control de los
síntomas derivados del depósito de AU evita que estos pacientes sufran efectos adversos
por el empleo intermitente o continuado de AINE (sobre todo efectos adversos
gastrointestinales, pérdida de función renal o descompensación o mal control de la
hipertensión arterial). Se ha demostrado que la desaparición de los ataques tras el
adecuado control de la uricemia se asocia a una mejoría de la función renal en estos
pacientes, probablemente por la retirada definitiva del tratamiento con AINE.
El sistema sanitario en sí puede beneficiarse del control adecuado
de estos pacientes. Un estudio realizado en Canadá demostró que el gasto en visitas de
control de gota y tratamiento hipouricemiante compensaba económicamente si los pacientes
sufrían dos o más ataques al año. Hay que tener en cuenta que en Canadá la duración
media de las bajas por gota es sólo de tres días.
Socialmente es asimismo rentable el tratamiento, ya que los
pacientes con gota dejan de tener ataques (y de causar bajas laborales durante los
mismos), pueden mostrar mejoría de la función articular y, salvo casos excepcionales, no
derivan en invalidez por lesión articular establecida.
Tratamiento de los ataques agudos
Medidas generales
La aplicación de apósitos fríos y el reposo
son medidas a tener en cuenta. Pueden emplearse férulas para facilitar el reposo
articular. Desaconsejamos el empleo de vendajes compresivos y las férulas cerradas, que
puedan producir conflictos de espacio e impiden evaluar la respuesta al tratamiento.
Deben evitarse fluctuaciones de la uricemia durante el ataque agudo.
Se ha observado que las variaciones sustanciales de las cifras de uricemia pueden
prolongar la duración del ataque, provocar su recidiva o trasformarlo en un ataque
poliarticular. Por lo tanto, siempre que sea posible, durante el ataque agudo no se
prescribirán fármacos hipouricemiantes u otros fármacos (diuréticos, ciclosporina A,
salicilatos) que puedan modificar las cifras de uricemia durante el mismo. Por la misma
razón, no se deben suspender esos mismos fármacos, si es que el paciente los viene
recibiendo en el momento de sufrir el episodio agudo. Asimismo, se evitarán otras medidas
terapéuticas (como dietas hipocalóricas estrictas) que influyan en la uricemia.
Analgésicos
Consideraremos el empleo de analgésicos
(paracetamol, metamizol, tramadol y opiáceos menores, evitando la pentidina por el riesgo
de adicción) como tratamiento adyuvante, en los pacientes con dolor muy intenso, hasta
que se controle el fenómeno inflamatorio con otros fármacos. En los pacientes en los que
está contraindicada la prescripción de antiinflamatorios no esteroideos,
corticosteroides o colchicina, los analgésicos pueden ser la única opción terapéutica,
limitando la sintomatología hasta que el ataque ceda espontáneamente.
Colchicina
La colchicina es un alcaloide del colchicum
autumnale. Se empleó como tratamiento de elección de los ataques agudos de gota desde el
siglo XVIII hasta el advenimiento de los antiinflamatorios no esteroideos y de los
corticosteroides a mediados del siglo XX. En algunos países, como Brasil y Francia, es
aún el fármaco más empleado para el control de los ataques agudos de gota. En la
actualidad, la principal indicación para el empleo de la colchicina es la profilaxis de
los ataques de gota en el periodo entre crisis. También se emplea como tratamiento y
profilaxis de ataques en la pseudogota, en la prevención de la amiloidosis de individuos
con fiebre mediterránea familiar y en el tratamiento de la esclerodermia.
Su mecanismo de acción fundamental es la interferencia con el
ensamblaje de los microtúbulos de los fagocitos, lo que limita su capacidad de
fagocitosis y de diapédesis. Recientemente se ha estudiado el efecto de la colchicina
sobre la expresión de moléculas de interacción celular y linfoquinas, que pueden
aportar vías de acción accesorias.
La colchicina es un alcaloide lipófilo. Puede administrarse por
vía oral o endovenosa. Tras la administración oral, su biodisponibilidad es cercana al
50 por ciento, observándose un primer pico plasmático a la hora de su administración,
con un segundo pico 6 horas después, debido a recirculación enterohepática. Su
disponibilidad es biexponencial, con una rápida desaparición del plasma, debida a su
lipofilia y una tendencia a acumularse, con una larga vida terminal, que varía entre 20 y
50 horas. Su volumen de distribución es alto, lo que indica acúmulo intracelular del
fármaco, especialmente en la médula ósea y en los leucocitos. Su unión a proteínas es
baja, entre el 30 y el 50 por ciento. Sufre metabolismo hepático y eliminación por vía
renal. La alteración de la función renal y de la función hepática limita el uso de la
colchicina al producirse una tendencia al acúmulo del fármaco en estas situaciones.
La colchicina es eficaz para controlar los ataques de gota,
comparada con placebo. No hay estudios que la comparen con los AINE. Es más eficaz si se
administra precozmente, es decir al inicio del ataque, en las primeras 12 o, como mucho,
24 horas después del inicio de los síntomas. Eficacia y toxicidad se observan en el 80
por ciento de los pacientes, cuando se prescribe la pauta "clásica" de 0,5 a 1
mg cada 2 horas, por lo que los AINE presentan un mejor perfil de seguridad. La posología
de 1 mg/6-8h con pauta de reducción en 72 horas es la que emplean los autores, como
tratamiento de elección para que el paciente controle rápidamente el ataque ante los
primeros síntomas de "aura gotosa".
Los efectos adversos más frecuentes tras la administración de
colchicina son las náuseas, los vómitos, el dolor abdominal cólico y la diarrea;
ocasionalmente se ha observado mielodepresión. En pacientes con insuficiencia renal, la
administración de dosis reiteradas de colchicina puede dar lugar a la aparición de
neuromiopatía inducida por este fármaco. Asimismo se ha descrito este efecto adverso en
pacientes tratados simultaneamente con CyA y colchicina, ya que la primera dificulta el
aclaramiento renal y hepático de la colchicina, así como la capacidad de aclaramiento
intracelular del fármaco.
En España se dispone de dos preparados que incluyen colchicina:
Colchicine-Houde®, comprimidos con 1 mg de colchicina, y Colchimax®, comprimidos con 0,5
mg de colchicina y 10 mg de dimeclomina, un anticolinérgico que reduce la toxicidad
gastrointestinal. Debemos tener en cuenta que los anticolinérgicos deben ser empleados
con cautela en pacientes con disfunción vesical, prostática o glaucoma.
Los efectos adversos gastrointestinales se reducen con la
administración endovenosa de colchicina. La colchicina IV se administra en dosis de 1 mg,
que puede seguirse de nuevas dosis cada 6 horas, hasta un máximo de 3 mg de dosis total.
No puede emplearse en pacientes que regularmente toman colchicina. Su extravasación
produce irritación local intensa e incluso necrosis del tejido celular subcutáneo. No
está disponible en España en su presentación para administración endovenosa.
El empleo de colchicina está contraindicado en pacientes con
insuficiencia hepática o renal significativa o insuficiencia hepatorrenal combinada. La
colchicina no es dializable, por lo que en caso de sobredosis o intoxicación aguda o
crónica no es posible aclarar el fármaco. En estos casos se debe tratar a los pacientes
con medidas generales de mantenimiento. Experimentalmente se han empleado anticuerpos
monoclonales frente a colchicina, aunque no están disponibles en la práctica. Para
evitar casos de intoxicación crónica, especialmente la neuromiopatía, debe reducirse la
dosis a la mitad en pacientes con insuficiencia hepática o renal leve a moderada.
Los autores emplean dosis de 1 mg cada 8 horas el primer día del
ataque, seguidos de 1 mg cada 12 horas durante dos o tres días y posteriormente 1 mg al
día como tratamiento de la profilaxis de ataques.
Antiinflamatorios no
esteroideos (AINE)
Son los fármacos más empleados para el
tratamiento del ataque agudo de gota y actualmente muchos autores los consideran el
tratamiento de elección. Procesos asociados, como la hemorragia digestiva,
anticoagulación con dicumarínicos o diátesis hemorrágica limitan su uso.
La mayoría de los AINE han sido eficaces para el control de los
síntomas de los ataques agudos de gota, incluyendo indometacina, diclofenaco, naproxeno,
ketoprofeno, ketorolaco, etodolaco, flurbiprofeno, sulindaco, ibuprofeno, piroxicam y
tenoxicam.
Su mecanismo de acción fundamental es la inhibición de la
síntesis de prostaglandinas por interferencia en la actividad de las ciclooxigenasas
(COX). Los nuevos fármacos inhibidores selectivos de COX-2 o coxib (como el celecoxib y
el rofecoxib) aún no han sido evaluados para el tratamiento de la gota aguda, pero abren
posibilidades al tratamiento de pacientes con antecedentes de ulcera gastroduodenal o con
tratamiento anticoagulante. Recientemente, grupos de investigadores, entre los que destaca
el Servicio de Reumatología del Hospital de la Princesa de Madrid, han demostrado la
capacidad de diversos AINE para limitar la expresión de moléculas de adhesión y la
activación celular y endotelial, que intervienen en los primeros pasos del
desencadenamiento del ataque agudo de gota.
Las propiedades farmacocinéticas varían considerablemente de un
AINE a otro. Algunos pueden administrarse por vía parenteral (diclofenaco, ketoprofeno,
ketorolaco, aceclofenaco), además de las habituales oral y rectal. En general su
biodisponibilidad tras la administración oral es alta, más del 90 por ciento, con alta
unión a proteínas (80-95 por ciento). La absorción es más rápida en algunos
preparados, como el ibuprofeno-arginina, frente a la absorción lenta de preparados
"retard", desaconsejables por este motivo para el tratamiento de procesos agudos
y más propios para el control de síntomas inflamatorios crónicos. La vida media de los
AINE es muy variable, con rangos entre las 2 horas de la indometacina a más de 20 horas
del piroxicam. La mayoría de estos fármacos muestran una adecuada distribución en el
líquido sinovial, si bien su pico máximo de concentración se alcanza más tardíamente
que en plasma y sus concentraciones máximas también son menores, lo que indica difusión
simple desde el plasma al líquido sinovial. Los preparados tópicos no alcanzan
concentraciones adecuadas en líquido sinovial.
Se prescriben inicialmente en dosis máximas, durante las primeras
24 ó 48 horas, con reducción posterior tras el inicio de la mejoría clínica. Por
ejemplo, indometacina 50 mg/ 6h, luego 50 mg/8h; naproxeno 500 mg/8h, posteriormente 500
mg/12 h; piroxicam 20 mg /12h, después 20 mg/24h; diclofenaco 50 mg/8h, luego 50 mg/12h;
ibuprofeno 600 mg/6h, luego 400 o 600 mg/6-8h, etc. Se desaconseja el empleo de ácido
acetil-salicílico por su efecto hiperuricemiante en dosis bajas y uricosúrico en dosis
altas, que puede favorecer la prolongación o el agravamiento del ataque.
Los AINE están contraindicados en pacientes con diátesis
hemorrágica, anticoagulación o sangrado digestivo activo; deben usarse con cautela en
pacientes con antecedentes de ulcus o gastropatía. En estos casos, los coxib podrían ser
una opción a considerar. Asimismo deben prescribirse con cuidado en pacientes con baja
función renal, especialmente ancianos, e hipertensión arterial severa o mal controlada.
Es habitual que se recomiende sulindaco como AINE de elección en pacientes con
alteración de la función renal; sin embargo, esta recomendación se basa en estudios
publicados a primeros de los años 80 y que no fueron avalados por otros grupos, por lo
que debe tomarse, al menos, con cautela.
Fármacos
corticosteroides y hormona adrenocorticotropa
El empleo de corticosteroides ha sido muy
discutido en el tratamiento de la gota aguda, pero recientemente ha cobrado actualidad. De
la euforia adquirida en los primeros ensayos sobre gota en los años 50, se pasó a su
proscripción en los principales textos de medicina (como en el Harrison´s Textbook of
Medicine) durante los años 70 y 80. Actualmente han recobrado su justo papel en el
tratamiento de las artritis cristalinas agudas, incluyendo los ataques agudos de gota.
Los corticosteroides pueden administrarse por vía oral, por vía
parenteral o mediante inyección intraarticular. Se ha empleado con eficacia prednisona
oral, 20 a 30 mg/día inicialmente y posteriormente dosis decrecientes hasta suprimir por
completo en unas dos semanas. También se han ensayado el acetónido de triamcinolona 40
mg, betametasona 8 mg y metilprednisolona 40 a 60 mg en dosis única por vía parenteral.
No se han observado diferencias en cuanto a eficacia y sí, en cambio, menos efectos
adversos al compararlos con indometacina, aunque algunos pacientes requirieron repetición
de dosis cuando se prescribió como dosis única parenteral, lo que es menos probable con
preparados de larga duración como el acetónido de triamcinolona.
Los corticosteroides son fármacos a considerar en presencia de
insuficiencia renal, diátesis hemorrágica, efectos secundarios con AINE, y en ausencia
de diabetes, infección o hipertensión arterial no controladas.
Los corticosteroides pueden también prescribirse en inyección
intraarticular. Los preparados más empleados han sido el acetónido de triamcinolona y la
betametasona; en Francia se emplea más frecuentemente el hexacetónido de triamcinolona.
Pascual y colaboradores han demostrado un adecuado control de los síntomas agudos de gota
mediante el empleo de dosis bajas de corticosteroides en inyección intraarticular.
Para el empleo de corticosteroides en inyecciones intrarticulares,
son condiciones sine qua non un diagnóstico de gota de certeza (presencia de cristales en
una muestra de líquido sinovial), ausencia de datos de infección y experiencia en la
técnica de artrocentesis e inyección intraarticular. Por su parte la utilización oral
crónica de corticoesteroides en monoterapia, tiene el grave inconveniente de que al
suprimir los síntomas pero no los depósitos de urato, conduce a medio plazo a formas
graves con artropatía crónica y frecuentemente insuficiencia renal. La corticoterapia
crónica por tanto, si bien puede indicarse en algunos infrecuentes casos de gota que
plantean problemas terapeúticos especiales, exige ineludiblemente un riguroso control de
la uricemia mediante el correspondiente tratamiento hipouricemiante. De hecho, en una
serie mexicana con numerosos casos de depósitos intradérmicos generalizados de urato en
pacientes con gota, la autoadministración de corticosteroides por parte de los pacientes
fue la causa principal de esta forma clínica.
La ACTH se emplea desde hace 50 años en el tratamiento de la gota
en dosis de 40 a 80 UI por vía IM única o repetida cada 8 horas. En un estudio, la ACTH
mostró mayor rapidez de acción y menos efectos adversos que la indometacina. Sin
embargo, al ser comparada en otro ensayo con el acetónido de triamcinolona se apreció un
menor número de rebotes y menor necesidad de repetir dosis con la triamcinolona. Su costo
y la necesidad de dosis repetidas parenterales no la convierten en un fármaco de primera
elección. El empleo de ACTH no tiene lugar en pacientes tratados crónicamente con
corticosteroides, ya que estos pacientes probablemente tengan suprimida la respuesta de la
corteza suprarrenal al estímulo de la ACTH.
Prevención de los ataques agudos
Durante el periodo entre crisis se recomienda
prevenir farmacológicamente la aparición de ataques agudos de gota. Esto se plantea
tanto en los pacientes que normalizan su uricemia sin requerir tratamiento
hipouricemiante, como, y sobre todo, en los pacientes a los que se va a someter a
tratamiento hipouricemiante, en los que existe un riesgo de inducción de ataques al
reducir la uricemia, lo que ocurre entre el 20 y el 40 por ciento de los casos.
Se recomienda que el tratamiento de prevención de los ataques se
mantenga entre 3 y 12 meses después del inicio del tratamiento hipouricemiante. Nuestro
criterio particular es que la profilaxis se mantenga hasta que el paciente permanece unos
6 meses sin ningún ataque agudo o aura. Tras seis meses de control de la uricemia, menos
del 10 por ciento de los pacientes sufren ataques y después de un año, menos del 2 por
ciento, por lo que prolongar más de seis meses el tratamiento de profilaxis no sea
probablemente recomendable.
Colchicina
El tratamiento con colchicina ha demostrado
ser eficaz, reduciendo en un 80 por ciento el número de ataques, así como su intensidad,
tanto en pacientes no tratados con hipouricemiantes como en la profilaxis de los ataques
inducidos por hipouricemiantes.
Se prescriben dosis entre 0,5 y 1 mg por vía oral al día.
Recordamos de nuevo que está contraindicada en los pacientes con disfunción hepática o
renal graves o insuficiencia hepatorrenal combinada y en los que padecen enfermedades que
cursan con depresión de la médula hemopoyética. En los pacientes con disfunción
hepática o renal moderadas, la prolongación de la vida media del fármaco, hace
recomendable su reducción al 50 por ciento de la dosis habitual. Los pacientes que
reciben tratamiento concomitante con CyA presentan un mayor riesgo de desarrollar
neuromiopatía con colchicina, por una disminución de su aclaramiento hepatobiliar e
intracelular. Por ello, el seguimiento clínico de sintomatología que sugiera toxicidad
neuromuscular ha de ser estrecho.
AINE
En casos de intolerancia o contraindicación
de tratamiento con colchicina, los expertos recomiendan que se prescriba un AINE en dosis
bajas. No obstante, los autores no tienen conocimiento de ningún ensayo que estudie qué
dosis o qué fármacos pueden prevenir eficazmente el riesgo de ataques agudos. Tampoco
existen ensayos comparativos con colchicina.
Los AINE con vida media más corta tienen menos propensión a la
acumulación en ancianos o pacientes con insuficiencia renal subclínica. Los AINE
"retard" presentan la ventaja de no modificar la farmacocinética del fármaco,
mientras que la galénica retardada presenta la ventaja de que se mantienen niveles
estables y más prolongados de fármaco. Así, preparaciones "retard" de
diclofenaco, indometacina, ketoprofeno o flurbiprofeno podrían ser opciones a considerar.
En casos con riesgo de hemorragia, los coxib serían una alternativa.
Los pacientes ancianos o con insuficiencia renal pueden presentar
deterioro de la función renal aún con dosis relativamente bajas de AINE. Recientemente
se ha descrito alteración de la función renal hasta con 200 mg de AAS al día.
Corticosteroides
En los casos en que se contraindiquen
colchicina y AINE, podría emplearse un corticosteroide en dosis bajas. No existen ensayos
que avalen esta recomendación, pero en experiencia de los autores dosis entre 2,5 y 5 mg
de prednisona al día por vía oral han sido eficaces para prevenir los ataques. Como ya
se recalcó en el apartado 9.1.5., la utilización crónica de corticoesteroides requiere
un estricto control de la uricemia.
Reducción del depósito corporal de
ácido úrico: tratamiento hipouricemiante
El empleo de fármacos hipouricemiantes se
plantea como tratamiento en los pacientes con gota sintomática o como profilaxis de la
nefritis (nefropatía) aguda por úrico dentro del síndrome de lisis tumoral. No hay
evidencia hasta el momento actual de que el tratamiento de la hiperuricemia asintomática
se asocie a una disminución del riesgo de padecer enfermedades vasculares o renales.
Aunque no es una opinión compartida universalmente, un estudio reciente del grupo de
Framingham ha demostrado la ausencia de esta relación (Ann Intern Med 1999).
Dieta y medidas
generales
El control de factores que inducen
hiperuricemia o dificultan su control es el primer paso para el tratamiento de la
hiperuricemia. El sobrepeso, la ingesta excesiva de purinas y de bebidas alcohólicas
influyen en el control de la uricemia. Por ello, la reducción del sobrepeso y de la
ingesta etílica, pueden ser maniobras terapéuticas útiles, tanto para controlar mejor,
o corregir, la hiperuricemia, como para la salud general del paciente.
La dieta de restricción de purinas es de escasa utilidad, salvo en
sujetos con una franca ingesta hiperprotéica. Una dieta estricta de restricción de
purinas contribuirá, en el mejor de los casos a reducir en 1 o 1,5 mg/dl la uricemia. En
caso de sobrepeso, debe recordarse que las dietas muy estrictas (< 1.500 Cal) tienen
efecto hiperuricemiante.
También debe considerarse evitar el empleo de fármacos que inducen
hiperuricemia. En los pacientes hipertensos con gota inducida por tratamiento diurético,
debe valorarse el cambio del diurético por un calcio antagonista o un inhibidor del
enzima de conversión de la angiotensina. Recientemente se ha descrito que el losartán,
tiene un discreto efecto uricosúrico en lugar de hiperuricemiante, lo que lo convierte en
una opción a tener en cuenta en pacientes con hipertensión e hiperuricemia. El losartan
también se ha empleado con éxito en pacientes trasplantados, invirtiendo parcialmente el
efecto hipeuricemiante de la CyA.
Asimismo, en los pacientes en los que el tratamiento con diuréticos
no pueda suprimirse (hipertensión severa, insuficiencia renal, insuficiencia cardiaca
congestiva) puede considerarse el empleo de bumetanida, espironolactona o amilorida. Debe
tenerse en cuenta que la mayor parte de los preparados comercializados en España que
contienen espironolactona o amilorida están combinados con hidroclortiazida o furosemida.
Los pacientes trasplantados tratados con CyA podrían,
teóricamente, cambiar la pauta de inmunosupresión a tacrolimus o micofenolato. Si el
injerto está estable y el paciente no presenta otros efectos adversos de la CyA que
recomienden el cambio de fármaco inmunosupresor, es probablemente más fácil y rentable
el tratamiento con uricosúricos, como se expondrá más tarde.
Fármacos
hipouricemiantes
Se emplean para producir una reducción de la
uricemia que permita la desaturación y disolución de los depósitos tisulares de úrico.
La prescripción de tratamiento farmacológico hipouricemiante se basa en varias
consideraciones: cuando iniciarlo, qué fármaco prescribir, qué dosis emplear, hasta
qué nivel hay que reducir la uricemia y cuánto tiempo debe mantenerse el tratamiento.
Alopurinol
Mecanismo de acción del alopurinol y sus metabolitos.- El empleo
del alopurinol como fármaco hipouricemiante data de primeros de los años sesenta. Los
primeros estudios clínicos fueron realizados por el grupo de Rundles (1963) y Gutman
(1964). El alopurinol (4-hidroxipirazolo-3,4-d-piriminina) es un análogo de la
hipoxantina, mientras que su principal metabolito, el oxipurinol es un análogo de la
xantina. Su mecanismo de acción es la inhibición competitiva de la xantino-oxidasa.
Tanto el alopurinol como el oxipurinol producen una inhibición de la xantino-oxidasa.
La administración de alopurinol en humanos se sigue de una
reducción de los niveles de uricemia en las primeras 48 horas, alcanzándose niveles
estables en una o dos semanas, tras lo que los niveles de uricemia se mantienen estables.
La inhibición de la xantino-oxidasa se acompaña del aumento en plasma y orina de xantina
e hipoxantina, que generalmente no es significativa, ya que no alcanza niveles de
saturación de las mismas. Ocasionalmente se ha descrito litiasis por xantina debida a
xantinuria intensa en pacientes tratados con alopurinol por hiperproducción endógena
importante.
El alopurinol tiene otros efectos colaterales. Se ha investigado su
efecto antiinflamatorio como captador de radicales libres, empleándose en soluciones de
conservación de injertos. Su empleo en el infarto agudo de miocardio y la pancreatitis
aguda no han sido de relevancia clínica. Sin embargo se ha sugerido que su efecto
antiinflamatorio puede contribuir a la reducción de ataques de gota a pesar de que no
normalicen completamente sus cifras de uricemia.
Farmacocinética del alopurinol.- El alopurinol es rápidamente
absorbido por vía oral, alcanzándose su pico máximo de concentración en la primeras
hora. Es rápidamente metabolizado, con una vida media plasmática de 2 a 3 horas, a
oxipurinol. El oxipurinol es eliminado principalmente por vía renal, siendo su vida media
elevada, entre 18 y 30 horas en pacientes con función renal normal, cifra que aumenta en
los pacientes con función renal alterada. Las concentraciones de oxipurinol son parejas
al grado de insuficiencia renal tras la administración de alopurinol.
El alopurinol interacciona con otros análogos de las xantinas, como
la azatioprina y la 6-mercaptopurina, por lo que se recomienda evitar su empleo asociado,
y en caso de ser necesario, reducir la dosis de azatioprina (véase capítulo de gota en
el trasplante). Asimismo retrasa la eliminación de otras xantinas (teofilina) y de la
ciclofosfamida. Aumenta los niveles de antidiabéticos y anticoagulantes orales.
A su vez, los niveles de alopurinol se reducen con el empleo
asociado de uricosúricos, que favorecen su eliminación renal.
Las dosis medias habituales de alopurinol son de 300 mg al día, si
bien se requieren dosis medias superiores (unos 400 mg al día) en pacientes con función
renal normal, frente a una media de 200 mg al día en pacientes con disminución de
función renal.
Fármacos normalizadores de la excreción renal de
ácido úrico: uricosúricos
Los fármacos uricosúricos disponibles en España son la
benzobromarona y la benziodarona, aislados o asociados a alopurinol. Se pueden conseguir
probenecid y sulfinpirazona como fármacos disponibles en otros países de la Unión
Europea, pero aportan escasas ventajas a los benzofuranos. Pascual ha propuesto que los
uricosúricos pasen a denominarse fármacos normalizadores de la excreción renal de
úrico.
Probenecid.- El probenecid interfiere con la reabsorción
postsecretora de AU a nivel tubular renal. Se absorbe rápidamente tras su administración
oral, alcanzando un pico de concentración entre 2 y 4 horas. Su vida media es
dosis-dependiente, variando entre 5 y 12 horas. La administración de alopurinol prolonga
la vida media del probenecid. Tras la administración de probenecid se produce un aumento
de la eliminación renal de AU, que conduce a una reducción de las cifras de uricemia.
Su posología se ajusta desde dosis bajas, 250 mg cada 12 horas, con
incrementos de 500 mg al día en dosis divididas, hasta una dosis máxima de 2.000 mg al
día. El probenecid es escasamente eficaz en pacientes con deterioro de la función renal,
desaconsejándose su prescripción en pacientes con aclaramiento de creatinina inferior a
50-60 ml/min. La administración de ácido acetil-salicílico bloquea el efecto
uricosúrico del probenecid.
Sus efectos adversos más frecuentes son la intolerancia
gastrointestinal, las reacciones adversas cutáneas y la formación de cálculos de AU.
Sulfinpirazona.- La sulfinpirazona es un sulfóxido análogo de la
fenilbutazona, pero que carece de las propiedades analgésica y antiinflamatoria de ésta.
Interfiere con la reabsorción proximal del AU.
Se absorbe rápidamente por vía oral, con un pico máximo a las 4
horas. Su unión a proteínas es muy alta, de un 98 por ciento, y se excreta
mayoritariamente sin metabolizar y por vía renal. Tiene efecto antiagregante, por lo que
se ha empleado como uricosúrico de elección (en países en los que está disponible) en
pacientes que requieran antiagregación asociada.
La sulfinpirazona es entre 3 y 6 veces más potente que el
probenecid miligramo por miligramo. Se prescribe en dosis iniciales de 100 mg al día
divididos en 2 dosis. La dosis media de mantenimiento es de 200 a 400 mg al día y la
máxima no debe sobrepasar los 800 mg al día. Sus efectos adversos son comparables a los
del probenecid.
Benziodarona y benzobromarona.- Benziodarona y benzobromarona son
derivados benzofuranos iodados o bromurados (la fórmula de la benzobromarona es
2-etil-3-(4-hidroxi-3,5-dibromobenzoil)-benzofurano, sustituyendo el grupo dibromobenzoil
por diiodobenzoil en la benziodarona) con efecto uricosúrico, que carecen del efecto
antiarrítmico de la amiodarona. También producen cierto grado de relajación de las
fibras musculares lisas. Uno de sus derivados, la benzarona, se empleó a dosis altas (300
mg/día) en el tratamiento de la insuficiencia venosa periférica, dando lugar a casos de
hepatitis aguda fulminante, por lo que fue retirada del mercado.
Inhiben la reabsorción tubular de AU, efecto que no es antagonizado
con significación clínica por el ácido acetilsalicílico ni por la hidroclortiazida.
Su biodisponibilidad tras la administración oral de preparados no
micronizados (los disponibles en España) es de un 50 por ciento, con picos de
concentración máxima en plasma entre 2 y 6 horas. Su efecto hipouricemiante y
uricosúrico se observa ya a las 6 horas tras su administración oral y persiste más de
24 horas. Los niveles de uricuria y de uricemia tienden a estabilizarse en la primera
semana de tratamiento.
Su metabolismo es hepático, mediante deshalogenación y
glucuronoconjugación. El 90 por ciento de su excreción se realiza por vía biliar, por
lo que no tienen riesgo de acumulación en pacientes con insuficiencia renal moderada,
aunque puede ocurrir en pacientes con colóstasis significativa.
En estudios de equipotencia, 100 mg de benzobromarona son
equivalentes a 400-800 mg/día de sulfinpirazona y a 1.500 mg/día de probenecid. En los
pacientes con función renal normal es superior a 300 mg de alopurinol al día,
equivaliendo 75 mg de benzobromarona a 375 mg de alopurinol. La benzobromarona no adolece
de la pérdida de eficacia con insuficiencia renal moderada, mostrando utilidad hasta
aclaramientos de 20 ml/min, si bien en rangos bajos de función renal las dosis medias
necesarias tienden a ser más elevadas (120 mg día por debajo de 50 ml/min frente a 90
mg/día por encima de 50 ml/min de aclaramiento de creatinina).
En estudios clínicos a largo plazo es un fármaco bien tolerado,
que muestra una eficacia mantenida a largo plazo. La uricuria suele ser mayor al inicio
del tratamiento y se reduce posteriormente al disminuir los depósitos de urato con el
tratamiento prolongado. Por ello, al inicio del tratamiento es cuando hay que extremar las
medidas para evitar el riesgo de litiasis de vía urinaria por AU.
Sus efectos adversos más frecuentes son las reacciones cutáneas y
la diarrea, más frecuentes ambas en pacientes con reducción de la función renal. La
benziodarona pruede provocar disfunción tiroidea (hipotiroidismo por bloqueo o
hipertiroidismo por sobrecarga) por su contenido en yodo.
Otros fármacos hipouricemiantes.- Están en fase de
experimentación animal diversos uricosúricos, pero sin aplicación clínica actual.
La uricasa es un enzima que interviene en la degradación del AU a
alantoína. Se dispone de uricasa recombinante en algunos países de la Unión Europea (en
España no está aceptado su empleo ni como medicación extranjera) y se está ensayando
su utilización clínica. Se administra por vía parenteral y produce una reducción de
úrico plasmático que dura entre una y dos semanas. Puede producir ocasionalmente efectos
adversos cutáneos o fiebre. Se han descrito series cortas abiertas, no comparativas, con
buenos resultados en pacientes con trasplante cardiopulmonar en los que, por estar
tratados con azatioprina y tener mala función renal, estaba limitado el empleo de
alopurinol o uricosúricos no benzofuranos, como el probenecid o la sulfinpirazona.
Indicaciones de
tratamiento hipouricemiante
Hay disparidad de criterio por parte de los
expertos. Algunos autores recomiendan iniciar tratamiento hipouricemiante en pacientes con
múltiples episodios agudos (al menos 4 episodios agudos al año) o gota tofácea (tofos
subcutáneos o lesiones radiológicas que sugieran depósitos tofáceos articulares).
Otros, cuando el paciente sufre ataques recurrentes y sus niveles de uricemia no se
normalizan con medidas generales. Un estudio sugiere que el tratamiento hipouricemiante es
rentable cuando los pacientes tienen al menos un ataque al año y que ahorra gastos
sanitarios en los pacientes con dos o más ataques al año.
Probablemente, la decisión de iniciar tratamiento hipouricemiante
deba ser individualizada. Los pacientes con hiperuricemia muy elevada (cifras superiores a
10 u 11 mg/dl, especialmente pacientes con gota secundaria y que no pueden modificar la
causa de la hiperuricemia), probablemente desarrollen gota severa, por lo que no se
debiera esperar a que aparezcan múltiples ataques.
Creemos razonable indicar tratamiento hipouricemiante en los
siguientes casos:
1) Pacientes con ataques de repetición en los que no se normalizan
sus niveles de uricemia con medidas generales.
2) Presencia de tofos o datos radiológicos de artropatía gotosa
crónica que sugieran la conveniencia de movilizar rápidamente los depósitos de urato.
3) Gota secundaria con alto riesgo de desarrollar formas clínicas
agresivas (tofáceas, poliarticulares y erosivas); esto es más frecuente, por la
combinación de insuficiencia renal y tratamiento con diuréticos o CyA, en los pacientes
transplantados.
4) Disposición del paciente a realizar correctamente el tratamiento
prescrito. Los tratamientos intermitentes o a días alternos se han asociado a
persistencia de ataques y mal control de la uricemia.
5) Prevención del síndrome de lisis tumoral.
6) Nefrolitiasis por AU.
No creemos indicado el tratamiento hipouricemiante en sujetos con
hiperuricemia asintomática, mientras no se demuestre claramente que la hiperuricemia,
independientemente de la existencia de otros factores de riesgo vascular, se asocie a un
mal pronóstico. Esta actitud se basa en el hecho de que se han descrito cuadros de
efectos adversos graves al alopurinol en pacientes con hiperuricemia asintomática,
incluso con resultado de muerte, que algunos autores no consideran justificables.
Selección del fármaco
hipouricemiante
Algunos autores señalan que puede emplearse
alopurinol en prácticamente todos los casos de gota, tanto en pacientes con
hiperproducción como en pacientes con hipoexcreción, frente a otros que recomiendan
ajustar el tratamiento al mecanismo fisiopatológico de hiperuricemia operativo en cada
caso: uricosúricos en los pacientes con hipoexcreción y alopurinol en aquellos con
hiperproducción.
Una postura conciliadora sería emplear el fármaco más eficaz y
más seguro en cada paciente, recordando que hay diversas posibilidades de tratamiento. La
experiencia de los autores en cuanto a eficacia comparada en pacientes con normofunción e
hipofunción renal, empleo asociado de diuréticos y reducción de los niveles de úrico
les ha llevado a proponer los siguientes criterios orientativos para selección (Tabla V)
del fármaco hipouricemiante:
TABLA
V.
FÁRMACOS HIPOURICEMIANTES DISPONIBLES EN ESPAÑA Y LA UNIÓN EUROPEA |
| Inhibidores de la xantino-oxidasa Alopurinol
Zyloric®, comp de 100 y 300 mg. Glaxo-Wellcome.
Alopurinol Mundogen EFG®, comp de 100 y 300 mg. Glaxo-Wellcome.
Alopurinol Ratiopharm®, comp de 100 y 300 mg. Ratiopharm.
Uricosúricos
Benziodarona
Dilafurane®, comp de 100 mg. Sanofi-Syntelabo.
Benzobromarona
Urinorm®, comp de 100 mg. Sanofi-Syntelabo.
Probenecid
No comercializado en España. Disponible como medicación extranjera.
Sulfinpirazona
No comercializado en España. Disponible como medicación extranjera
Combinaciones de alopurinol y benzobromarona
Acifugan®, comp con 100 mg de alopurinol y 20 mg de benzobromarona,
Lacer.
Uricasa
No disponible salvo como fármaco experimental.
|
Alopurinol en monoterapia.
1) Pacientes con gota por hiperproducción de AU.
2) Prevención del síndrome de lisis tumoral.
3) Litiasis renal por AU.
4) Pacientes con hipoexcreción con antecedentes de litiasis renal,
efectos adversos a uricosúricos o insuficiencia renal avanzada (aclaramiento de
creatinina inferior a 20 ml/min), en los que verosimilmente no se va a obtener una
respuesta uricosúrica adecuada.
5) Pacientes con hipoexcreción que sean incapaces de mantener un
volumen urinario adecuado para el tratamiento con uricosúricos.
Uricosúricos (benzofuranos) en monoterapia
1) Pacientes con hipoexcreción renal primaria de AU.
2) Hipoexcreción renal de AU secundaria, tanto a insuficiencia
renal moderada como a diuréticos o a CyA, salvo los pacientes con insuficiencia renal
severa, litiasis o efectos adversos a este grupo de fármacos, en los que debe indicarse
alopurinol, como se recomendó en el párrafo anterior.
3) Pacientes con hiperproducción y efectos adversos graves con
alopurinol.
Clásicamente, los textos indican que la hiperproducción, la
insuficiencia renal, la edad superior a 60 años o la presencia de tofos contraindican el
empleo de uricosúricos como hipouricemiantes. Estas afirmaciones no se basan en hechos
científicos, es decir, no están contrastados con series o ensayos clínicos. A
continuación revisamos estos aspectos:
1) Edad y función renal. Es probable que la contraindicación de
uricosúricos en edades superiores a los 60 años se base en que en EEUU los únicos
uricosúricos disponibles son el probenecid y sulfinpirazona, fármacos cuya eficacia
decrece considerablemente en pacientes con insuficiencia renal moderada (por debajo de 60
ml/min). Dado que los pacientes ancianos suelen mostrar una disminución de función renal
edad- y comorbilidad- dependientes, es posible que los autores anglosajones basen su
contraindicación en la probable falta de eficacia a priori de la sulfinpirazona y el
probenecid en estas situaciones. En España no está comercializado ninguno de estos
uricosúricos, pero disponemos de benzofuranos (benziodarona y benzobromarona) que son
eficaces hasta grados severos de insuficiencia renal y que no han mostrado diferencia en
la eficacia dependiente de la edad.
2) Tofos. La suposición de que el tratamiento uricosúrico puede
producir una rápida reabsorción de los tofos y, como consecuencia de ello, provocar una
urolitiasis masiva, no se ha demostrado en pacientes con tofos de pequeño o moderado
tamaño. De hecho, los tofos sólo son reabsorvibles en superficie, por lo que solo en
tofos de gran tamaño o múltiples existiría este riesgo teórico. Un estudio reciente
mostró que no existía diferencia en la uricuria en pacientes sin tofos y con tofos de
pequeño o moderado tamaño cuando se administraban uricosúricos en monoterapia.
3) Hiperproducción y litiasis previa. También puede emplearse el
tratamiento uricosúrico en pacientes hiperproductores o con litiasis, en los que se
contraindique el alopurinol, generalmente por efectos adversos previos graves. En estos
casos, se requerirán dosis más bajas de uricosúrico para controlar la uricemia, ya que
no hay defecto en la secreción tubular de AU. Además debe mantenerse un volumen de
diuresis elevado y alcalinizar la orina para conseguir un pH de al menos 6.0, a fin de
reducir la concentración urinaria de AU y facilitar su solubilidad, limitando así el
riesgo de urolitiasis. En los pacientes con antecedentes de litiasis en los que por
contraindicación de alopurinol se plantee iniciar tratamiento con uricosúricos, debe
valorarse una ecografía de la vía excretora previa al tratamiento.
En pacientes con fenómenos alérgicos (rash cutáneo
principalmente) tras la administración de alopurinol, se ha propuesto una pauta de
desensibilización por vía oral que puede ser eficaz en gran parte de los pacientes,
constituyendo una alternativa al tratamiento con uricosúricos.
Tratamiento combinado
El tratamiento combinado con alopurinol y uricosúricos se emplea
desde hace más de 30 años, aunque existen escasas series clínicas sobre su eficacia. El
tratamiento combinado favorece la rápida movilización de los depósitos de AU, ya
observado en series antiguas mediante estudios observacionales. Recientemente se ha
comunicado una serie prospectiva paralela y abierta de pacientes hipoexcretores con tofos,
comparando la velocidad de desaparición de los tofos con distintas pautas de tratamiento.
En ese estudio, los uricosúricos produjeron una más rápida reabsorción de los tofos y
niveles de uricemia más bajos durante el tratamiento, que el alopurinol. Sin embargo, los
pacientes tratados con terapia combinada mostraron una reabsorción más rápida que con
cualquier otro tratamiento, e independiente del nivel de uricemia durante el tratamiento,
que no difería del de los pacientes tratados únicamente con uricosúricos.
Asimismo, en ocasiones se observa que los pacientes no alcanzan los
niveles de uricemia deseados durante el tratamiento con monoterapia en dosis adecuadas de
alopurinol o uricosúricos. En estos casos las dos opciones son elevar aun más la dosis
del fármaco en monoterapia o introducir un segundo fármaco. Debe tenerse en cuenta que
el empleo de uricosúricos favorece la excreción del oxipurinol, por lo que durante el
tratamiento combinado se pueden emplear dosis ligeramente más altas de alopurinol que
cuando se prescribe en monoterapia.
Por todo lo anteriormente expuesto, recomendamos el empleo de
tratamiento hipouricemiante combinado en los siguientes casos:
1. Pacientes con grandes masas tofáceas o artropatía severa, en
los que se plantea una rápida movilización de los depósitos de urato.
2. Pacientes que no alcanzan niveles óptimos de uricemia con
monoterapia.
Generalmente los textos no suelen recoger los fármacos
hipouricemiantes, sus presentaciones y empresas que los comercializan. Creemos de utilidad
para los lectores disponer de esta información, que se recoje en la Tabla VI.
Posología de los fármacos hipouricemiantes
El tratamiento hipouricemiante nunca se iniciará ni se suprimirá,
salvo fuerza mayor, en el paciente con ataque agudo, a fin de evitar fluctuaciones de la
uricemia. El inicio del tratamiento hipouricemiante se prescribirá en el periodo entre
crisis, asociándose, siempre que sea posible, a la profilaxis de los ataques.
Se prescribirá inicialmente una dosis igual o inferior a la mitad
de la dosis media habitual, es decir entre 100 y 150 mg/día de alopurinol y 25 a 50
mg/día de benzobromarona. Las dosis se incrementarán progresivamente sobre las bases de
su eficacia y seguridad, hasta conseguir un nivel de uricemia que permita la desaturación
de los depósitos de urato en los tejidos (uricemia menor de 6 mg/dl) o se alcance una
dosis razonablemente elevada del fármaco (600 mg/día de alopurinol o 200 mg/día de
benzobromarona).
La dosis máxima de alopurinol estará limitada por la función
renal del paciente, recomendándose dosis máximas corregidas de 100 mg/día por cada 30
ml/min de filtrado glomerular. Se recomienda emplear dosis única diaria hasta 300 mg/día
y dividirla en dos dosis en el caso de requerirse dosis superiores. En el caso de
insuficiencia renal severa en diálisis, dado que el alopurinol es dializable, se
recomienda una posología de 300 mg en dosis única tras cada diálisis.
La dosis máxima recomendable de benzobromarona es de 200 mg al
día. Dosis superiores se asocian a una alta frecuencia de diarrea y a casos de hepatitis
tóxica.
Objetivo del tratamiento hipouricemiante
El objetivo del tratamiento hipouricemiante es conseguir cifras de
uricemia estables por debajo del punto de saturación del urato, que a 37 grados y pH 7,4
se encuentra en 7 mg/dl, aunque a nivel de los tofos, acros en su mayoría, es presumible
que deba ser aún más bajo. El nivel concreto de eficacia (uricemia óptima durante el
tratamiento) no se ha establecido claramente. Diversos autores recomiendan uricemias por
debajo de 7 mg, de 6 mg, de 5 mg, etc.
Si realizamos una revisión de las series publicadas, observamos que
niveles de uricemia por debajo de 5 ó 6 mg/dl se asocian a un óptimo control de los
ataques, así como a la reducción e incluso desaparición de los tofos. También se ha
descrito que el periodo que transcurre desde la suspensión del tratamiento
hipouricemiante hasta la recidiva de los ataques es mayor en los pacientes cuyas uricemias
durante el tratamiento fueron más bajas.
Por el contrario, el tratamiento intermitente o con uricemias medias
por encima de 6 mg/dl durante el mismo, se han asociado con un mal control clínico,
progresión de las alteraciones radiológicas, persistencia, si no aumento, del tamaño de
los tofos y mayor tasa de recidivas tras la suspensión del tratamiento. La prescripción
de hipouricemiantes en régimen de días alternos también se ha asociado a un peor
control bioquímico y clínico.
Por lo anteriormente expuesto, el objetivo que debe perseguirse con
el tratamiento hipouricemiante es el de conseguir una uricemia menor de 6 mg/dl en los
pacientes sin tofos ni artropatía e inferior a 5 mg/dl en aquellos con artropatía o
tofos.
Seguridad del tratamiento hipouricemiante
Los controles de seguridad durante el tratamiento hipouricemiante
dependerán del fármaco elegido:
Alopurinol.- Se recomienda monitorizar la función renal, para
corregir la dosis en el caso de que esta fluctúe durante el tiempo de seguimiento.
Habitualmente realizamos controles de creatinina plasmática y de aclaramiento de
creatinina una vez al año o en el caso de que la función renal varíe con los controles
de creatinina. El empleo concomitante de ampicilina se ha asociado con una mayor
frecuencia de reacciones adversas cutáneas al alopurinol, por lo que dicha asociación
debe indicarse con cautela, dada la disponibilidad actual de otros antibióticos que
pueden sustituir en la mayoría de los casos a la ampicilina. Las reacciones adversas
graves al alopurinol se han asociado fundamentalmente con el acúmulo de su metabolito
activo (oxipurinol) en relación con la presencia de insuficiencia renal y contracción de
volumen por diuréticos y por el empleo concomitante de azatioprina. Todas estas
circunstancias deberán tenerse en cuenta durante el tratamiento con alopurinol y
especialmente en los pacientes que presenten tendencia a la deshidratación, diabetes,
hipertensión, insuficiencia renal o cardiaca.
Se ha relacionado el tratamiento crónico con alopurinol con un
aumento de la incidencia de cataratas, con un exceso de riesgo de entre 2 y 4 veces en
pacientes tratados con dosis iguales o superiores a 300 mg/día durante al menos 3 a 5
años.
Ocasionalmente el alopurinol puede inducir un cuadro clínico grave,
con fiebre, linfadenopatía generalizada, rash cutáneo, hepatitis aguda, afección del
SNC e incluso muerte. La mayor parte de los pacientes que han sufrido este síndrome (unos
100 casos descritos en la literatura) se produjeron en pacientes con insuficiencia renal,
frecuentemente tratados con diuréticos, por lo que asociaban contracción de volumen, y
en muchos de los casos sin indicación estricta de tratamiento hipouricemiante. La
mortalidad se acerca al 50 por ciento de los casos descritos. Todo ello ha derivado en una
"innecesaria morbilidad y mortalidad" por este excelente fármaco. La patogenia
de este efecto adverso parece ligarse al aumento de las concentraciones de oxipurinol en
plasma en pacientes con insuficiencia renal o contracción de volumen.
Uricosúricos.- Los uricosúricos disponibles en España
(benzobromarona y benziodarona) son benzofuranos que se eliminan por vía biliar, por lo
que la presencia de colostasis limita su empleo, pero no así la presencia de
insuficiencia renal moderada. Su mecanismo de acción consiste en la inhibición de la
reabsorción tubular postsecretora del AU. A diferencia de otros fármacos uricosúricos
no disponibles en España, salvo como medicación extranjera (probenecid, sulfinpirazona),
son eficaces en pacientes con insuficiencia renal moderada (aclaramiento de creatinina
superior a 20 ml/min).
Sus efectos adversos más frecuentes son la toxicidad cutánea y la
diarrea ocasional por su acción a nivel de musculatura lisa intestinal. Cuando se emplean
asociados a profilaxis con colchicina, la aparición de diarrea es más frecuente, por lo
que se recomienda sustituir la colchicina por un AINE antes de retirar el fármaco
uricosúrico.
Su toxicidad más grave es la hepatitis aguda, que se ha asociado al
empleo de dosis elevadas (más de 200 mg al día), cuando se empleaban como
vasodilatadores, por encima de las dosis habituales en pacientes con gota.
La benziodarona (benzofurano yodado) puede inducir trastornos
tiroideos similares a los observados con su análogo antiarrítmico, la amiodarona.
Generalmente se presentan como hipotiroidismo agudo por bloqueo o hipertiroidismo a largo
plazo. Si se emplean estos fármacos es conveniente monitorizar los niveles de hormona
tirotropa (TSH) durante el tratamiento. Por el riesgo de toxicidad tiroidea con
benziodarona, es recomendable emplear benzobromarona (benzofurano bromado).
El riesgo de litiasis renal por el empleo de uricosúricos puede
reducirse mediante una correcta selección del paciente a tratar, la obtención de un
volumen de diuresis adecuado (al menos 1 ml/min) que permita diluir el AU excretado y, si
fuera necesario, alcalinización de la orina. No alcalinizamos la orina de forma habitual
en pacientes tratados con uricosúricos, sino sólo en aquellos pacientes con escaso
volumen de orina, cuando se observa cristaluria o hematuria asintomática durante el
tratamiento o en pacientes con antecedentes de litiasis en los que se prescribe
tratamiento con uricosúricos por contraindicación del empleo de alopurinol. La
alcalinización de la orina puede realizarse con bicarbonato sódico o con citrato
potásico, ajustando dosis según titulación del pH urinario, intentando mantener el pH
igual o superior a 6,0. La solubilidad del AU se multiplica casi por 20 veces si se eleva
el pH urinario de 5,0 a 6,5.
Monitorización del tratamiento con uricosúricos
Mientras que en la evaluación inicial de los pacientes con gota
recomendamos el estudio del aclaramiento de AU en orina de 24 horas, la recogida de orina
durante periodos prolongados puede ser molesto para el paciente, sobre todo si se realiza
de forma frecuente. El empleo de la excreción fraccionada, empleando muestras de orina
espontánea o segunda orina tras la micción de la primera hora de la mañana, permite
evaluar correctamente tanto la respuesta uricosúrica como aquellos factores relacionados
directamente con el riesgo de litiasis secundaria a uricosúricos. Una determinación en
sangre de AU y de creatinina, junto con la determinación de AU y creatinina en orina y
una orina elemental automatizada (densidad, pH, hematíes, proteínas) y que incluya una
observación del sedimento urinario (valoración de cristaluria), aporta todos los datos
necesarios para el seguimiento de eficacia y seguridad en estos pacientes.
Periodicidad de los controles durante el tratamiento
hipouricemiante
No hay patrones en la literatura sobre los lapsos de tiempo que
deben transcurrir entre evaluaciones de eficacia y seguridad en pacientes sometidos a
tratamiento hipouricemiante. Creemos que el seguimiento debe individualizarse según la
fiabilidad y cumplimentación de cada paciente, la respuesta al tratamiento, la presencia
de ataques durante la inducción de la normouricemia y, fundamentalmente, de la
comorbilidad presente en cada paciente a tratar.
Podríamos recomendar una revisión al mes o dos meses para un
ajuste de las dosis iniciales de fármacos y nuevamente a los seis meses. En los pacientes
en tratamiento con alopurinol y sin comorbilidad, es decir, sanos por otra parte,
realizamos revisiones semestrales inicialmente y anuales posteriormente; los controles
analíticos incluyen un hemograma, estudio bioquímico con función hepática, creatinina,
AU e iones. En los pacientes en tratamiento con uricosúricos y sin comorbilidad,
recomendamos revisiones semestrales, una de ellas con orina de 24 horas, además de un
hemograma y un estudio bioquímico anual. En los pacientes con comorbilidad, como
insuficiencia renal, insuficiencia cardiaca, anticoagulación o trasplante, se recomiendan
en general revisiones trimestrales o cuatrimestrales.
Duración del
tratamiento hipouricemiante
Algunos expertos recomiendan tratamiento
hipouricemiante de por vida. Esta afirmación se basa en la frecuencia de recidiva de los
ataques de gota y los tofos tras la suspensión del tratamiento hipouricemiante. Sin
embargo, cabe pensar que estas recomendaciones se basan en las series clínicas
publicadas. Estas series son retrospectivas y sesgadas, en cuanto que no diferenciaban
entre pacientes con tofos y sin ellos, la duración de los síntomas de gota variaba entre
1 y 30 años y habían sido sometidos a tratamiento hipouricemiante entre 1 y 20 años.
Además, las uricemias medias durante el tratamiento hipouricemiante eran muy variables,
entre 3 y 9 mg/dl. Dada la heterogeneidad de los pacientes estudiados es muy difícil
discernir que factores influían en la recidiva. Sin embargo, en todas las series se
observa una mayor tendencia a la recidiva en pacientes con uricemias más elevadas durante
el tratamiento.
Parece evidente que tanto la presencia de depósitos tofáceos, como
la duración previa de la hiperuricemia y de la clínica de gota, el antecedente de
tratamientos hipouricemiantes realizados de forma intermitente antes de nuestra
valoración, que pueden haber interferido parcialmente en el depósito de uratos, así
como la duración del tratamiento con control adecuado de la uricemia y el grado de
reducción de la uricemia durante el mismo, son todos ellos factores que pueden influir en
que la recidiva clínica sea más pronta o más tardía.
Todo lo anteriormente expuesto solo indica que es el médico en la
práctica clínica diaria el que decidirá razonadamente cuanto tiempo mantendrá el
tratamiento hipouricemiante, de acuerdo con su paciente.
| Sumario
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