La gota es el paradigma de enfermedad bien conocida,
con una patogenia claramente establecida, métodos de diagnósticos de absoluta
fiabilidad, como es el estudio de cristales, y con tratamientos eficaces y razonablemente
seguros cuando se emplean con pericia.
Se ha escrito que "el amor y la gota no se curan" y, por
la parte que nos toca, nadie debiera padecer gota actualmente. Un tratamiento diseñado
correctamente, en su indicación y seguimiento sin perder de vista los parámetros de
eficacia y seguridad que hemos comentado anteriormente, conseguirá la desaparición de
los ataques agudos, prevendrá la aparición de artropatía crónica y reducirá la
afección en pacientes con gota tofácea.
Sin embargo, estudios epidemiológicos recientes han demostrado que
la mitad de los gotosos no reciben tratamiento hipouricemiante, cuando sabemos que en un
plazo de entre 5 y 10 años, al menos un tercio de éstos pacientes desarrollará gota
tofácea y artropatía crónica. Por otra parte, la mayor parte de las prescripciones de
fármacos hipouricemiantes se realiza en pacientes con hiperuricemia asintomática, a
pesar de que se ha observado una injustificable morbilidad por efectos adversos en estos
pacientes.
La gota ha sufrido un fenómeno de "extinción académica"
según Daniel J. McCarty: es tan bien conocida que pasa por ello a ser minusvalorada. H.
Ralph Schumacher Jr, una de las mayores autoridades en gota en el momento actual,
escribió recientemente que las deficiencias en el diagnóstico y el tratamiento de la
gota no deben ser ignoradas por "conocidas". Es una responsabilidad de todos
aquellos involucrados en la investigación y la docencia evitar que sigan observándose
casos de gota incontrolada, tofácea o que desarrollen artropatía, como el que se puede
observar en las imágenes (Figura 4).