Esencialmente para que se produzca una fractura es
necesario que el traumatismo sea mayor que la resistencia del hueso. Se necesita por tanto
la posibilidad de un traumatismo y la presencia de fragilidad ósea. En la osteoporosis se
produce como hemos visto por definción un aumento de la fragilidad ósea y en la
población anciana la posibilidad de caídas es mucho más frecuente, por lo que el riesgo
de fractura aumenta con la edad.
La resistencia se correlaciona con la masa ósea, asi a menor masa
ósea es más fácil que se produzca la fractura. Sin embargo, lo que medimos realmente
con el densitómetro es la cantidad de contenido mineral óseo, parámetro que no tiene en
cuenta la microarquitectura de cada hueso ni la calidad del mismo (en cuanto a la fibra de
colágeno). En concreto la pérdida de la conectividad (empobrecimiento de las trabéculas
horizontales) puede ser tanto o más responsable de la fragilidad ósea que la propia
cantidad de contenido mineral. La acumulación de microfracturas contribuye enormemente a
la fatigabilidad del hueso aumentando su fragilidad. Por otra parte, también cuentan
factores como la masa muscular y la abundancia de panículo adiposo, que pueden jugar un
importantísimo papel en la amortiguación de las fuerzas capaces de romper el hueso en
las caídas.
La facilidad para las caídas producida por los trastornos del
equilibrio y los defectos visuales son factores coadyuvantes que afectan al sujeto de
forma independiente de su mása ósea pero que predisponen a la fractura. De esta manera
si queremos interferir con la patogenia de la fractura deberemos actuar a nivel de
preservar la masa ósea y de evitar las caídas.